No se unan en matrimonio con los que no creen
2 Corintios 6.14-18
Alguna vez en mi tarea pastoral tuve que hablar con una mujer de la congregación que estaba por casarse con un hombre casado. Cuando abordé el tema, me respondió indignada: Mira Adoniram, tú eres mi pastor pero no te metas en mi vida privada. Además, añadió, estoy segura de que Dios aprueba mi matrimonio. Me caso por amor y Dios es amor, así que me caso por Dios.
Esta mujer, como muchas otras personas había decidido hacer la vida de acuerdo con sus convicciones y afectos, dejando de lado lo que la Palabra dice respecto de nuestra vida en Cristo. Su determinación acompaña a la de muchos que deciden que su condición, su identidad como cristianos, de miembros del cuerpo de Cristo, no tiene por qué ser tomada en cuenta cuando se trata de cuestiones tales como las relaciones afectivas, la pureza de nuestro cuerpo, la toma de nuestras decisiones de vida tales como el matrimonio, la profesión u ocupación a la que nos hemos de dedicar, etc.
Nuestro pasaje es uno de los más incómodos y rechazados en el entorno cristiano por aquellos que, aun estando en Cristo, deciden vivir la vida a su manera. Después de todo, se trata de un pasaje radical, excluyente y, ciertamente, limitativo. Y, desde luego, un pasaje difícil de entender. Propongo a ustedes que la clave para una mejor comprensión del mismo se encuentra en la consideración de la palabra yugo. Como sabemos, el yugo es un instrumento, generalmente hecho de madera, que sirve para unir a dos animales por el cuello, para efectuar labores de labranza.
Pablo parece rescatar lo dicho en Deuteronomio 22.10 NBV: No ares con un buey un burro unidos al mismo yugo. Nuestra traducción rescata el principio básico de tal mandato, cuando ordena: 14No se unan en matrimonio con los que no creen en el Señor, porque ¿qué pueden tener en común la justicia con la maldad? ¿Cómo puede la luz llevarse bien con la oscuridad? 15Y ¿qué armonía puede haber entre Cristo y el diablo? Ambos pasajes establecen un contraste entre el género, es decir, la especie, naturaleza o identidad que existe, entre un buey y un burro, pero, sobre todo, entre un creyente y un no creyente en el Señor.
Al venir a Cristo, la persona nace de nuevo, es decir, su naturaleza es cambiada porque ahora forma parte de Cristo, de su cuerpo. No es una cuestión de valores, de conductas, de patrones de pensamiento, de raza o clase social, etc. Es una cuestión de identidad, de esencia. Quien está en Cristo es de una esencia diferente a la que tuvo antes de su conversión y salvación, y a la de quien permanece en pecado, en condición de enemigo de Dios.
Así, la distinta naturaleza espiritual de los involucrados representa un espacio de contradicción y lucha inevitable. Pablo lo destaca cuando se pregunta: ¿Qué pueden tener en común la justicia con la maldad? ¿Cómo puede la luz llevarse bien con la oscuridad? ¿Qué armonía puede haber entre Cristo y el diablo? ¿Cómo puede un creyente estar de acuerdo con un incrédulo?
Todas y cada una de tales preguntas se refiere a la identidad en Cristo del creyente. Como hemos propuesto en otras ocasiones, la identidad determina el sentido de la vida de la persona. Es decir la meta, la razón de ser de la persona. A su vez, el sentido de la vida da direccionalidad a la persona, como propone la filósofa Paola Zamora, en la Gaceta del CCH. Todo ello porque la identidad de la persona resulta de su origen particular, del cómo de su desarrollo personal, así como de su propósito o meta final en la vida.
El creyente es nacido de nuevo en el bautismo. En efecto, quien se bautiza por decisión propia, buscando el perdón de sus pecados, muere al pecado, a su naturaleza anterior, y resucita, es regenerado, para andar en novedad de vida. La naturaleza, la identidad del creyente, no resulta de lo que hace o deja de hacer, es fruto de su estar en Cristo. Por lo tanto, el creyente en tanto a su naturaleza o esencia, es distinto, desigual o disímil, a quien no está en Cristo. Dado su origen diferente, la forma en la que vive la vida -eso que llamamos desarrollo personal- y el propósito de su existencia no sólo son diferentes a quien no sirve a Cristo, sino que son opuestos y contradictorios.
El creyente es pueblo de Dios y, por lo tanto, es llamado a vivir la vida en santidad. La santidad no es fruto de lo que se hace o se deja de hacer. Pero, la condición de santo del creyente determina el cómo de su día a día. Sus valores, sus prioridades, sus decisiones, están determinados no por el beneficio inmediato que puedan representar, ni por la satisfacción personal que puedan proporcionar, ni por la fama o reconocimiento que puedan lograr. El día a día del creyente está determinado por quién es él y a quién le sirve.
Esto tiene que ver con todo eso a lo que somos llamados a evitar y que es propio de la naturaleza pecaminosa, es decir, el pecado en sus más diversas expresiones: inmoralidad sexual, impureza, pasiones sensuales, idolatría, hechicería, hostilidad, peleas, celos, arrebatos de furia, ambición egoísta, discordias, divisiones, envidia, borracheras, fiestas desenfrenadas y otros pecados parecidos, enumera Pablo en Gálatas 5.11ss
El creyente vive para que Dios sea glorificado en el todo de su vida. El Catecismo Menor de Westminster pregunta: ¿Cuál es el fin principal del hombre? Y responde categóricamente: El fin principal del hombre es el de glorificar a Dios, y gozar de él para siempre[i]. Tal propósito de vida sólo es propio de quien está en Cristo. Quien no se ha hecho uno con Cristo en su muerte y resurrección, mediante el bautismo, aunque quiera no puede cumplir con tal propósito.
