Sin santidad no hay familia

Hebreos 12.14,15

Después de la relación con Dios no hay relación más importante y trascendente que la relación familiar. Esta comparte tantas características con la primera que nos permiten proponer que las relaciones familiares se sustentan bajo los mismos principios que la relación con Dios. Para empezar, ambas clases de relaciones necesitan de la paz y, sobre todo, de la santidad. Además, en ambos casos se hace manifiesta la incapacidad humana para establecer, mantener y fortalecer tales relaciones unilateralmente. Ante ello, de manera similar, opera la gracia divina. Misma que hace posible ambos tipos de relación -con Dios y con nuestros familiares- y las sostiene, fortalece y perfecciona hasta su total realización.

Como la relación con Dios, para el creyente sus relaciones familiares resultan fundamentales tanto en el aquí y ahora como en el cómo de la eternidad. El todo de la persona está afectado, tanto positiva como negativamente, por la calidad de sus relaciones familiares. De ahí la importancia del llamado con que inicia nuestro pasaje: Esfuércense por vivir en paz con todos. El término que se traduce como esfuércense, significa literalmente: corran traspersigan. Podemos ver que tal exhortación recupera un sentido de urgencia y dedicación que, lamentablemente, cada vez menos caracteriza a las relaciones humanas. Lo que el autor bíblico nos pide es que nos ocupemos con un sentido de urgente importancia del éxito de nuestras relaciones.

El autor sagrado tiene el buen cuidado de definir, señalar de manera objetiva, qué es aquello que debemos perseguirla paz con todos. En particular las relaciones familiares demandan de un equilibrio constante, voluntario y hasta sacrificial de sus participantes. Quien procura la paz, busca mantener una proporción conveniente entre el ejercicio de sus obligaciones y derechos em su relación con las otras personas. No ve sólo su propio interés -y se ocupa de él-, cuestión que es de por sí legítima, sino que también se ocupa del interés del otro. Por ello actúa de manera convenientemente proporcional, dado que está dispuesto a favor del otro y de la relación misma, hace sólo y aquello que resulta conveniente para la relación. Además, aprovecha todas las oportunidades para abundar en el bien de la relación y de quienes la componen.

Una persona así es una que está en armonía consigo misma, en equilibrio y, por lo tanto, no le afecta permanecer firme en sus propósitos o derechos o ceder cuando así conviene a la relación. El resultado es que anima y provoca la armonía con el otro, aun cuando la otredad del otro siga siendo una realidad permanente. Porque, como en la música, la armonía familiar no consiste en invalidar la identidad del otro, sino en el aprender a convivir, a adaptarse y a complementar lo que el otro es y hace. Desde luego, esta resulta una tarea difícil y es por ello por lo que debemos considerar la segunda parte de la mancuerna paz y santidad.

En efecto, el equilibrio personal y, por lo tanto, el familiar resulta y es una expresión de la santidad de la persona y de la familia. Santidad es, literalmente, separación para Dios y el estado que de ella resulta. Quien se santifica, vive para Dios y esta disposición-compromiso le capacita para ver la vida de otra manera. De ahí la declaración: Los que no son santos no verán al SeñorOptomai, de donde viene la palabra verán, se refiere a mirar fijamente, por lo que podemos considerar que quien no vive en santidad no puede ni entender, ni comprender, ni seguir a Dios. Quien se encuentra en tal condición vive en tinieblas y sus ojos están ciegos. Es decir, no puede saber lo que necesita para hacer la vida correctamente.

Vivir consagrado para Dios significa comprometerse en el propósito de honrar a Dios en todo lo que se hace. Cuando este propósito se aplica al cómo de nuestras relaciones, significa que vemos y nos relacionamos con los otros al través del filtro de Dios. Es decir, que nuestra intención de agradar y, por lo tanto, adorar a Dios, es la que permite el paso de aquello que es propio de Dios, al igual que impide lo que no corresponde.

Antes he dicho que somos llamar a recuperar un sentido de urgente importancia del éxito de nuestras relaciones. Lamentablemente, influenciados por una sociedad decadente nos vemos en la tentación de aceptar como normal el deterioro y hasta el fracaso de nuestras relaciones familiares. Y, asumimos que, si ello es normal, la norma -lo que pasa en las relaciones- entonces sólo queda el aceptarlo y aprender a sobrellevar y superar emocionalmente tales fracasos. Pero, no debemos olvidar nunca que nosotros somos diferentes, somos iglesia. Por ello, lo que es normal, la regla, para los que no conocen a Dios no lo es para nosotros.

