Alguien que ruegue por ellos

Ezequiel 22.30

El capítulo 22 de Ezequiel es una declaración de juicio. Denuncia el pecado de los gobernantes que devoran a los inocentes, que dejan viudas muchas mujeres. A los sacerdotes que desobedecen las enseñanzas del Señor y profanan las cosas sagradas. A los líderes que son como lobos, a los profetas que hacen profecías falsas. A la gente común y corriente que roba a los necesitados, oprime a los pobres y trata injustamente a los extranjeros.

Y, como colofón, hace una denuncia más dura: Busqué a alguien que se pusiera en la brecha de la muralla para que yo no tuviera que destruirlos, pero no encontré a nadie.

Ezequiel está denunciando una serie de cosas que nos resultan conocidas porque las estamos viviendo en nuestros días y en nuestras ciudades. Cada día somos testigos de cómo es que la injusticia se enseñorea de nuestro país y afecta a muchos, hasta llegar a nosotros mismos.

Ante tal realidad que nos abruma frecuentemente nos preguntamos qué podemos hacer. Nos sentimos incapaces para detener, o siquiera disminuir, tanto dolor y sufrimiento que nos rodea. Como en tantas cuestiones espirituales, la tarea siempre resulta más difícil y demandante, comparada con las fuerzas y recursos con que contamos. No resulta raro, entonces, que asumamos que nada podamos hacer y caigamos en una espirar de desespero y frustración. Y, aunque creamos que no podemos hacer algo, sigue ardiendo en nosotros la convicción de que no podemos permanecer impasibles ante lo que está pasando.

A Dios le molesta toda expresión de injusticia, sea en tiempos de Ezequiel o en nuestros días. Y, creo que puedo plantearlo así, que Dios espera que hagamos lo que sí podemos hacer. ¿Qué espera Dios de nosotros ante tareas que sobrepasan nuestra comprensión y capacidades? Dios espera que salgamos a la brecha y nos interpongamos entre él y aquellos que enfrentan el riesgo de su furor. De los que son víctimas de sus propios errores, o que padecen los excesos de la vida y los de quienes no tienen temor de Dios.

El de la intercesión es un ministerio que somos llamados a ejercer de manera fiel y permanente. Mientras más duras e imposibles resulten de resolver las situaciones que enfrentamos, mayor la demanda de nuestra intercesión. En la Biblia la palabra interceder puede ser entendida de dos maneras diferentes: la primera, como el colocarse en el camino por el que va a pasar quien puede bendecir a otros, y no dejarlo pasar sino hasta que los bendiga. La segunda: convertirse en un puente entre quien tiene una necesidad y quien puede resolverla. En ambos casos se trata de una tarea que se realiza fundamentalmente con la oración y el ayuno.

Fijémonos que el que no deja pasar a Dios, sino hasta que contesta la petición presentada, o quien sirve de puente entre el Señor y la persona necesitada, de alguna manera se enfrenta a Dios. Es decir, se pone delante de él en una actitud de súplica, sí, pero también desafiante.

Es una actitud parecida a la de Jacob, cuando le dijo al ángel de Dios: No te soltaré hasta que me bendigas. Génesis 32.26 Esta es una tarea que desafía a Dios, que lo presiona para que cambie su parecer y opte por bendecir a aquel por quien estamos intercediendo.

Interponerse entre Dios y quien necesita de su gracia implica esfuerzo, valor y perseverancia. No es fácil salirle a Dios al paso. No es fácil plantarse delante de Dios y no dejarlo pasar. Jacob tuvo que esforzarse, luchar físicamente, con el ángel de Dios y al hacerlo se esforzó, se cansó, se arriesgó.

Arriesgar es poner en peligro. Pensemos en Dios quien viene caminando por una brecha estrecha. Es poderoso, cuestión que a veces olvidamos o ignoramos. Pero es tan poderoso que, según Nahum, los montes tiemblan delante de él, y las colinas se derriten ente su presencia. Es el León de la tribu de Jehová. No resulta sencillo ponérsele enfrente y esforzarse para lograr que responda.

