Parejas sanas, parejas en equilibrio

1Samuel 18.20; 2Samuel 6.16,20-23

Con mucha gratitud por la atención que prestan a las reflexiones que comparto con ustedes, quiero cerrar el ciclo dedicado a la consideración de la importancia que la restauración de la pareja tiene como un aporte a la restauración familiar. Confío y pido a Dios que las consideraciones aquí presentadas te hayan resultado de interés y beneficio en tu vida y en tu relación conyugal. Ojalá puedas repasarlas -tanto en los videos de YouTube como en vidaypalabra.com-. Ojalá las consideres con tu cónyuge y las compartas con quienes pudieran ser bendecidos con ellas. Desde luego, me gustaría mucho que compartieras conmigo tus comentarios y cuestionamientos. Serán bienvenidos.

Cada día se casan menos personas y, cada día, también, aumenta el número de divorcios. No parecería que tales hechos sean indicadores de una evolución positiva de la relación matrimonial, del surgimiento de alternativas más atractivas o prometedoras, sino del temor y de la decepción. En efecto, los jóvenes optan cada vez más por las uniones libres ante el temor de que su relación fracase.

Según diversos estudios, son las mujeres, en una proporción de dos tercios, las principales promotoras del divorcio. Martha Nieto propone que diversos estudiosos han llegado a la conclusión de que Las mujeres son más sensibles a las dificultades en las relaciones, y, por lo tanto, hay más posibilidad de que tomen la decisión de acabar con las relaciones que nos les resultan satisfactorias o gratificantes.

Propongo que el fracaso de la institución matrimonial resulta más de la falta de equilibrio en la relación de la pareja que del estatus legal de la misma. Por cierto, contra lo que se piensa, las relaciones tipo unión libre, generan mayores tensiones a la pareja dada la ausencia de garantías legales que afirmen las mismas. Y es que la relación de pareja, como todas las relaciones, está sometida a la presión de dinámicas encontradas, internas y externas, tangibles e intangibles, favorables y desfavorables, etc., de ahí la importancia de contar con un equilibrio.

Es decir, de tener la capacidad para desarrollar lo que podemos llamar un estado de inmovilidad, un punto de apoyo que compense las fuerzas contrastantes y contribuya a la permanencia saludable de dicha relación de pareja.

La dinámica relacional de la pareja puede considerarse como tripartita ya que cada uno de sus integrantes aporta su propia dinámica personal y juntos, los cónyuges, generan una tercera fuerza, la de la pareja. En la perspectiva bíblica esto se explica en el hecho de que el hombre y la mujer se unen entre sí y producen una nueva, una tercera persona. Génesis 2.24 El vínculo matrimonial los hace uno, pero no lo hace a costa de la individualidad de ellos mismos. Cada uno sigue siendo quien es, con sus peculiaridades de carácter, al mismo tiempo que desarrollan y confrontan las dinámicas propias de su relación.

Estas dinámicas son efecto y causa de lo que son y hacen los esposos. A mayor equilibrio personal, mejor la contribución al equilibrio de la relación conyugal. Pero, a menor equilibrio personal, mayores negativos resentirá la relación de la pareja. Un inmaduro más un inmaduro nunca se convertirán en una pareja madura. Y, desafortunadamente, la calidad del carácter de la relación matrimonial no estará determinado preferentemente por quien en lo individual haya alcanzado mayor madurez, sino por el aporte negativo del cónyuge más inmaduro.

La historia bíblica abunda en ejemplos que confirman lo aquí dicho. Cuando la Biblia compara la relación entre Dios y su pueblo -ya se trate de Israel o de la Iglesia-, con una relación matrimonial, hace evidentes las tensiones propias y ajenas de tal relación. También hace evidente que la relación no resulta la que Dios desea, con todo y que él todo lo sabe y todo lo puede, sino la que su pueblo determina con su inmadurez.

Jeremías 35.14-17  revela que, en tratándose de las relaciones humanas, y sobre todo de las relaciones de pareja, no necesariamente quien actúa con mayor conocimiento, madurez y compromiso es quien mayor influencia ejerce sobre la relación de pareja. Frecuentemente, la calidad de la relación está determinada por quien resulta menos madura y actúa con mayor inmadurez.

Una pareja bien conocida en la Biblia, Mical y David, nos ayudan a comprender mejor esta propuesta. La espiritualidad de David, su deseo de agradar a Dios y honrarle, no fue suficiente para animar el amor de Mical ni para lograr el aprecio de esta. Aun cuando Mical estaba enamorada de David, no podía comprender ni aceptar la manera tan vulgar, en su opinión, que este tenía para alabar a Dios.

