La familia bajo el asedio del diablo
Déjame empezar diciendo que no existe un modelo bíblico único para la familia. Más allá de la incómodo que pueda resultar tal declaración, debemos aceptar el hecho de que a lo largo del texto bíblico encontramos una variedad interesante de modelos familiares. Interesante resulta el hecho de que ninguno es considerado prescriptivo, es decir, como la norma a seguir en cualquier circunstancia. Los escritores bíblicos sólo se refirieron a la existencia de tales modelos sin juzgarlos como buenos o malos. Simplemente describieron el cómo de las familias de referencia, en su tiempo y circunstancias.
Sin embargo, te propongo que, aunque la Biblia registra diversos modelos familiares, algunos contradictorios con nuestro concepto de familia, pero todos normales en su tiempo y circunstancias, creo que podemos encontrar en el texto bíblico principios, claves de interpretación y propuestas que nos permitan comprender nuestras propias dinámicas familias, con sus fortalezas y debilidades.
Confío en que el Señor habrá de dirigirnos y mostrarnos los qué, los cómo y los para qué de la familia desde la perspectiva bíblica. Si logramos comprender las consideraciones y preceptos que afectan nuestra relación familiar, confío también, en que, con la ayuda de Dios, podremos trabajar en la preservación y el fortalecimiento de la misma.
Como hemos propuesto, Marcos dice sin decir. No se ocupa de presentar a detalle o de analizar los dichos de Jesús, simplemente los registra ubicándolos, siempre, en contextos que les dan sentido, relevancia y claves de interpretación para nuestra propia experiencia. El relato que nos ocupa en esta ocasión, contiene una interesante mezcla. Se refiere al quehacer diabólico y lo relaciona con la cas, es decir con la familia.
Creo que hay una razón de fondo para tan extraña asociación. Después de la mente, el terreno por excelencia de nuestras luchas espirituales es, precisamente, la familia. Ello, porque nada de lo que pasa a los miembros de la familia en lo individual les afecta única y exclusivamente a ellos, todo tiene un efecto multiplicador que termina afectando al todo de la familia, y al todo de la persona. Ya se trate de cosas buenas o de cosas malas.
Lo mismo sucede a la inversa, las formas de relación del sistema familiar terminan afectando a cada uno de sus miembros en lo particular, de diferente manera y en distintos grados. Lo que, genera a su vez, otra dinámica de afectación a los miembros y al todo de la relación familiar, como una especie de espiral que crece y enreda, la mayoría de las veces sin que quienes están atrapados en la misma se den cuenta de lo que está pasando. Esto explica la acción satánica en no pocas familias, las que atrapadas en sistemas de pecado los normalizan, es decir, llegan a considerarlos como la forma normal de ser familia.
Siendo las cosas así, resulta interesante el hecho de que la Biblia poco nos dice, alerta o recomienda sobre la importancia y el cuidado de las relaciones familiares. De hecho, el número de veces que el Nuevo Testamento se refiere al ser familia y a la manera en que esta se relaciona es menor a diez. Diez son, apenas, las citas bíblicas que las Sociedades Bíblicas Unidas recomiendan para el estudio del tema. Quizá ello contribuya a darle una dimensión especial al hecho de que nuestro Señor Jesús se refiera a la familia como un modelo que facilita o estorba una mejor comprensión de las cuestiones espirituales.
En la breve y compacta referencia a la familia, que nuestro pasaje contiene, nuestro Señor destaca dos elementos fundamentales del ser de la familia. El primero, es que asume a la familia como una estructura, como algo que existe y está organizado y que, por lo tanto, puede ser destruido, como una casa. Nuestro Señor se refiere a la familia como un conjunto de relaciones que mantienen entre sí las partes de un todo. De hecho, el término traducido al español como familia, oikia, también puede traducirse como la estructura de una casa, como una vivienda.
Creo que esto destaca un factor importante respecto de la familia, la familia siempre es una realidad temporal y territorial. Así como las casas tienen un plazo de vida, así las familias. Los lazos familiares duran mientras los miembros de la familia están vivos. Además, la familia es una cuestión de este mundo, su espacio de existencia es la tierra. En el cielo, dijo el Señor Jesús, seremos como los ángeles que ni se casan ni se dan en matrimonio, es decir, los ángeles no tienen vínculos familiares, y si nosotros seremos como ellos, tampoco tendremos lazos familiares en la eternidad.