Quizá resulte sencillo, ponerse delante de él un momento y después salir huyendo. Pero quien intercede, persevera. Es decir, se mantiene firme, constante y con esfuerzo, superando obstáculos, dificultades y el desánimo.

Todo esto implica la tarea de la intercesión en cuanto ponerse delante de Dios dispuestos a no dejarlo pasar mientras no conteste la oración presentada. De una manera y otra, enfrentamos el silencio de Dios. Hay quienes enfrentan en oración sus enfermedades y enfrentan no el alivio deseado, sino la complicación de la enfermedad y del sufrimiento aparejado a la misma. Ante la multiplicación de las expresiones del pecado, de las de las debilidades y fragilidades del ser humano somos llamados a ser intercesores.

Sí, somos llamados a interceder, enfrentando al Dios que viene de paso y tiene prisa, que no parece estar dispuesto a detenerse y prestar atención a la súplica que le presentamos.

Pero, hemos dicho, interceder también es servir de puente entre Dios y quien tiene alguna necesidad que sólo Dios puede resolver. Algo que estamos enfrentando, cada vez con mayor frecuencia, es la confusión, el sufrimiento y la complicación de la vida de quienes no conocen a Dios o que, de plano, lo rechazan. Aún estando conscientes de su incapacidad para resolver las situaciones que enfrentan, ni siquiera se les ocurre volverse a Dios buscando su quehacer misericordioso. Insisto, algunos actúan así por ignorancia, otros por rebeldía, otros, abrumados por el peso de sus dificultades.

Nosotros podemos hablarle a Dios de ellos y a ellos de Dios. Esta tampoco resulta una tarea fácil. A veces nos encontraremos pidiendo que Dios se incline en favor de quienes lo rechazan, quienes menosprecian el auxilio divino. Como dirían las viejitas: con qué cara podemos hacerlo. En tales casos no tenemos mayor argumento qué invocar, que la gracia y la misericordia de Dios en favor de quienes lo han ofendido, pero que lo siguen necesitando.

En otras ocasiones tendremos que llevar delante del Señor a quienes parece que él ha olvidado, a quienes parece que Dios no toma en cuenta. Tenemos que recordarle al Señor de su existencia, necesitada de su gracia. Necesitamos pedirle que vuelva su mirada hacia ellos.

Hay un canto católico, inspirado en el Salmo 146, que le dice a Dios: Vuelve hacia nosotros tu mirada, Señor, y danos tu perdón. Pues en ti reside la misericordia y la abundancia de perdón. Como el hijo pródigo retornó a su padre, así vamos nosotros hacia ti. Acude, Señor, a nuestro encuentro, danos la gracia de tu amor.

Notemos que este canto usa la primera persona en plural: nosotros, danos, vamos, nuestro, etc. Quien sirve de puente hace suya la condición que está viviendo aquel que necesita la gracia de Dios, aún sin saberlo. Quien se asume puente no le habla a Dios del otro, sino que se hace uno con él para presentarse delante de Dios y pedir su favor misericordioso. Asume culpas, asume necesidades, asume esperanza.

Desde luego, ello requiere de nuestra sensibilidad y empatía con quienes necesitan del favor de Dios. Requiere de nuestra capacidad para sentir lo que quienes sufren están sintiendo. Requiere que nos dejemos afectar por lo que los otros están viviendo. Quien no hace suyo el dolor del otro, difícilmente puede estar dispuesto a interceder por él.

Terminemos diciendo que es cierto que, en la mayoría de los casos, el juicio de Dios contra los injustos, los asesinos, los abusadores, no aplica contra nosotros. Pero, evitemos ser llamados a juicio por no realizar de manera fiel la tarea de la intercesión a la que somos llamados. Hagámoslo en el nombre del Señor, para honrarlo y dar testimonio de su presencia en medio nuestro.

A esto los animo, a esto los convoco.

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