Aborto, no todos pensamos lo mismo de lo mismo

Efesios 4.13

Serie de meditaciones pastoralesEl del aborto es un tema complejo y complicado. Comprende diversos elementos: morales, religiosos, culturales, políticos, emocionales y sociológicos, etc. Por lo mismo, resulta difícil un acercamiento objetivo y no especulativo. La carga emocional que acompaña la consideración del tema, así como el sentido utilitarista con el que lo tratan tanto quienes están a favor del mismo, como quienes lo rechazan, impide la creación de marcos de referencia común que permitan una consideración seria y propositiva del mismo.

Desde la cosmovisión cristiana consideraríamos que la Biblia debiera ser el referente absoluto ante tan delicado tema. Sin embargo, la Biblia no nos ofrece las bases suficientes para la consideración del mismo. Si uno busca la palabra aborto en la versión RVR1960, sólo encuentra dos citas: Oseas 9.14 y Éxodo 23.26. Ambas resultan contradictorias, mientras que en la primera se pide a Dios que a los enemigos de Israel les dé matriz que aborte,  la segunda comprende la promesa de que en Israel no habrá mujer que aborte, ni estéril. En Job 3.16 y en Eclesiastés 6.3, encontramos un acercamiento complicado al tema: Job se lamenta no haber sido escondido como un abortivo y el Salomón (si él fue el autor del Eclesiastés), considera que si un hombre no sació su alma de bien… un abortivo sería mejor que él.

Consideración especial requiere Números 5.18 – 22. Asombra descubrir que como un protocolo de investigación sobre la infidelidad femenina, se recurriese a la inducción del aborto usando elementos naturales que, encuentran sus similares en distintas culturas, precisamente, para la inducción del aborto.

Por otro lado, quienes recurren a la Biblia para fundamentar su rechazo al aborto, rescatan en particular dos pasajes: El Salmo 139.13-16 y Jeremías 1.4, 5. En el primer pasaje David, el salmista, da testimonio del cuidado y la atención dada por Dios al proceso de la formación de su cuerpo dentro del cuerpo de su madre. Asegura: Me viste antes de que naciera. Cada día de mi vida estaba registrado en tu libro. (NTV) En el caso de Jeremías, él mismo da testimonio: El Señor me dio el siguiente mensaje: Te conocía aun antes de haberte formado en el vientre de tu madre; antes de que nacieras, te aparté y te nombré mi profeta a las naciones.

Quienes rechazan el aborto encuentran en estos pasajes sustento suficiente para fundamentar que el ser humano es persona desde el vientre de la madre. De ahí, concluyen, se debe estar en contra del aborto porque dado que el feto es una persona, el aborto es un asesinato y Dios ha prohibido matar. Y es este, precisamente, el principal punto de quiebre en la consideración del tema del aborto. ¿Cuándo se es persona humana?

Como cristianos evangélicos debemos asumir que no hemos sido responsables en reflexionar bíblica y teológicamente al respecto. Hay quienes consideran que dada la calidad moral del tema del aborto, esta es responsabilidad personal de cada quién y de ahí que no se deba, pueda o convenga tomar posiciones al respecto. Del otro lado, una gran mayoría de cristianos evangélicos simplemente han hecho suya de manera acrítica la posición católica más conservadora. Desconociendo un hecho fundamental: que esta no se pronuncia de manera tajante en contra del aborto, sino que lo permite o acepta hasta las doce semanas (tres meses), del embarazo.

Tanto San Agustín, como Santo Tomás de Aquino, concluyeron que el aborto sólo podría considerarse un asesinato a partir del momento en que el feto tenga alma y presumían que esto sucede cuando el feto adquiere una forma plenamente humana. Hubo y hay otras corrientes que sin sustento bíblico ni científico aseguran que se es persona humana, que lo biológico es animado (recibe el alma), desde el momento mismo de la concepción. Alrededor de esta propuesta se acuñó el término homúnculo, hombrecillo, que resulta de la idea de que en el semen se encuentra ya el hombre formado –animado-, aunque en proceso de desarrollarse.