Debemos considerar, sin embargo, que la familia es mucho más que papá, mamá, hermanas y hermanos. La palabra oikia, también se refiere a la influencia que la casa ejerce en quienes viven en ella y alrededor de la misma. Así que la forma de ser familia trasciende. Como son papá y mamá en su aquí y ahora, se convierte en una propuesta, en un modelo a imitar por sus descendientes: hijos, nietos, bisnietos, sobrinos, etc. Por ello es por lo que cuando los miembros de la familia no resuelven en el tiempo preciso y en el lugar adecuado lo que a su ser familia conviene, los conflictos resultantes quedarán sin resolver, afectando generacionalmente a la familia toda.
El segundo elemento lo encontramos en el énfasis que el Señor hace del conflicto interno como la razón de la posible destrucción de la estructura familiar. Creo que, sin desconocer que la familia está sujeta a presiones externas, el Señor destaca que el verdadero riesgo para las familias se encuentra dentro suyo. Una familia unida, una familia en comunión, puede resistir los embates que buscan su destrucción y las crisis a las que la vida la enfrenta. Pero, las familias en las que se pelean unos contra otros. nunca podrán permanecer firmes ante las presiones de la vida, dado su deterioro interior.
Satanás observa y provoca conflictos familiares. Aprovecha las diferencias y las escala astutamente para así dividir a la familia. Sabemos de diferencias entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos, que se han convertido en fuente de resentimientos, envidias, aún odios y contiendas. Somos testigos cómo es que muchos de estos escalan y terminan separando a las familias. Cómo afectan a los hijos, a los nietos, a los sobrinos, a los cuñados, etc. Si en nuestra familia hay algo de esto podemos estar convencidos de que el diablo está tratando de destruirnos, o de plano nos está destruyendo.
Aquí propongo a ustedes que los conflictos familiares resultan cuando uno o varios de sus miembros ignoran las reglas de santidad, convivencia y propósito que la Biblia establece para la vida de los creyentes. Porque, si como hemos dicho no hay un número significativo de referencias al ser familia, en la Biblia, sí encontramos diversas instrucciones sobre el cómo de las relaciones con el prójimo desde la perspectiva del estar en Cristo. Y ¿quién más prójimo, próximo, podemos preguntarnos, que los miembros de nuestra familia?
Muchos son los que se ocupan de los retos que significan tanto el desgaste del modelo tradicional de familia -sea este el que sea-, como la aparición de modelos familiares alternativos. Dada mi convicción de que la familia, como todos los entes vivos, vive una constante evolución consideraría que su principal reto no está en aquello que pasa fuera de las unidades familiares, ni siquiera de las crisis de vida que puedan enfrentar: enfermedades, pérdidas, muertes, etc., sino de la capacidad que estas tienen para adaptarse a los tiempos de crisis en función de su propia fortaleza o debilidad internas.
Capacidad que, en mi opinión, resulta del propósito compartido, entendido y asumido, de los miembros de tales núcleos familiares que los lleva a ser fieles a su Señor y a hacer suyos los principios y ordenanzas que la Palabra contiene para quienes están en Cristo. Es mi convicción que las familias que se relacionan entre sí siguiendo los presupuestos bíblicos para las relaciones humanas en general, son familias sanas, fuertes, capaces de enfrentar las crisis y sostenidas siempre por nuestro Señor, quien honra a quienes lo honran. 1 Samuel 3.19
Cada vez estoy más convencido de que el sentido de identidad y razón de ser de la familia no viene ni en los genes ni en los afectos familiares. Es decir, que participar de un sistema familiar en particular no significa, necesariamente, el considerarse una familia. Vivir juntos no tiene como consecuencia automática, el considerarse miembros los unos de los otros y el hacer propios los propósito, los compromisos y las obligaciones que ello implica.
En otras, palabras, propongo que el que diversas personas convivan bajo un mismo techo, aún en condiciones de hacinamiento, amontonadas en espacios físicos pequeños no las convierte, en automático, en familia. Independientemente de los lazos que les unan. Porque ser familia, por el contrario, requiere del que quienes pretenden serlo se reconozcan mutuamente, voluntaria y conscientemente, como miembros los unos de los otros y estén comprometidos en el bienestar general de la familia y de sus miembros en particular..
