Profecía, Discernimiento, Exhortación, Dones Ad Hoc

Romanos 12.6-8; 1Corintios 12.1-11

Tres dones que complementan de manera significativa a los que hemos denominado como dones espirituales trascendentes, son: el don de la profecía, el don del discernimiento de espíritus y el don de la exhortación. Paradójicamente, la cultura propia de este mundo, del orden ajeno al reino de Dios, está permeando a la Iglesia. El hedonismo, es decir, la búsqueda del placer como el fin supremo de la vida, pervierte aún los conceptos bíblicos y, en particular, deforma el ser y propósito de los dones espirituales asumiendo que los mismos están diseñados para garantizar la comodidad, el éxito y la complacencia de quienes los han recibido.

Tal aproximación a la vida y a los dones espirituales impide la correcta comprensión del ser y del propósito de los dones que ahora nos ocupan. De ahí la especial importancia que tiene el que analicemos desde la perspectiva bíblica lo que tales dones son, su propósito y la trascendencia que tienen tanto para la Iglesia como para la sociedad en general.

Profecía no es otra cosa sino la proclamación de la mente y [el] consejo de Dios. A diferencia del énfasis que diversas doctrinas hacen, la característica principal de la profecía no es la predicción, sino la revelación de aquello que no puede ser conocido por medios naturales. Siendo así, la profecía se ocupa de las cuestiones del presente, como de las del pasado y de las del futuro.

Juan Stam, reconocido biblista contemporáneo, explica que el profeta, el que habla por encargo de Dios, ejerce el don recibido como fruto de su relación personal con el Señor, su conocimiento profundo de la Palabra revelada y de su entendimiento de las cosas espirituales. Stam propone que lejos de ser un ejercicio de adivinación, el de la profecía es un proceso en el que en su aquí y su ahora, el profeta retrocede en la Historia para preguntarse qué es lo que Dios ha revelado como su voluntad ante quehaceres humanos similares a los del aquí y ahora, pudiendo entonces predecir lo que sucederá. Tanto como consecuencia de la conducta de los hombres, como aquello que Dios hará ante la misma.

Un estudio de la literatura profética destaca un hecho de suma importancia. El pueblo de Dios, Israel antes y la Iglesia ahora, actúan como la conciencia de los gobernantes. Si bien el primer espacio de la tarea profética es el pueblo elegido (Israel y la Iglesia), también la tarea profética se ocupa de los gobernantes, sobre todo ante las situaciones de injusticia social. La razón para ello es sencilla: los gobernantes son ministros, es decir, servidores de Dios. (Isaías 45.1; Romanos 13.1-7) Han recibido la autoridad como un don del que deben dar cuenta, ya que el propósito del mismo es el servicio a la sociedad. Por ello, cuando los gobernantes propician o toleran la injusticia social, deben ser denunciados proféticamente, en nuestros días, por la Iglesia.

El discernimiento de los espíritus es una tarea sólo comprensible cuando se asume la existencia de un mundo espiritual que está en conflicto. De acuerdo con Pablo a los efesios, los creyentes luchamos contra malignas fueras espirituales del cielo, las cuales tienen mando, autoridad y dominio sobre el mundo de tinieblas que nos rodea. Efesios 6.12 Siendo esto así y dado que las fuerzas malignas tienen el poder para imitar las obras de Dios (Éxodo 7.7-12, Mateo 24.24), se hace necesario que la Iglesia tenga la capacidad para distinguir, para hacer un juicio, sobre el origen del poder manifestado.

El hedonismo como valor fundamental de la cultura contemporánea, justifica los medios en función del fin obtenido. Así, no son extrañas en nuestros días las propuestas sincretistas que hermanan prácticas propias del ocultismo y la metafísica con la fe cristiana. Cuestiones tales como el establecimiento de decretos, las declaraciones proféticas, etc., están siendo asumidas acríticamente por amplios sectores de la Iglesia, animados por los resultados obtenidos en cuestiones de prosperidad material, salud física y la resolución de conflictos. Quienes proceden así, olvidan que no toda obra sobrenatural encuentra su origen en Dios y que no todos los que hacen milagros al mismo tiempo que llaman Señor a Cristo, son reconocidos por Dios como sus hijos. (Mateo 7.22,23 ) De ahí la importancia del don espiritual del discernimiento de espíritus, ya que por él podemos probar los espíritus [para saber] si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. (1Juan 4.1; Apocalipsis 13.1,14)

Exhortar es amonestar, exhortar, apremiar a alguien para que siga un curso de conducta; siempre en anticipación, mirando al futuro. La importancia de este don espiritual consiste en el dar perspectiva al momento presente y a las experiencias pasadas. Es decir, nos anima a vivir a la luz de lo que tenemos por delante, antes de hacerlo en función de aquello a lo que hemos sido llamados y de lo que se nos ha prometido. (Efesios 4.1; 2Pedro 1.10)

La Iglesia, una comunidad de luz que vive en medio de una generación perversa, necesita constantemente del ejercicio de la exhortación. Primero, porque ello la previene respecto de los riesgos de renunciar a su identidad y mimetizarse (de adoptar la apariencia de los seres u objetos del entorno), o, peor aún, de amar las cosas de este mundo. 1Juan 2.15  Y, por el otro lado, mantener la perspectiva correcta, puestos los ojos en Cristo, permite a la Iglesia el correr con paciencia la carrera que tiene por delante. Hebreos 12.1 Es decir, permanecer haciendo lo bueno en tanto el Señor perfecciona todas las cosas.

Como podemos ver, el ejercicio de los dones de la profecía, el discernimiento de espíritus y la exhortación, contribuyen al mantenimiento de la identidad de la Iglesia en tanto cuerpo de Cristo, así como al desarrollo de su capacidad para mantenerse como una comunidad alternativa en medio de una cultura antagónica. Aún cuando es el Espíritu quien da tales dones a quien y según él quiere, como comunidad de fe tenemos el deber de pedir que entre nosotros se manifiesten tales dones. Además, de estar dispuestos a actuar en consecuencia cuando nos sea revelada proféticamente la voluntad divina, hayamos distinguido entre el origen de las manifestaciones sobrenaturales que suceden y seamos exhortados a mantenernos firmes hasta el día del Señor. Tal como nos exhorta la Palabra:

Mi justo por la fe vivirá; pero si se vuelve atrás, no estaré contento de él. Y nosotros no somos de los que se vuelven atrás y van a su condenación, sino de los que alcanzan la salvación porque tienen fe. Hebreos 10.38,39

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