Hagan más discípulos

Mateo 28.16-20

Cuando nos acercamos a la vida de Jesús descubrimos muy pronto que no vivía para sí mismo. Sus prioridades no eran ni su felicidad personal, ni su familia, ni su prosperidad material, etc. En fin, esas cosas que son las que explican y dan sentido a la vida de muchos entre nosotros. Dos cosas eran las determinantes para Jesús: Su comunión su Padre y la realización de la tarea que le había sido encomendada. En tal sentido, Jesús no tenía vida propia. No vivía para sí, sino para el Padre. Y, no lo hacía porque no le quedara otra, él mismo aseguró: Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntadJuan 10.18

Desde luego, tal forma de ver la vida nos resulta incomprensible y hasta fuera de lugar. Después de todo, hemos aprendido que lo más importante para nosotros somos nosotros mismos. Que hemos venido a este mundo para ser felices, para realizarnos como personas y para alcanzar cualquier cosa que nos propongamos. Y en función de ello es que vivimos. Tales presupuestos son los que explican nuestros esfuerzos, nuestro día a día y aún nuestras frustraciones. Queremos alcanzar nuestras metas, queremos que los demás se adapten a nuestros planes y formas, queremos ser y hacer para nosotros. Después de todo se trata de hacer, de ganar… nuestra vida.

Pero, Jesús el aguafiestas, nos advierte que quienes viven para sí, que quienes aman su vida la perderán y que son aquellos que desprecian su vida los que la conservan para vida eternaJuan 12.25 Son estas palabras duras y difíciles de comprender y asimilar. Pero, explican la experiencia de muchos cristianos que han comprometido su vida al Señor y siguen haciendo para sí mismos. Dicen que sus vidas le pertenecen al Señor, pero, siguen viviendo para ellos mismos. Así, encontramos a profesionistas exitosos, pero con vidas personales y familiares desechas. A personas que han alcanzado lo que soñaron ser y hacer y que, sin embargo, están insatisfechos. A madres que hacen de sus hijos su todo y cada día son testigos del cómo sus hijos están perdiendo su alma. De personas que han hecho de su bienestar, físico y material, su todo y cada día se sienten (¡y están!), más vacíos y frustrados. Personas que, amando y haciendo su vida, la están perdiendo.

Desafortunadamente, los valores individualistas de la cultura dominante han permeado el pensar, el creer y el hacer de los creyentes, en un número considerable. Hemos dado forma a otro evangelio, no a aquel en el que Jesús vino para servir al Padre y entregar su vida a la causa divina, sino uno en el que hacemos de Jesús, de Dios, las palancas que nos permiten vivir para nosotros mismos. Manipulamos -manejamos a Dios, cuando menos intentamos hacerlo- para que sirva a nuestros propósitos, cumpla nuestras expectativas, haga lo que queremos que haga en favor nuestro.

Pero, si para Jesús lo más importante era permanecer en comunión con su Padre y cumplir con la tarea que se le había encomendado, lo mismo es lo más importante para sus discípulos, para nosotros, lo creamos o no. Mientras Jesús estuvo en la tierra él pudo guiar a los suyos a desaprender lo que el engaño del diablo les había enseñado. Pero, una vez que Jesús había de volver al Padre, resultó necesario que enviara al Espíritu Santo para que este cumpliera con la misma tarea.

La presencia del Espíritu Santo en el creyente le da una nueva y superior capacidad de juicio. Juan 16.8 Además, el Espíritu Santo en el creyente lo guía a toda verdad. Juan 16. 13 Tal participación del Espíritu Santo resulta indispensable porque, bajo la influencia del diablo -y no hay que olvidar que si nos descuidamos aun siendo cristianos podemos estar bajo la influencia del diablo-, para aquellos que han oído el mensaje de Cristo, las preocupaciones de esta vida, el engaño de las riquezas y los deseos de tener cosas ahogan el mensaje y se vuelven estérilesMarcos 4.18,19 PDT