En otras palabras, que sin perder ni renunciar a su individualidad, asuman que son más que meros yo en relación mutua y que acepten, promuevan y privilegien el ser nosotros. Sobre todo, el ser nosotros en Cristo.
La unidad familiar, con su consecuente fortaleza estructural, es una cuestión de identidad espiritual, antes que genética o afectiva. Cuando nuestro Señor Jesús se refiere a lo que puede destruir a la familia se ocupa de las peleas de los unos con los otros. Si la unidad dependiera de cuestiones genéticas o afectivas, la familia nunca sería destruida por las peleas, porque se trataría de una unidad natural, subyacente dada las cuestiones de consanguinidad o de meros sentimientos.
Si ser familia dependiera sólo de cuestiones consanguíneas o de afecto, la familia, la estructura familiar seguiría siendo firme y funcional a pesar de todo lo que la familia enfrentara: alegrías, tristezas, peleas, reconciliaciones, etc. Pero, Jesús advierte que una casa dividida contra sí misma… no puede permanecer. O, como lo indica la traducción NTV: Una familia dividida por peleas se desintegrará.
Resulta interesante que la palabra traducida como peleas, significa tanto dividida en partes, como, separada en facciones. La primera definición se refiere a la incapacidad de los miembros de la familia para desarrollar y fortalecer el llamado sentido de pertenencia. No se trata de la existencia de animadversión o de conflictos, sino del simplemente no participar de una misma naturaleza espiritual con los demás miembros de la familia.
La historia de Adán y Eva nos muestra que no hay solidaridad, comunión en el pecado. Así que el único recurso con el que contamos para ser uno en tanto familia es nuestra identidad en Cristo, nuestro estar en Cristo. Y sólo pueden estar en Cristo quienes han sido redimidos por su sangre y que se mantienen en el propósito de vivir para él, haciendo el todo de su vida, incluyendo las relaciones familiares, para honra y gloria de Dios
Comprendo la radicalidad de mi propuesta: no puede haber un sentido de familia fuera de Cristo. Esto significa que sólo las familias que están en Cristo cuentan con los recursos y las capacidades para permanecer firmes ante los embates de la vida, aunque ello resulte discriminatorio para las familias no cristianas. La radicalidad se hace más evidente, al considerar que una familia que se forma tanto de miembros cristianos como no cristianos, es y será, siempre, una familia en riesgo. Al no estar todos bajo el señorío de Cristo, la familia tiene grietas y estas, como en cualquier edificio, crecen y vulneran la seguridad del mismo.
Estoy seguro de que algunos estarán pensando y cuestionándose porque conocen a familias cristianas que se están viniendo a bajo. Familias cristianas que están divididas por peleas. Quizá haya quién piense en su propia familia. Lamentablemente tenemos que aceptar que existen familias cristianas disfuncionales, bajo el asedio y la influencia de Satanás. De hecho, es de estas a quienes Jesús parece hacer referencia. Así que su advertencia es oportuna, aunque dolorosa. Debemos ocuparnos de fortalecer en Cristo, y a la manera de Cristo, el edificio de nuestra familia. Si no lo hacemos, esta corre el peligro de desintegrarse, de caerse.
Alguna vez, al pasar frente a un edificio caído el 19 de septiembre de 2017, me pregunté ¿cuándo habrá empezado a caerse este edificio? Porque, seguramente su caída no empezó con el temblor, este sólo violentó el proceso de destrucción interna que el inmueble estaba sufriendo. Considerar esto me lleva a advertir el riesgo de que nos engañemos pensando que si nuestras familias parecen estar juntas, que, si nos llevamos bien unos con otros, aun cuando no participemos de una unidad espiritual, somos familias sanas y fuertes. La familia que no atiende oportuna y adecuadamente sus grietas, es y será, siempre, una familia en riesgo.
Conviene que, en oración y búsqueda de la dirección del Espíritu Santo, nos ocupemos de evaluar nuestras estructuras familiares. Sobre todo, conviene ocuparnos consciente e intencionalmente en la tarea de armonizar nuestro ser familia con lo que la Palabra de Dios establece como los principios de vida que honran a Dios y dan testimonio de su amor para que otros sean salvos. Así y sólo así podremos derrotar al hombre fuerte que tanto interés ha mostrado en destruir a nuestra familia.
A esto los animo, a esto los convoco.
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