A los filipenses (2.12,13), el Apóstol Pablo los exhorta: Esfuércense por demostrar los resultados de su salvación obedeciendo a Dios con profunda reverencia y temor. Pues Dios trabaja en ustedes y les da el deseo y el poder para que hagan lo que a él le agrada. La primera parte de tal exhortación resalta nuestra condición de diferentes dada la salvación que hemos recibido. La segunda parte nos recuerda que al ser salvos ya no estamos solos ni dependemos de nuestros recursos personales. Dios trabaja en ustedes, asegura Pablo.

Cada situación de conflicto en el cómo de nuestras relaciones familias es un espacio de oportunidad para que demostremos los resultados de nuestra salvación, obedeciendo a Dios con profunda reverencia y temor. Las dificultades nos dan la oportunidad de mostrar que nosotros somos diferentes y que Dios, honrarlo y servirlo, es nuestro principal propósito, aún a pesar del dolor y sacrificio que ello signifique. Hay quienes hacen de sus dificultades familiares el pretexto para recuperar su vieja humanidad. Maldicen -literalmente- y justifican sus procederes carentes de paciencia, caridad y amor. No sólo atacan a los otros, sino que se degradan a sí mismos.

Ante esto, el autor sagrado nos recuerda que Dios trabaja en nosotros y nos da el deseo y el poder para que hagan lo que a él le agrada. La traducción Reina Valera nos ayuda a entender mejor tal declaración: Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer… Todos sabemos que en el proceso de nuestras relaciones familiares hay, siempre, algo que nos está animando a vivir en paz, a recuperar el equilibrio de nuestras dinámicas familiares. Inquietud, deseo, motivación, etc., son expresiones de ese llamado interno, animado por Dios, para que nos esforcemos y hagamos lo que conviene para recuperar lo perdido. También sabemos que cuando no lo hacemos queda en nosotros el testimonio, la convicción, de que pudimos haber hecho algo más y mucho de manera diferente.

Lo malo de ser nuevas criaturas en Cristo Jesús, lo incómodo de haber sido salvos por la sangre de nuestro Señor, es que no podemos pecar, hacer lo que no agrada a Dios impunemente. Nos duele, cuando menos nos incomoda y fortalece en nosotros el deseo de hacer lo bueno, lo que agrada al Señor y fortalece nuestra relación con él. Así, cada situación de conflicto familiar nos da la oportunidad de preguntarnos: Ante esto ¿qué es lo que agrada a Dios? ¿qué debo hacer para, ante el conflicto que enfrento, él sea honrado por mi vida? De esta manera Dios provoca el querer en nuestro corazón.

Ahora bien, si Dios produce el querer, asegura Pablo, Dios también produce el hacer. Desde luego, mientras más tardemos en responder al querer que Dios inspira en nosotros, más difícil y doloroso resultará el hacer. Pero, si perseguimos la paz y nos consagramos a Dios, al mismo tiempo que le consagramos nuestro quehacer familiar, podemos confiar en la victoria. En la victoria familiar, cuando sus integrantes siguen la paz y la santidad; o la victoria personal, aun cuando el proyecto familiar se debilite o hasta fracase. A veces, lamentablemente, asumimos una actitud fatalista, pasiva. Pretextamos estar esperando a que Dios haga porque nosotros no podemos. Insistimos en que necesitamos de la ayuda del Espíritu Santo y que estamos esperando a que él quiera y haga en nosotros lo que necesitamos para hacer lo que corresponde.

Fijémonos que nuestro pasaje no dice que Dios hará que hagamos lo que a él le agrada. Lo que dice es que Dios nos da el poder para hacerlo. Entonces, podemos hacerlo. Si no lo hacemos no es porque no podamos sino porque no queremos. Y, si no queremos, estamos rebelándonos ante lo que Dios está haciendo en nosotros, nos negamos a querer lo que él quiere que queramos. La victoria resulta de la humildad y la obediencia. Humildad para quitar la vista, el énfasis en nosotros -en lo que sentimos, perdemos o queremos-, y ocuparnos de Dios como la primera prioridad en nuestra vida. Obediencia para hacer lo que Dios nos revela que hagamos. Revelación que recibimos en su Palabra y en el testimonio que su Espíritu Santo da a nuestro corazón respecto de lo que somos llamados a hacer.

Si, Dios trabaja en nosotros y nos da el deseo y el poder para que hagamos lo que a él le agrada, entonces podemos desarrollar relaciones familiares sanas, complementarias y exitosas. Que duren hasta que la muerte nos separe. Confiando en Dios podemos unirnos a lo que él está haciendo en y al través nuestro. Consagrados a él podemos consagrarnos a nuestra familia. Así, abundaremos en la paz y daremos honra a Dios en el día a día de nuestras relaciones familiares.

A esto los animo, a esto los convoco.

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