Lo que pudo

Marcos 14.1-9

De enero a abril de este 2026, estaremos caminando con Jesús. Iremos a su encuentro leyendo los cuatro evangelios y reflexionando sobre ellos. Una pregunta que conviene hacernos es si realmente conocemos a Jesús, si lo tenemos presente en su condición de verdadero Dios, desde luego, pero también si podemos apreciar su ser verdadero hombre. Un hombre como nosotros, sujeto a las mismas circunstancias que nosotros enfrentamos en la vida cotidiana.

Esto resulta de particular importancia porque conocer a Jesús y darnos cuenta de cómo él enfrentó su humanidad, nos permite comprender lo profundo del hecho de que Dios, en su amor e interés por nosotros, se haya hecho hombre en Jesús. Dios se hizo como nosotros para así llevarnos a ser sus hijos, hijos de Dios. Esto debe representar algo trascendente en nuestra vida. En la vida nueva a la que somos llamados, Jesús es nuestro modelo. A él es a quien debemos imitar. Por eso resulta tan importante que lo conozcamos más íntimamente.

Te animo a que te acerques a los evangelios con una mente abierta y con corazón humilde. A que, cada mes, te esfuerces por leer el evangelio que corresponde varias veces. En enero, Marcos; en febrero, Mateo; en marzo, Lucas; en abril, Juan. Subraya, toma nota, reflexiona y recupera aquella vieja pregunta ¿qué haría Jesús en mi lugar? Prepárate para que tu vida cambie, pide la dirección y fortaleza del Espíritu Santo para vivir la novedad de vida en Jesús, de manera plena y trascendente.

Durante enero nos ocupamos del relato evangélico de Marcos. Este es el más antiguo y breve de los evangelios. Se distingue porque privilegia la narración de los hechos de Jesús de una manera breve y dinámica. Hay un sentido de urgencia en su relato. No obstante que no registra discursos o enseñanzas de Jesús de una manera relevante, Marcos nos revela a Jesús al describir sus acciones. En ellas nos revela su carácter, sus convicciones, su consagración y comunión con Dios.

Hoy nos ocupamos de un evento que contiene muchos elementos de interés y que revela un aspecto hermoso, importante y sumamente actual del carácter de Jesús. Marcos nos presenta a un Jesús leal. Es decir, a un Jesús que es merecedor de la fe, la confianza, que quienes tuvieron un encuentro impactante con él, le otorgaron. De ser María, la mujer que ungió a Jesús, según el relato de Juan, nos encontramos con que una vez que Jesús establece una relación de gracia con alguien, se mantiene fiel e incondicionalmente en favor de aquel o aquella a quien ha escogido como suya.

Además de que Jesús es constante en sus afectos –fiel-, Jesús toma partido en favor de aquellos con quienes tiene una relación de gracia. Y dado que es, precisamente, una relación de gracia, esta no depende de la perfección con que el depositario de la misma le sirve, o de la corrección con que la persona vive su día a día.

No, Jesús, es quien toma la iniciativa en el proceso de la relación y se mantiene fiel y constante en el desarrollo de la misma. Siempre por gracia. Esto explica lo que el Apóstol Pablo asegura cuando dice que es Dios, quien comenzó la buena obra en nosotros, es quien la continuará hasta que quede completamente terminada el día que Cristo Jesús vuelva. Filipenses 1.6

La mujer de nuestra historia, María, no sabemos a ciencia cierta si se trata de la hermana de Martha y Lázaro o de María Magdalena (a quien Jesús liberó del poder de siete demonios), responde a la gracia recibida amando a Jesús. Por lo tanto, está dispuesta a ir más allá de donde había llegado antes en sus relaciones de amor impuro e intrascendente. Aún está dispuesta a correr el riesgo que le acarrea el invadir espacios que, hasta entonces, le estaban prohibidos.

Aquí podríamos encontrar una constante en quienes han sido impactados por Jesús, están dispuestos a ir a donde no habían ido, a hacer cosas que no habían hecho y a vivir como no lo habían podido hacerlo.

En efecto, sin invitación alguna, María se introduce en casa de Simón, quien también había sido tocado por la gracia al ser sanado de letra, pero que, parece ser, no respondió con amor trascendente a la gracia recibida. En territorio prohibido, territorio de hombres presuntamente justos, la mujer unge a Jesús derramando sobre su cabeza un perfume equivalente a un año de salario.

