Los que Trastornan al Mundo Entero

Hechos 17.1-8

De la expresión guerra espiritual, hay muchas interpretaciones y otras tantas consideraciones. En lo particular considero que la guerra espiritual no se da, ni exclusiva ni prioritariamente, en el aire, sino en el corazón de los creyentes y los no creyentes. Es dentro de nosotros que libramos las batallas contra los principados y autoridades espirituales subordinadas. Y creo, también, que una de las expresiones de tal guerra espiritual es la fuerte atracción que como personas, y aún como sociedad, sentimos hacia el statu quo, a mantener las cosas como están, a no hacer olas. El seudobeneficio del statu quo es la tranquilidad, la comodidad, la ausencia de dificultades. Sin embargo, el factor sicológico de tal propuesta, como tantos otros engaños de Satanás, es que nos impide asumir que en la mayoría de los casos el mantenimiento del estado actual de las cosas sólo traerá una mayor descomposición de la vida personal, familiar y social.

Resulta interesante que Lucas registre el hecho de que nuestro Señor Jesús dedicó los cuarenta días siguientes a su resurrección a hablarles acerca del reino de Dios. Además de interesante tal acotación resulta importante porque Jesús les habló a sus discípulos acerca de un orden distinto de vida; de una manera diferente de hacer la vida. Jesús se refiere, por lo tanto, a la confrontación entre un statu quo, conocido y aceptado por todos como lo normal y un nuevo estado de cosas, ajeno, diferente y en conflicto al estado de cosas que es propio de quienes viven sin Dios y sin esperanza.

Tan radical la confrontación que el mismo Jesús advierte que no ha venido a traer paz, sino a poner en disensión a las personas. Disensión no es otra cosa que falta de acuerdo, por lo tanto, Jesús ha venido a trastornar el orden que guardan las personas entre sí. Es el trastorno propio de la irrupción de la luz entre la oscuridad. No sólo la deshace, sino que pone en evidencia lo que la misma ocultaba.

Cuando Pablo y sus compañeros llegan a Tesalónica, se hace evidente que su sola presencia es un factor precipitante del conflicto entre la luz y las tinieblas espirituales que oscurecían el entendimiento de los habitantes de aquella región. Lucas nos dice que los que no creían tuvieron celos. Los celos son la expresión de identidades disfuncionales que no soportan el cambio del estado de las cosas en el que se sienten seguros y cómodos. Estos denunciaron que habían llegado a Tesalónica los que trastornan al mundo entero. Como Pablo y los suyos tenían el poder para provocar una alteración del curso normal de sus vidas, los asumían como un peligro que debía ser evitado a toda costa. Y por eso buscaron expulsarlos de su ciudad.

De tal experiencia podemos hacer un par de consideraciones. La primera tiene que ver con el efecto que causa nuestra presencia entre los que están bajo el reino de las tinieblas. ¿Estamos trastornando su forma de vida? ¿Nuestra sola presencia, y la proclamación que hacemos de Jesús como Señor y Salvador, perturban el equilibrio mental y emocional de aquellos con los que convivimos? Es importante que nos hagamos tales preguntas pues no se trata de si procuramos perturbar o no. A nuestra naturaleza, una naturaleza de luz,  le resulta connatural el perturbar los ambientes donde Cristo no es el Señor. Sólo en los casos en los que nosotros disminuimos nuestra intensidad lumínica, es que nuestra presencia no resulta perturbadora.

La segunda cuestión tiene que ver con el propósito y el compromiso de los creyentes. El primer verso del capítulo que nos ocupa tiene como ejes dos verbos: pasando y llegaron. Ambos revelan que la presencia de Pablo y sus compañeros en Anfípolis, Apolonia y Tesalónica no fue accidental, ni meramente pasiva. Ellos tuvieron la intención de ir a tales lugares para proclamar el evangelio de Cristo. Es decir, Pablo y los suyos eran animados por una intención trastornadora. Para ellos el statu quo era una afrenta al reino de Dios. El estado de cosas en el que se encontraban aquellas ciudades, las personas que las habitaban, no era propio de su condición de seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, había que hacer lo que se tenía que hacer para que las cosas cambiaran. Había que trastornar la vida de aquellas personas.

El statu quo dentro del que hemos sido llamados a servir no tiene razón para ser aceptado como natural o normal. Resulta especialmente preocupante que la máxima aspiración de no pocos cristianos sea llegar a ser felices, viviendo en paz. Animados por tales valores, cada día son y hacen como quienes no tienen a Dios como Señor. Resulta paradójico que cada día tratan, más y más, de ser como los otros; como aquellos a quienes asumen como triunfadores. Y, en tal convicción, cada día su luz mengua más y más y han dejado de ser sal que preserva y da sabor del reino a la vida.

Debemos aspirar a ser inconformes dentro de una cultura que hace culto a la conformidad y la comodidad. Debemos, porque no tenemos derecho a olvidarlo, tener presente siempre que somos diferentes, que somos agentes de cambio. Que estamos aquí, no para sumarnos al orden presente, sino para convertirnos en alternativas reales en las que el reino de Dios se hace presente. Con todo y lo caro y doloroso que ello resulta, debemos aspirar a que nuestra presencia sea rechazada, no por nosotros mismos, sino por quien vive y actúa en y desde nosotros.

Debemos vivir sabiendo que el éxito de nuestra vida no se medirá por los consensos que hayamos logrado al final de la misma, sino por aquellas vidas que hayamos trastornado para el reino de Dios. A ello los animo, los convoco, los exhorto.

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