Nada es Seguro en Esta Vida

Eclesiastés 7.14 NTV

Se acusa al cristianismo de ser una religión que promueve que las personas escapen de la realidad, que se evadan. Que se desentiendan de cualquier preocupación o inquietud creyendo que de manera sobrenatural Dios les dará todo lo que quieren o necesitan. Carlos Marx aseguraba que la religión no es otra cosa sino la droga con que se engaña al pueblo y se le manipula ofreciéndole una felicidad ilusoria. Por ello, concluía, se necesita la abolición de la religión entendida como felicidad ilusoria del pueblo para que pueda darse su felicidad real.

Pero, ¿es esto cierto? ¿En verdad la Biblia engaña proponiendo sólo felicidad y los milagros como la alternativa para enfrentar la vida? Obviamente, quienes buscan o acusan tal cosa no conocen lo que la Biblia nos enseña acerca de la vida y del quehacer de Dios en la misma. Por lo pronto, la frase final de nuestro pasaje es concluyente y reveladora: Recuerda que nada es seguro en esta vida. O, como dice otra traducción: Disfruta los buenos tiempos; pero cuando la estés pasando mal recuerda que Dios nos da momentos buenos y malos, y que nadie sabe lo que vendrá en el futuro.

Si nada es seguro, si nadie sabe lo que vendrá, entonces tenemos que vivir el momento presente desde una perspectiva preventiva; en el sentido de preparar, aparejar y disponer con anticipación lo necesario para un fin. Pablo nos invita a prepararnos para que podamos resistir al enemigo en el tiempo del mal. Ello nos muestra que debemos vivir el día presente de tal manera que podamos garantizar que tenemos los recursos indispensables para enfrentar el día malo y después que este haya pasado, todavía permanezcamos firmes. Porque esto es lo que la Biblia promete respecto del quehacer de Dios, que quienes le amamos y honramos podremos permanecer firmes cuando hayan pasado los días malos. Más aún, la Biblia nos promete que Dios hará que todas las cosas que vivimos cooperen para nuestro bien.

Son tres los espacios que debemos fortalecer en los tiempos de prosperidad. El primero tiene que ver con el cómo de nuestra relación con Dios. Para poder creer en Dios debemos, primero, conocer a Dios. Saber cuál es su carácter, cuáles su valores y, por lo tanto, cuál su propósito respecto de nosotros. Uno de los grandes conflictos de muchos es que pretenden relacionarse con Dios bajo un principio de iguales. Pero, Dios es el Señor. Nosotros vivimos para él y no él para nosotros. Además, Dios es omnisciente, lo sabe todo. Ve lo que nosotros no podemos ver y, por lo tanto, sabe lo que nosotros no sabemos. Así, lo que él permite o impide, lo que él da o niega, siempre está en la perspectiva de lo eterno. A Dios no lo atrapa ni el momento ni el espacio en que vivimos. Él sabe y ve más allá de lo que estamos viviendo. Finalmente, la Biblia nos enseña que Dios es amor. Y que como nos ama, él está en y con nosotros, independientemente de las circunstancias que vivimos.

El segundo espacio a fortalecer en nuestros tiempos de prosperidad somos nosotros mismos. Dicen que cuando alguien se está ahogando no es el momento para enseñarlo a nadar. De igual manera, el momento para fortalecer nuestro equilibrio interior no es el momento de la prueba. Esta la enfrentaremos de acuerdo con el equilibrio que hayamos desarrollado en los tiempos de paz. Somos espíritu, alma y cuerpo. Lo que somos está determinado por el equilibrio alcanzado entre nuestro físico, nuestra mente y nuestra dimensión espiritual. Hay quienes buscan a Dios cuando llega el día malo. Así como hay quienes comen sanamente cuando la diabetes ha destruido su sistema renal. Otros se ponen a estudiar la noche anterior al día del examen. Los días malos hacen evidente la calidad de nuestros recursos, no los generan. Por ello, quien menos ha crecido integralmente en la vida, quien menos se ha ocupado de madurar, tendrá menores posibilidades de permanecer firme cuando el día malo haya pasado. En cambio, quien se ocupa de ser un buen administrador de sí mismo y procura optimizar sus recursos en tiempos de paz, podrá, con la ayuda de Dios, enfrentar y superar los días malos de su vida.

El tercer espacio que somos llamados a cultivar, es decir a cuidar y fortalecer, es el espacio de las relaciones interpersonales. Los días malos tienen, siempre, efectos colaterales. Estos afectan, irremediablemente, a los círculos más cercanos, más íntimos de nuestras relaciones: la pareja, los hijos y hermanos, los padres, etc. Las tragedias de la vida ponen a prueba la capacidad de resistencia de los lazos que nos unen. Por ello, las tragedias ni unen, ni separan. Sólo ponen en evidencia la calidad de nuestras relaciones, hacen evidente qué tan unidos o qué tan separados nos encontramos. Los días malos no son tiempos propicios para fortalecer nuestras relaciones. Por lo tanto, hay que vivir cada día bueno sabiendo que llegarán los días malos y que estos mostrarán la fortaleza o la debilidad de nuestras relaciones. Por ello hay que cuidarlas, hay que invertir en ellas, hay que fortalecerlas y hacerlas crecer. Es decir, procurar que abarquen todas las áreas de la vida: afectivas, emocionales, espirituales, etc.

Lo que tenemos hoy no lo tendremos siempre. Los seres amados se van, tenemos que saber cómo llegar a la estación para despedirlos. Pero, más aún, tenemos que ocuparnos de vivir el día de hoy de tal manera que cuando el tiempo de la partida llegue, este no produzca ni más dolor, ni más conflictos, que los que sean indispensables. Como en estos casos, en el resto de nuestra vida necesitamos de la sabiduría que resulta del temor de Dios. Es sabio quien teme a Dios. Y la sabiduría nos enseña que debemos vivir el momento actual con gratitud, humildad y compromiso. Vivir así, hacer la vida así, nos permite vivirla plenamente –llena y enteramente-, para que cuando llegue el día malo este no pueda destruirnos, sino hacer evidentes las fortalezas de nuestra vida.

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