Cuando nos preguntamos sobre el qué tiene que ver nuestra condición de cristianos con nuestras decisiones familiares, estamos en un espacio difícil, doloroso y aún sacrificial. El cuestionamiento paulino ¿cómo puede un creyente estar de acuerdo con un incrédulo? Es una cuestión que tomar en cuenta seriamente. Desde luego, no se trata de estar de acuerdo en las cuestiones secundarias de la vida, se trata de las cuestiones fundamentales de la misma.
No se trata sólo de a dónde ir a pasear el domingo con la familia. Se trata de los valores, los principios espirituales sobre los que se sustenta la relación toda. De estos principios resulta la estructura espiritual, cultural, emocional que ha de dar sustento a la familia.
El no unirse en yugo desigual con los incrédulos, como traduce Reina Valera, no aplica sólo a las relaciones familiares, desde luego. Pero, en tratándose de la familia representa una cuestión especialmente difícil de ser seguida. El salgan de en medio de ellos, apártense; no toquen sus inmundicias… representa un doble reto. El de la elección de con quién formaremos familiar y el de las condiciones en que nos mantenemos siendo familia de los incrédulos a quienes nos unen lazos afectivos y consanguíneos.
William Barclay nos recuerda que una de las cosas más dolorosas de cristianismo en sus primeros años era la forma en que dividía a las familias. Si una esposa se hacía cristiana, su marido podía echarla de la casa. Si un marido se hacía cristiano, su mujer le podía abandonar. Si se hacían cristianos los hijos e hijas, se les podían cerrar en la cara las puertas del hogar. Era literalmente cierto que Cristo no vino a traer paz sobre la tierra, sino una espada divisoria: y que los hombres y las mujeres tenían que estar preparados a amarle más que a sus seres más próximos y queridos. Tenían que estar dispuestos a verse excluidos hasta de sus propios hogares.
Barclay concluye: Por muy duro que parezca, siempre será verdad que hay ciertas cosas que una persona no puede tener o hacer y ser cristiana. Hay ciertas cosas de las que todo cristiano debe salirse.
En nuestros días, millares de cristianos enfrentan luchas similares cotidianamente. Algunos siguen a Cristo exponiéndose a la muerte. Sólo en Nigeria, durante el año 2023, 1,450 cristianos fueron asesinados; 8,400, secuestrados y 840 que nunca regresaron con vida. 500 iglesias atacadas, 70 clérigos cristianos secuestrados y 25 asesinados.
Dios es excluyente, Dios es celoso. Santiago 4.-9. Reina Valera dice que el Espíritu de Dios nos anhela celosamente. NBV, traduce este verso así: ¿Acaso piensan que las Escrituras no significan nada? Ellas dicen que Dios desea fervientemente que el espíritu que puso dentro de nosotros le sea fiel. Para tenernos, para estar en comunión con nosotros, Dios ha hecho lo impensable: entregó a su propio Hijo en remisión de nuestros pecados. Y este es el punto de referencia a considerar cuando se trata de pagar el precio de nuestra fidelidad a Dios.
Ningún sacrificio, ningún dolor que podamos enfrentar es equiparable al sacrificio y el dolor representados en la cruz del Calvario. Sin embargo, conviene que sean precavidos y decidamos lo que conviene en función de nuestra vocación cristiana. Hay quienes se unen en yugo desigual con no cristianos pensando que algún día estos podrán convertirse. Esto sucede en los menos de los casos, pero aún la conversión del cónyuge incrédulo no quita la desobediencia, la negación de la fe y la fidelidad de quien estuvo dispuesto a negar a Dios. De quien estuvo dispuesto a sacrificar su comunión con Cristo para unirse en yugo desigual con un incrédulo.
En la mayoría de los casos, unirse en yugo desigual trae innumerables conflictos porque nada quita el hecho de la diversidad de naturalezas de los cónyuges. Esto les afecta no sólo a ellos, sino a la familia, a los hijos. Sobre todo, porque hace de la fe del padre cristiano una fe no creíble, acomodaticia a los deseos, las necesidades e intereses del momento.
Este es uno de esos sermones que no me gusta predicar. Mientras escribía mis notas, mientras lo comparto con ustedes, vienen a mi mente y corazón muchos que, habiendo desobedecido el llamado bíblico, sufren las consecuencias de su desobediencia. Y también se hacen presentes aquellos que están enhebrando relaciones en las que Dios no está presente porque no hay comunión entre la luz y las tinieblas.
Debo terminar recordando la exhortación del Señor: Salgan de en medio de ellos, apártense; no toquen sus inmundicias, y yo los recibiré y seré un Padre para ustedes, y ustedes serán mis hijos y mis hijas, dice el Señor Todopoderoso.
Nada en la vida es mejor ni más importante que ser y mantenernos siendo hijos e hijas de Dios.
A esto los animo, a esto los convoco.
[i] Sal. 86:9; Is. 60:21; Rom. 11:36; 1 Cor. 6:20; 1 Cor. 10:31; Apoc. 4:11; Sal. 16:5–11; Sal. 144:15; Is. 12:2; Lu. 2:10; Fil. 4:4; Apoc. 21:3–4.
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