Es sabido que una pretensión común de los creyentes es que tenemos respuestas para todo. Sin embargo, la cuestión del aborto –entre otras más-, reclama de nosotros humildad y la aceptación de que hay cosas que Dios no ha querido revelarnos. Asumir tal realidad nos lleva a renunciar a la toma de posiciones definitivas sobre los temas que no conocemos ni comprendemos del todo. Tal el caso que nos ocupa. En consecuencia, somos llamados a desarrollar una pastoral, una tarea de servicio, a quienes enfrentan el dilema y las consecuencias del aborto, en el ánimo de ayudarlos a fortalecer su experiencia cristiana y, sobre todo, su comunión con Cristo.

Desde esta perspectiva pastoral, partimos del hecho de que, en la mayoría de los casos, el aborto es consecuencia antes que origen. Que quien confronta la necesidad de elegir entre abortar o no hacerlo lo hace como resultado de un proceso que se compone tanto de factores personales (morales, sicológicos, familiares, culturales, etc.), como de factores externos: violencia física, violencia económica, violencia cultural, entre muchos otros.

Por ello, creo que son pocos quienes pueden declararse en favor del aborto. En la mayoría de los casos, las mujeres se acercan a la consideración del mismo como un mal necesario y no como una elección sencilla ni deseada. La legalización del aborto no tiene como propósito la promoción del mismo, sino la protección legal y de la salud de quienes se ven en la necesidad de abortar. Que hay excepciones, las hay, pero en general se aborta por necesidad y no por placer.

Cuando el médico tratante de mi esposa, en nuestro primer embarazo, me hizo saber que haría nuevos estudios ante la posibilidad de que fuera necesario un legrado, no tuvimos ninguna duda de que seguiríamos adelante con su embarazo. Por gracia de Dios, nuestro hijo tiene ahora 35 años. Sin embargo, como hombre, esposo, padre y pastor, no me veo en el derecho de imponer a quienes enfrentan situaciones similares mi decisión como el modelo a seguir.

Creo, sí, que nuestra tarea pastoral consiste en acompañar a las personas involucradas, mujeres y hombres, tanto preventivamente como durante y después de que aborten, si se han decidido por ello. Preventivamente, ayudando especialmente a nuestros adolescentes y jóvenes a honrar la santidad de sus cuerpos. Acompañándolos a ejercer la libertad que les representa el ser hijos de Dios ante sus propias pasiones y las presiones culturales y sociales que enfrentan. Estimulándolos a que sean responsables en el ejercicio de su sexualidad. A que se protejan a sí mismos y a los que aman. A que prevean las implicaciones que traen los embarazos no deseados y fuera de tiempo. Padres e iglesia, en ese orden, somos llamados a acompañar a nuestros adolescentes y jóvenes.

El acompañamiento de quienes enfrentan la alternativa del aborto requiere, primero, de nuestro respeto a su conciencia y libertad de elección. Al mismo tiempo, debe ser propositivo, enriquecedor -en la consideración de las alternativas que existen-, así como de la aceptación incondicional que hacemos de su persona, independientemente de la decisión tomada. Como iglesia somos una comunidad de amor, que aun cuando disciplina, lo hace amorosamente y con el exclusivo propósito de la salud espiritual, el fortalecimiento de la persona y la restauración de lo que se haya perdido: estima propia, relaciones, capacidades y, desde luego, la comunión creciente con el Señor.

En Efesios 4.13, el Apóstol Pablo asume no todos pensamos lo mismo de lo mismo. El proceso para llegar a la unidad de la fe, se encuentra en marcha pero no se ha terminado. El llamado paulino es que, en tanto llegamos a la unidad de la fe, conservemos la unidad del amor. Amándonos y considerándonos unos a los otros. Agregaría yo, validándonos los unos a los otros antes que juzgarnos o, peor aún, maldecirnos, por aquello que todavía no comprendemos totalmente.

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