¿No a mi manera?
Una de las canciones que han servido como el signo de los tiempos modernos es A Mi Manera. No pocos han hecho de la misma su modelo a seguir en la vida. Y es que en la mayoría de nosotros, si no es que en todos, persiste el ideal de ser y hacer la vida como a nosotros nos parece, incluyendo nuestro ser cristianos. No somos pocos los que queremos ser cristianos a mi manera. Sin embargo, nuestro pasaje nos recuerda que el ser cristiano es una carrera especial: con una ruta marcada, con una meta definida y con reglas específicas que deben ser observadas cuidadosamente.
Sin embargo, y de manera un tanto incómoda, nuestro pasaje empieza recordándonos que vivimos nuestro cristianismo a la luz del testimonio de otros que corrieron bien la carrera de la fe, y que han demostrado su fe. La fidelidad de quienes forman la llamada iglesia triunfante, nos muestra que es posible ser fieles a la manera de Cristo y que quienes nos preceden en el camino de la fe son merecedores de que les honremos con nuestra propia fidelidad.
La Iglesia que hoy formamos y disfrutamos es herencia que no tenemos derecho de descuidar o destruir.
El pasaje también nos muestra que hay dos elementos esenciales propios de la carrera cristiana: La disposición al sacrificio y a la disciplina. Nos recuerda que la carrera cristiana es una carrera de resistencia y no de velocidad. Es una carrera a campo traviesa, es decir, se corre bajo la presión constante del ambiente mundanal que nos rodea. Dura tanto como dura nuestra vida y tiene que ver con el todo de la misma, por ello requiere de una preparación y de condiciones especiales.
Fijémonos que el autor enfatiza la necesidad de que tratemos adecuadamente aquellas cosas que impiden que corramos adecuadamente, es decir, las cosas que estorban y enredan.
Podríamos identificar a las cosas que nos enredan en la vida como aquellos principios culturales que están en conflicto con nuestra identidad cristiana y, por lo tanto, nos estorban en nuestro servicio a Dios. Cada uno puede identificar las áreas en las que vive bajo la presión de ser y hacer como los demás.
Pero, también, las cosas que nos estorban tienen que ver con nuestros demonios internos, con cuestiones tales como nuestra necesidad de aceptación, nuestra frustración, nuestros deseos desordenados, con la insatisfacción y con la nostalgia de lo que no ha sido, etc.
Aquí déjenme decirles que siempre he considerado un error considerar los tiempos modernos como más peligrosos, espiritualmente hablando, especialmente cuando se trata de los jóvenes. Desde que provocó a Adán y a Eva, el diablo se ha ocupado de tentar a unos y otros con el mismo catálogo de variantes del pecado. Basta leer la historia de la humanidad y recordar la propia historia de vida de quienes hoy estamos aquí.
Los hijos de los cristianos siempre han sido tentados por la atracción del mundo. Siempre han luchado con la necesidad de ser aceptados, de no tener que sufrir por ser diferentes. La necesidad y la búsqueda de los likes en la vida no son exclusivos de la era de las redes sociales. Todos los que conocimos al Señor desde niños o jóvenes y que hemos sido formados a la luz del evangelio, sabemos lo que significa no encajar, ser diferentes, ser los hijos de Ned Flanders. Sabemos bien lo que significa hacer la vida a contracorriente.
Así que, les digo a los jóvenes que hoy me escuchan: pelea tu propia batalla. Proponte ser fiel a quien te ha amado al precio de la cruz. Paga el costo de tu ser discípulo de Cristo. Sufre, si ello es necesario. Haz lo que tengas que hacer para mantenerte fiel a tu Dios y proponte llevar el fruto de vida que lo honra.
Porque de principios culturales que ponen a prueba nuestras convicciones de fe y demonios internos que nos atormentan tanto, de unos y de otros está llena la vida. El cultivo de nuestra comunión con Dios y la trascendencia de nuestra vida dependen de la manera en la que confrontamos unos y otros y nos esforzamos en ser fieles y perseverar en la carrera cristiana.
Hebreos no nos promete el que la carrera cristiana esté libre de tales estorbos y enredos; nos llama a que los dejemos a un lado. ¿Cómo podemos hacerlo? Propongo a ustedes que hay dos cuestiones que debemos considerar seriamente para cumplir con tal llamado:
Sacrificio. Como cristianos, nosotros nos estorbamos a nosotros mismos. Somos una especie de carga que cuelga de nuestro propio cuello. Por ello el cristiano es llamado a la renuncia al derecho de ser en función de sí mismo, de sólo ver por sí mismo. Ninguno busque únicamente su propio bien, sino también el bien de otros. Filipenses 2.4, es la síntesis de la ética cristiana. La comprensión de esto requiere del que recuperemos el sentido de la declaración paulina cuando nos llama a considerarnos muertes al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. Romanos 611
Esto tiene que ver con la renuncia a lo que nos es agradable, nos es propio, nos corresponde por derecho, pero que no resulta conveniente para el desarrollo de nuestra vida cristiana ni para el del resto del cuerpo de Cristo. La cultura dominante nos dice que debemos hacer la vida de acuerdo con nuestros deseos y derechos. Resulta paradójico que haya sido Carlos Marx quien alertaba sobre el hecho de que quienes pretenden establecer sus relaciones sustentados en sus derechos terminan conflictuados porque, proponía, los derechos no unen, separan.
