Acerca de la Parábola del Sembrador

Pastor Adoniram Gaxiola

Mateo 13

Un indicador de la importancia de la Parábola del Sembrador es la detallada interpretación que nuestro Señor Jesucristo hace de la misma. Como un relato sacado de la naturaleza o de circunstancias humanas que tiene como propósito la enseñanza de una lección espiritual, esta parábola nos revela que quienes hemos recibido la Palabra de Dios somos llamados a reproducir en otras personas los efectos de la misma. Nos enseña también que nosotros, tierra donde es sembrada la Palabra de Vida, Jesucristo mismo, tenemos la capacidad para permitir que la Palabra cumpla su propósito o se vuelva infructuosa.

¡Cuán grande poder y cuán terrible responsabilidad el que esté en nuestras manos el permitir que Dios cumpla su propósito en un cien por ciento o que hagamos de su poder algo ineficaz, inútil para algún fin!

Lo primero que la parábola destaca es que Dios tiene un propósito que le resulta irrenunciable. Él se ha propuesto alcanzar con su salvación al mayor número posible de personas al través de los siglos. Todo lo que Dios hace, todo, está encaminado para reconciliar al hombre consigo mismo. Para tal efecto, Dios establece una relación personal con cada individuo. Ama a todo el mundo, cierto, pero lo hace amando y llamando a comunión a cada uno en lo individual.

Lo segundo que nos muestra respecto del actuar divino es que Dios se da a conocer a sí mismo y su propósito al través de la palabra del Reino. Es decir, Dios convoca al hombre a que cambie su manera de pensar, su logos, y se vuelva a Dios haciendo propio lo que él ha establecido como justo. La palabra del Reino no es la Biblia, la palabra del Reino es Jesucristo mismo. Como asegura el autor de la Carta a los Hebreos, “Dios habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo…” Por ello, cuando la persona recibe la palabra del Reino, de hecho, recibe a Jesucristo. Es este quien es sembrado en el corazón de las personas. No solo es revelación del corazón de Dios, sino la manifestación plena del poder divino. Esto es, nada más y nada menos, lo que el creyente recibe cuando oye la palabra del Reino. Conviene enfatizar que Dios quiere darse a conocer, quiere que lo entendamos y compartamos su justicia; al mismo tiempo que experimentamos su poder y vivimos bajo su gracia y protección.

Nuestro pasaje también muestra que es la calidad de la tierra y no la de la semilla la que determina la existencia y el potencial del fruto producido. La palabra del Reino contiene el potencial biótico suficiente para producir fruto abundante. La semilla divina tiene la capacidad inherente para reproducirse y sobrevivir. Pero, la palabra del Reino, Jesucristo mismo depende de la tierra en la que es sembrada, nosotros, para reproducirse y cumplir el propósito divino de la reconciliación. Nuestro Señor Jesús distingue entre cuatro clases de tierra: la que está a la orilla del camino, la que tiene piedras, la que está poblada de pedregales y la buena tierra.

Las personas equiparadas a la tierra de la orilla del camino son aquellas que, o son tan superficiales en las cuestiones importantes de la vida que no tienen la capacidad para identificar y comprender los asuntos importantes; o, cabe también la posibilidad, se trata de aquellos que están tan llenos de Satanás que no pueden entender las cosas de Dios. Sin embargo, para los creyentes no resulta importante el dedicarse a especular sobre este tipo de personas. El hecho es que los creyentes han recibido la palabra del Reino y la han entendido. Por lo tanto, conviene que nos ocupemos de los restantes tres tipos de tierra y del fruto que somos llamados a producir.

Jesús dice que hay quienes oyen la palabra y al momento la reciben con gozo. Sin embargo, no tienen la capacidad para que la semilla se enraíce. Una traducción inglesa dice que son suelo sin carácter, llevados por sus emociones. Se trata de personas que se emocionan por cualquier viento de doctrina, que andan en búsqueda constante de novedades y de personas novedosas. Su experiencia de vida se caracteriza por su inestabilidad y por su superficialidad. No resisten la prueba, como no tienen raíces suficientes en nada de lo que hacen, tampoco permanecen ni pueden llevar fruto en Cristo.