De inmediato la indignación de aquellos hombres justos, pero carentes de gracia, se hace patente. Dice Marcos que ellos la regañaron severamente. La señalaron, la juzgaron y la condenaron. En tanto, ella permaneció en silencio. Quizá entendió que no le tocaba a ella explicar ni defender su acto de amor al hombre que había transformado su vida. Quizá, sin haber leído o escuchado a Pablo, sabía que se hallaba envuelta en una relación tal que era Dios quien, por medio de Jesús, se encargaría de su defensa y su reivindicación.

Y, en efecto, Jesús se ocupa de argumentar en favor de ella. Es Jesús quien pone las cosas en claro. Primero, acepta complacido la ofrenda de amor que la mujer le ha brindado. Jesús muestra que quien ama no menosprecia ni condiciona la aceptación de las expresiones de amor del ser amado. Además, Jesús está dispuesto a comprometerse con aquel que corre el riesgo de mostrarle su amor aún en situaciones extremas.

En casa de Simón, a Jesús no le importa convertirse en el huésped incómodo ni enfrentar las críticas de sus enemigos. Es más, tampoco le importa que al ponerse del lado de la mujer sus probabilidades de muerte se incrementen.

Pero, lo más importante es que Jesús dimensiona el acto de amor de la mujer a la luz de la eternidad. El perfume, por más caro que sea, se desvanece. Pero Jesús hace que tal perfume sea anuncio de lo que trasciende, de lo que no se desvanece. Primero, encuentra en la gratitud de la mujer un punto de identificación con su propio ministerio, la hace partícipe de su ministerio. Efectivamente la acción de la mujer se convierte en un testimonio de la inminente muerte de Jesús. La mujer hace lo que puede para participar en el sacrificio de Jesús atenuando en algo la tragedia de la misma. En efecto, de acuerdo con Jesús, la mujer unge su cuerpo en preparación para el entierro de Jesús.

No es mucho lo que nosotros podemos hacer en favor del Señor animados por nuestro amor. Pero, cuando hacemos lo que podemos, Jesús lo redimensiona, le da un valor trascendente. Además de que nos convierte en colaboradores suyos, no por la riqueza o la perfección de nuestra obra, sino porque esta es la expresión de nuestro amor a él.

En nuestra disposición de servir a Dios frecuentemente nos encontramos en situaciones complicadas. Llegamos a espacios en los que nuestro amor y nuestra determinación nos hacen tomar conciencia de nuestras limitaciones. A veces, el enemigo no está fuera, sino dentro de nosotros mismos. Queremos amar y mostrar nuestro amor a Dios, pero hay algo dentro de nosotros que lo dificulta si no es que, de plano, lo impide. En otros casos, las circunstancias que vivimos, sean estas personas, situaciones, etc., ponen en entredicho nuestra disposición y nuestra capacidad para mostrar nuestro amor al Señor. Nuestra fe, nuestra fidelidad, nuestra determinación se ven menguadas por factores internos y externos.

En tales circunstancias, podemos estar confiados. Jesús conoce nuestro corazón y conoce nuestras circunstancias. Dado que nos ama es sensible a nuestro amor. Su corazón detecta nuestro amor como un finísimo radar que percibe hasta las ondas más débiles del mismo. Y, sabiendo que lo amamos, él viene en nuestro rescate y argumenta en nuestro favor. Aprecia nuestro amor y las expresiones del mismo. Compensa con lo que él es y puede hacer lo que nosotros somos y podemos hacer.

Finalmente, Dios aprecia tanto nuestras expresiones de amor que las hace eternas. ¿Qué son trescientos días de salario para quien es dueño de todo el oro y la plata? ¿Qué es un perfume elaborado por manos humanos para aquel que hace fragantes las flores? ¿Qué importancia tiene perfumar en cuerpo que al tercer día será resucitado? Aún nuestro mucho parece poco cuando se lo ofrecemos al Señor.

Sin embargo, el aprecio que él tiene para lo que le ofrecemos queda evidenciado en la promesa que Jesús hace a María, y en ella a nosotros: en cualquier lugar del mundo donde se predique la Buena Noticia, se recordará y se hablará de lo que hizo esta mujer.

Porque nos ama y aprecia lo que hacemos por amor, él hace que nuestro poco trascienda y resuene en la eternidad.

A confiar en esto los animo, a ello los convoco.

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