Estéril es aquel o aquella que no da fruto, es decir, que no alcanza su plenitud y, por lo tanto, no cumple con su propósito de vida. En el caso del creyente, quien se ocupa de hacer la vida para sí mismo, se vuelve estéril en y para sí mismo. No logra su plenitud como persona. Además, lo que es más trágico, ahoga en sí mismo la vida del evangelio que ha sido plantada en él. Es decir, no cumple con el propósito inherente a su identidad como hijo de Dios, como quien es salvo y ha sido rescatado para vivir en comunión plena con el Padre. El engaño del diablo, además de enseñarnos que tenemos el derecho de vivir para nosotros mismos, nos enseña que quienes viven para Dios, están equivocados, se frustran porque no pueden hacer ni lograr lo que está en su capacidad hacer y lograr.

Nada más falso. La Biblia dice que: Todo lo bueno que hemos recibido, todo don perfecto que viene de arriba es de DiosSantiago 1.17 NTV Y, todo es todo. Quien vive para Dios no tiene que renunciar a aquello que ha recibido de Dios, sus capacidades físicas, afectivas, intelectuales, etc. Estas se las ha dado Dios y son herramientas para que el creyente cumpla con el propósito para el cual Dios lo ha llamado. Este propósito es señalado por Jesús: Ustedes vayan y hagan más discípulos míos en todos los países de la tierra. Bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Enséñenles a obedecer todo lo que yo les he enseñadoMateo 28.19ss TLAI

La plenitud del quehacer vital del creyente resulta de que lo que es y hace produzca discípulos de Cristo, nuevos seguidores que sean salvos por la obra redentora de Jesucristo. Esta forma de vida y de cosmovisión sólo es posible bajo el poder del Espíritu Santo. Este nos guía en tal dirección y nos enseña el cómo podemos hacer discípulos en nuestro día a día, con los dones y capacidades recibidas. Además, nos da el poder para hacer lo que es propio de nuestra condición de hijos de Dios. Hechos 1.8

Erróneamente hemos aprendido que la comunión con Dios consiste en una especie de éxtasis espiritual en el que lo importante es lo que sentimos, siempre que sintamos bonito. Sin embargo, comunión es sintonía, es decir, permanecer ajustados. Ajustar es conformar, acomodar algo a otra cosa, de suerte que no haya discrepancia entre ellas. La comunión con Dios, entones, no consiste en eso que llamamos sentir su presencia -que por cierto no tiene una base bíblica- sino en tomar la forma, en acomodar nuestra forma de vida para que no sea diferente a lo que Dios quiere, a lo que está haciendo y para lo cual nos ha llamado.

Nada resulta más determinante para permanecer en comunión con el Padre, que el que cumplamos con la tarea recibida. Es importante, desde luego, porque de ello depende el cómo de nuestra eternidad, no sólo el aquí y ahora de nuestra vida. Pero, más importante resulta porque somos llamados a colaborar con Dios en la tarea de reconciliar al mundo con él. Hacer discípulos es mucho más que aumentar el número de creyentes, que llenar los templos. Hacer discípulos es contribuir a que el Reino de Dios, el orden de Dios se haga presente y evidente en círculos más amplios de la sociedad.

Por ello es por lo que somos llamados a evangelizar, es decir, a proclamar las buenas nuevas de salvación a quienes permanecen bajo el dominio del pecado. Somos llamados a prevenir el deterioro de las personas, las familias, la sociedad, haciendo presente a Cristo en la cotidianidad de la vida. Y somos llamados a caminar al lado de quienes vienen a Jesús y son incorporados a su iglesia. Así, como miembros los unos de los otros, podremos edificarnos mutuamente y ayudarnos para que cada día seamos más parecidos a nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

Dejemos de vivir para nosotros mismos y vivamos para el Señor. Romanos 14.7, 8 Para ello, busquemos el ser llenos del Espíritu Santo. Hagamos de tal llenura nuestra prioridad y oremos pidiendo el Espíritu Santo que el Padre nos ha prometido. Lucas 11.13 Así, llenos del Espíritu Santo es como podremos ir y hacer discípulos.

A esto los animo, a esto los convoco.

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