Ya murieron

Mateo 2.19-21

La historia de la Navidad contiene tantos elementos sobrenaturales que resulta difícil acercarse a ella de manera humanamente objetiva. Dado que implica la intervención y el quehacer extraordinario de Dios, resulta imprescindible acercarse a la misma desde una perspectiva diferente, la de la fe. Así, si empezamos por asumir lo que no entendemos -lo que no nos checa-, estaremos en condiciones de avanzar hasta el espacio de la experiencia personal en el que podremos comprender y hacer nuestro todo lo que el relato navideño implica.

Desde luego, esta es una historia de amor. Y, como todas las grandes historias de amor, contiene elementos incomprensibles a menos que se participe de la relación de amor que les da sentido. En este caso, es el amor de Dios por nosotros la razón y la clave que da sentido al relato navideño. Jesús es la prueba por excelencia de que Dios nos ama. También es la prueba de que, por amor, Dios no desiste de su propósito de bien a favor de los suyos. Y, desde luego, Jesús es la prueba de que no hay fuerza que pueda impedir que el propósito de salvación se cumpla en nosotros cuando respondemos en amor al amor que hemos recibido en él.

Una de las características del quehacer humano en cuanto a las relaciones es que tendemos a valorar el todo por las partes. Es decir, que en tratándose de la valoración que hacemos de las relaciones y su fiabilidad asumimos que algunos eventos tienen el poder para determinar el todo de la relación. Sobre todo, cuando tales eventos se hilan con otros similares. En la historia de Jesús descubrimos que lo que empezó de manera tan espectacular pronto se convirtió en una pesadilla. José, María y Jesús tuvieron que huir para preservar la vida. Al temor, José y María tuvieron que sufrir la confusión, la culpa y el pesar de que por causa de su hijo muchos niños fueran asesinados. Algunos de ellos, hijos de sus familiares más cercanos.

Para José, el convertirse en el padre del hijo de otro significó que el todo de su vida se viera alterado. Tuvo que renunciar a lo que era y hacía, a los suyos y a lo suyo. Igual María, sorprendida por la noticia de que sería la madre del Hijo de Dios tuvo que enfrentar el descrédito, las burlas y los eventos de desconfianza, aún de su propio esposo. Como si fuera poco, los tres tuvieron que emigrar a tierras enemigas. Se convirtieron en espaldas mojadas y tuvieron que empezar de cero donde no erar nadie.

Siendo, así las cosas, pocas razones había para creer que el amor de Dios resultara viable en y al través de ellos. ¿Cómo creer que fueran ciertas las palabras de los ángeles cuando el Salvador tenía que huir para mantenerse a salvo? ¿Cómo creerles a los magos si el Rey debía esconderse en el anonimato de un país extraño? ¿Cómo podía creer María que su hijo traería vida cuando por su causa cientos de niños inocentes habían muerto?

Cada uno de nosotros tiene sus propias preguntas parecidas. Cada prueba, cada pérdida que enfrentamos, nos lleva, fácilmente, a cuestionar la viabilidad del todo de nuestra vida. Es más, cada evento discordante parece tener el poder no sólo de alejarnos del propósito, sino de alejarnos también de Dios. Ello porque la pérdida de la confianza implica un distanciamiento adolorido del Dios de nuestra esperanza. En consecuencia, hemos aprendido a dudar del amor de Dios o, cuando menos, de su viabilidad en favor nuestro. Y, la duda nos lleva a la pasividad; la pérdida de esperanza a desistir.

Me resulta interesante el hecho de que nuestro relato destaca que mientras José dormía, el ángel de Dios -Dios mismo-, se le apareció en un sueño. La figura literaria contrasta la pasividad de José con la persistencia divina. Mientras uno yace, el otro viaja hasta Egipto para comunicarle que los planes de Dios no se han interrumpido y que su propósito no se ha acabado. El que Jesús, María y José hubieran tenido que huir no significaba que la intención amorosa de Dios hubiera fracasado. Ello, porque el amor, su poder y su viabilidad, permanecen para siempre. 1 Corintios 13.13 De acuerdo con Pablo, es el amor lo que da sentido a la confianza en Dios y a la seguridad de que él cumplirá sus promesas.

Antes he dicho que Jesús es la prueba de que no hay fuerza que pueda impedir que el propósito de salvación se cumpla en nosotros cuando respondemos en amor al amor que hemos recibido en él. Desde luego, responder a tal amor requiere de la comprensión plena del propósito último de Dios que el mismo Jesús revela: nuestra salvación. Comprender tal propósito nos permite no confundir las partes con el todo y a no confundir lo que viene por lo que está siendo. Porque, como en el caso de Herodes, llegará el momento en que podamos decir que todo y todos los que se oponen al cumplimiento del propósito divino en favor nuestro… ya murieron.

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