Otros, dice el Señor, oyen la palabra, pero las preocupaciones de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra.  El término literal sería estrangulan la palabra. Se trata de las personas que no le dan el espacio suficiente a la palabra del Reino para que esta crezca, se fortalezca y produzca el fruto deseado. Permiten que lo que les preocupa: salud, familia, trabajo, etc., ahoguen la palabra del Reino al no darle a esta su justo lugar. Además, permiten que aun lo que no tienen todavía –el amor por las riquezas-, los engañe y les impida dar a la palabra del Reino el valor, la importancia, el tiempo y los recursos necesarios para que esta crezca y produzca fruto abundante. Se trata de las personas para las que, en la práctica, el Reino de Dios es una cuestión secundaria, accesoria, en el todo de su vida.

Antes de que nos ocupemos de la buena tierra, conviene que identifiquemos el fruto que somos llamados a producir. Siguiendo la figura bíblica de la semilla que se convierte en una planta, podemos distinguir entre lo que es el desarrollo interior y lo que es el fruto mismo. A veces nos confundimos y reconocemos como fruto lo que es desarrollo, lo que tiene que ver con el carácter del creyente. Se trata de cuestiones devocionales y morales, principalmente. Pero, el hecho es que una planta sólo da fruto cuando se reproduce. Si sólo está saludable, fuerte y grande, pero no se ha reproducido no podemos decir que haya dado fruto. Tal el caso de la higuera maldecida por Jesús, echó flores y parecía estar dando fruto, pero resultó estéril.

De acuerdo con la enseñanza de Jesús, el fruto del creyente se compone y distingue en tres maneras en las que Cristo se reproduce en él. Primero, el creyente da fruto cuando se vuelve testigo de Cristo y comunica el evangelio a quienes no lo conocen. (Hch 1.8) Además, el creyente fructifica cuando es y sirve como sal de la tierra. Es decir, cuando por su sola presencia purifica el entorno en el que se desarrolla. No se trata de una cuestión mágica, desde luego, sino de que el carácter mismo del creyente denuncia y anula la corrupción imperante en el espacio de influencia que le corresponde. Lo mismo que la presencia física de Cristo provocó en su entorno: Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de demonio inmundo,  el cual exclamó a gran voz, diciendo: Déjanos; ¿qué tienes con nosotros,  Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios.  (Lucas 4.33, 34)

En tercer lugar, el creyente fructifica cuando se asume como luz del mundo, es decir, como líder espiritual de quienes están a su lado y bajo su influencia. El término fos, se refiere al proceso de descomposición de la luz que permite que el cerebro identifique lo que el ojo ve. El creyente fructifica cuando se convierte en fósforo, portador de la luz. Cuando donde el creyente, Cristo, quien es el Camino, la Verdad y la Vida. El creyente fructifica no solo cuando lleva a las personas a Cristo, sino cuando él mismo les revela, les muestra a Cristo, guiándolos a él con su propio ejemplo y testimonio.

Volvamos ahora a la cuestión de la buena tierra. Esta es de tal carácter porque hace lo bueno. Va siendo y haciendo lo que la semilla necesita: la cubre, la nutre, la protege y, cuando se llega el tiempo, permite que la rasgue para que pueda emerger la planta que habrá de dar el fruto deseado. No empieza sosteniendo a la planta, sino envolviendo a la semilla. Esto resulta importante porque Jesús dijo que el que el que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel. (Lucas 16.10) A veces quisiéramos hacer más de lo que se nos pide; o prometemos hacer más cuando las circunstancias propias cambien. Daremos más, cuando más tengamos. La buena tierra hace cada momento lo que en el momento se requiere. Por eso es buena tierra.

Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de analizarse a sí mismo y enfrentar qué clase de tierra está siendo y, en consecuencia, asumir la responsabilidad de lo que está haciendo con la palabra del Reino que ha recibido. Dios nunca va a obligarnos a ser la clase de tierra que podemos ser, pero sí recompensará nuestra disposición o la falta de ella. Por ahora, sólo diré que el Señor Jesús advirtió a sus oyentes que Dios, a cualquiera que tiene, le dará más; pero al que no tiene [fruto] aun lo que tiene le será quitado. Les animo, entonces, a que nos volvamos a Dios y busquemos con diligencia y sentido de urgencia el que su Santo Espíritu quite de nosotros lo que sobra y añada lo que hace falta a esta tierra que ha sido llamada a ser fructífera para la honra y gloria de Dios.

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