Vayamos a la casa del Señor

Salmo 122 NTV

Hemos dicho que el culto cristiano resulta la celebración por excelencia de la religión cristiana. Además, hemos propuesto que la calidad de la relación del creyente con Dios sí está determinada por la calidad del culto celebrado por la comunidad de creyentes. Ahora debemos decir que, sin negar o disminuir la relevancia de lo hasta aquí dicho, la celebración a la que llamamos culto cristiano no tiene sustento bíblico respecto de su forma y organización. Por ello, resulta imprescindible que comprendamos las motivaciones y los propósitos que están presentes en los actos de adoración actual al Dios de Jesucristo.

En el libro de los Salmos encontramos los llamados salmos de subidas. Estos son cantos que los peregrinos entonaban cuando cumplían con la visita -anual, para quienes podía hacerlo-, al Templo en Jerusalén. De la lectura de estos salmos (120-134), podemos deducir que quienes acudían al Templo, asiento de la presencia de Dios, eran motivados por un doble propósito: ofrecer y recibir.

Aunque eran conscientes de que de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan; además de que sabían que Dios está en todas partes y lo sabe todo, también sabían que la presencia absoluta de Dios moraba en el Templo, en el Lugar Santísimo. Así que, aunque podrían haber ofrecido su adoración a Dios en cualquier parte y Dios podría haber derramado de sus bendiciones en cualquier lado, sabían de la importancia del Templo como lugar de adoración a, y comunión con su Señor.

Ahora bien, ofrecer es: Presentar una cosa a una persona y decirle que la tome, la disfrute o la utilice. Propongo, entonces, que quienes acudían al Templo ofrecían su adoración, su gratitud y su aquí y ahora. Veamos, brevemente, cada uno de estos elementos:

Wikipedia propone: La adoración es un estado espiritual contemplativo en el que el ser humano se sobrecoge maravillado, estableciendo una comunión íntima con una deidad. Adorar significa ‘amar al extremo’. Cuando se aplica a una deidad, significa ‘amar al extremo a una deidad’. Numerosos pasajes bíblicos destacan cómo, al estar en la presencia del Señor, en su santuario, el devoto adquiere una mayor consciencia de quién es Dios y quién es él mismo. En consecuencia, adora. Algunos rabinos preguntaban sobre las razones por las que habría que adorar a Dios, y la respuesta era una, sencilla y profunda: Porque él es Dios.

Además del ser de Dios, como la razón que sustenta la adoración, los peregrinos añadían la gratitud. Reconocían que el Señor de señores, el Todopoderoso, el que está por encima de todo y de todos, se había ocupado de ellos y de los suyos de una manera particular, especial, individualizada. Como Elizabeth, la madre de Juan el Bautista, no sólo agradecían el favor recibido, sino que celebraban la gracia que el mismo hacía evidente. El asombro no sólo resultaba de lo extraordinario del don recibido sino del hecho de que Dios mismo se ocupara de visitar así a los suyos.

El tercer elemento que ofrecía a Dios era su aquí y su ahora, con todo lo que este contenía: bueno y malo, logros y fracasos, aciertos y errores, etc. El menor siempre requerirá de la comprensión y la asistencia del mayor. La presencia de Dios invita a la intimidad, el Templo era un espacio sagrado en el que cualquier expresión sincera del estado del alma era permitida. Danza y retraimiento, risas y lágrimas, por ejemplo. Es en su presencia donde todo lo nuestro queda expuesto y donde podemos asumirlo sabiendo algo que es determinante: Que somos amados por el Dios de la gloria.

Si tales cosas eran las que ofrecían, ¿qué es aquello que esperaban? Creo que lo primero que espera quien adora a Dios en su santuario es la reafirmación de su relación con Dios. En otras palabras, la confirmación de que Dios sigue siendo su Dios y que él sigue siendo su pueblo, su hijo en la realidad de Jesucristo. La comunión íntima con el Señor reafirma las verdades que hemos escuchado, la realidad presente de las promesas recibidas y la confianza resultante para mantenernos en comunión con él.

De lo anterior se desprende un segundo elemento, quien asiste al Templo busca, también, dirección para la vida. Porque no importa qué tan bien nos haya ido en la vida, cuando llegamos al lugar de su presencia se hace evidente aquello que no está bajo control o que no está dando los resultados esperados. El menor siempre requerirá del auxilio y de la dirección del mayor. Y, ¿qué mejor lugar para abrir nuestro corazón en la expectativa de su respuesta amorosa que en su presencia? ¿Dónde podemos reconocer con mayor libertad nuestras limitaciones e ignorancia que en la comunión de quienes, como nosotros, también dependen de su auxilio para hacer la vida?

Y, una tercera cosa que se busca en la presencia de Dios es, precisamente, su actuar favorable. Otro de los salmos de subidas, el 103, dice: Seguimos buscando la misericordia del Señor nuestro Dios, así como los sirvientes fijan los ojos en su amo y la esclava observa a su ama, atenta al más mínimo gesto. Ten misericordia de nosotros, Señor, ten misericordia porque ya estamos hartos de tanto desprecio. Siempre llegamos al extremo en el que nos hartamos de nuestras pérdidas y limitaciones. Nos saturamos de la pesadumbre de no poder. Ideamos, tratamos, nos esforzamos, sin poder lograr lo que nos proponemos. Así que sólo nos queda una alternativa: Dios. Porque él puede cuando nosotros no podemos, él sabe cuando nosotros ignoramos. Los peregrinos enfrentaban los rigores y riesgos del camino porque sabían, tenían la expectativa, de que su vida sería diferente cuando regresaran de Jerusalén a sus casas. Su visita al Templo marcaba un antes y un después en la historia de sus vidas.

En cierta forma nosotros también somos peregrinos que buscan la presencia del Señor en su templo, aunque este no sea el que construyó Salomón ni esté en Jerusalén. Cualquier espacio -en tiempo y lugar-donde el cuerpo de Cristo, la iglesia, se congrega es el espacio de la presencia del Señor. Aprendamos a ofrecer y a esperar cuando nos reunimos. Al hacerlo así, con toda seguridad podremos unirnos a todos aquellos que declaran que se alegran grandemente cuando alguien les dice: Vayamos a la casa del Señor.

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