Así que, asumamos, la renuncia a la que somos llamados implica sacrificio por cuanto resulta doloroso despojarnos de todo lo que se nos enreda y nos impide vivir la vida a la manera de Cristo. Pero, lo podemos hacer sabiendo y confiando en la promesa de nuestro Señor Jesús quien nos asegura que quien pierde su vida por causa de él, la hallará. Mateo 16.25
El autor de nuestro pasaje da dos razones para sustentar la validez de su llamado a la fidelidad sacrificial: Primero está el testimonio de los héroes de la fe del capítulo 11. Nos dice que ellos pudieron hacer tal suerte de sacrificio. Hombres y mujeres como nosotros que pagaron, a veces con su propia vida, el precio de su fidelidad. Los que nos han precedido y dejado ejemplo digno, son, todos, hombres y mujeres que renunciaron a algo que les era de especial estima.
En segundo lugar, el autor nos llama a poner nuestros ojos en Jesús. Al decir que de él procede nuestra fe y él es quien la perfecciona, sencillamente nos invita a vivir al modo de Cristo. A vivir cristocéntricamente. Aquí cabe considerar que sólo puede imitarse el estilo de vida de aquellos con los que convivimos cotidianamente. De aquellos con los que hacemos la vida, como los niños que imitan a sus padres.
En este sentido, Jesucristo es a nosotros lo que el entrenador al atleta, estos conviven y hacen la vida en común, el atleta imitando a su entrenador y este modelando con su vida. De ahí la necesidad imperiosa que tenemos de cultivar y abundar en la relación íntima con el Señor. Sólo así podremos amar al estilo de Cristo.
No debemos olvidar que sólo hay una manera de vivir la vida cristiana, esta es como es digno del Señor. Si alguien dice no al sacrificio que ello significa, estará viviendo de cualquier forma, menos como es digno, como el Señor merece, en consecuencia vivirá en desacuerdo con el evangelio de Cristo. Quien así lo hace no debe esperar la bendición divina para su vida, pues la Palabra dice que, si nosotros negamos al Señor, también él nos negará. 2Tesalonicenses 2.11, 12
Disciplina. En nuestra carrera, con facilidad, se nos enredan los pies. El autor asocia la falta de disposición al sacrificio con el rechazo de la disciplina cristiana. Debemos asumir, hacer nuestro, que la vida cristiana tiene reglas. No es posible lograr nada dentro de ella si no nos ceñimos a las mismas. 2Timoteo 2.5 El abandono de la fe pocas veces se da de manera abrupta, generalmente es un proceso de deslizamiento que empieza con el descuido y el menosprecio de las cosas pequeñas.Hebreos 2.1 NVI nos previene diciendo: no sea que perdamos el rumbo. El descuido de las disciplinas devocionales: la oración, la lectura de la Palabra, la asistencia a los cultos. Pero, sobre todo, el menosprecio de la santidad, en tanto consagración y pureza, todo ello conduce a un distanciamiento mayor y al desplome de la vida.
Quienes se deslizan generalmente triunfan en algún área de su vida: profesión, económica, fama, son algunas de ellas. Pero, lo hace a costa de la pérdida de su identidad en Cristo y sujetos al conflicto que produce el no honrar a Dios. Mateo 16.26
Desde luego, toda disciplina produce malestar, es desagradable y duele, dice el autor; sin embargo, el que aprende la lección tiene una vida de paz y rectitud. (v11)
La disciplina divina tiene dos dimensiones, la preventiva y la correctiva. Debemos estar conscientes que el desprecio de la primera conduce de manera necesaria a la aplicación de la segunda. Para el autor de nuestra carta, el ejercicio de esta disciplina, que es una sola, es manifestación del amor de Dios Padre. Y aunque a veces la disciplina que recibimos nos parece desproporcionada o excesiva, la misma siempre evidencia que Dios se interesa por nosotros.
El castigo o la disciplina que recibimos no son muestra del coraje o de la ira de Dios contra nosotros, la falta de ellos, sí. San Jerónimo dijo: La mayor ira de todas es que Dios no se enoje más con nosotros cuando pecamos.
El salmista, 139.23-24 NVI, pide disciplina y castigo para sí: fíjate si voy por un camino que te ofende y guíame por el camino eterno. Actitud muy distinta a la de muchos creyentes, quienes ven en la disciplina divina una ofensa y una intromisión.
Hermanos, mi oración y propósito es que Dios, quien ha empezado en nosotros la buena obra, nos perfeccione hasta el día en que Jesucristo regrese. Debo confesar que, como Pastor, temo por el resultado de las vidas de mis ovejas. Hay quienes cada vez más tienen menos oportunidades de ganar la carrera. Se han relegado, están estorbándose y enredándose cada día.
Quizá se preguntarán el porqué de mi preocupación, en qué me baso para hacer tal valoración. La respuesta es sencilla: Rostros duros, aislamiento, resentimientos familiares, frustración existencial, relaciones disfuncionales, etc., tan evidentes que no hay necesidad de preguntar. Lo más preocupante, tan propias, tan normales, que ya no parece haber razón para ocultarlas o, cuando menos, disimularlas.
Por eso debo insistir que hoy es tiempo de arrepentimiento, de conversión.
De ahí mi convicción de que es tiempo de que hagamos nuestras las palabras de David: Oh Dios, ¡pon en mí un corazón limpio!, ¡dame un espíritu nuevo y fiel! No me apartes de tu presencia ni me quites tu santo espíritu. Quiero exhortarlos a que vivamos como es digno de nuestra condición de cristianos. Que vivamos en santidad, en pureza y en comunión con Dios. A que, como nos invita Hebreos 12.13; [Renovemos] las fuerzas de las manos cansadas y de las rodillas debilitadas, y que busquemos el camino derecho, para que sane el pie que está cojo y no se tuerza más. (sic)
A esto los animo, a esto los convoco.
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