Así, el amor no es garantía de la ausencia de tensiones. Las parejas podemos amarnos y, sin embargo, sabernos y sentirnos en posiciones diferentes o aun abiertamente encontradas. En tratándose de las relaciones de pareja, el amarse nunca es suficiente ni garantía de la convivencia armoniosa de los que se aman.

Toda pareja sabe de esto y consciente e inconscientemente procura superar la tensión que sufre. Casi de manera cíclica las parejas buscan su punto de equilibrio, su espacio de permanencia, en el atractivo físico y sexual, en la estabilidad económica, en la adquisición de bienes inmuebles, en la relación con los hijos, en el cultivo de intereses similares, etc.

Todo para terminar descubriendo que, si bien tales cosas resultan equilibradoras, apenas lo son temporalmente y siempre insuficientes. Lo temporal e insuficiente está determinado por el hecho de que tales equilibrios son pronto superados por las nuevas circunstancias que la dinámica relacional crea en el corto, mediano y largo plazos.

Ello se debe a que el equilibrio sano, permanente, resulta de quien se es y no de qué se hace o tiene. La Biblia dice que la paga que deja el pecado es la muerteRomanos 6.23 NTV  Dado que no se refiere a la muerte física inmediata del pecador, tal declaración exhibe una paradoja: Quien peca, viviendo está muerto.

Es decir, confronta una condición ambivalente, contradictoria. O es un vivo que está muerto o un muerto que parece estar vivo. Alguien así difícilmente puede vivir en equilibrio dado que vive en un estado permanente de confrontación, de enemistad, con Dios, consigo mismo y con los demás.

Quizá te parezca una exageración, pero déjame proponerte para tu reflexión personal el que detrás de toda falta de equilibrio personal y de pareja, hay una condición de pecado, de equivocaciones que se traducen en una ausencia de comunión con Dios. Por lo tanto, te planteo, la recuperación del equilibrio, personal y de la pareja, depende, pasa necesariamente, por la reconciliación con Dios, de la persona consigo misma y con los demás.

Esto es especialmente relevante para quienes están dispuestos a participar en relaciones con quienes no forman parte del cuerpo de Cristo, la Iglesia, como para quienes se involucran en relaciones carentes de santidad y consagración a Dios. No importa cuántas ganas le echen a la relación, cuántas esperanzas y placer les anime, cuán bien se sientan. Su desobediencia rompe la comunión con Dios y sin comunión con él, no hay equilibrio. 2 Corintios 6.14ss

Siendo las cosas así, podemos proponer que la recuperación del equilibrio de la pareja, de lo que hemos llamado la restauración de la pareja, es consecuencia del equilibrio individual de sus integrantes. Y que tal equilibrio personal sólo resulta del que cada uno de los integrantes de la pareja esté, literalmente, en paz con Dios. Este estar en paz con Dios es una obra de gracia provista en Jesucristo, pero, también es un propósito. Es don y es esfuerzo.

La paz con Dios resulta de la determinación firme de la persona de mantenerse en sintonía con su Señor y Salvador. En la relación de pareja esto se traduce en la disposición de hacer todo aquello que contribuya a que sus integrantes permanezcan en comunión con Dios y a evitar o superar todo aquello que atente contra la armonía en el día a día entre Dios y los esposos, así como entre Dios y la pareja.

Un viejo vicio en las relaciones de pareja es el acusar al otro del deterioro de estas. Y, quizá podamos tener razón en algunos casos. Pero, hoy quiero proponerte que corramos el riesgo de considerarnos a nosotros mismos como responsables directos de la falta de equilibrio en nuestra relación de pareja.

A que asumamos, que hagamos nuestro, que por acción o por omisión, por nuestros excesos y por nuestras faltas, por nuestras exigencias y por nuestra condescendencia, etc., contribuimos a los conflictos de pareja que enfrentamos. Sí, te animo a que corramos tal riesgo y a que, en la presencia de Dios, tratemos de identificar los elementos propios que evidencian nuestra propia falta de equilibrio personal.

Tú y yo, esposo, esposa, debemos arrepentirnos y convertirnos de algo respecto del cómo nos relacionamos con nuestro cónyuge. Sí, ni tú ni yo somos tan perfectos, buenos   y acertados como nos gusta creer. No tenemos tanta razón como presumimos. La verdad es que nos equivocamos frecuentemente y en muchas cosas.

En no pocos casos somos menos buenos que nuestras parejas y ellas son menos malas de lo que las acusamos. Pero, qué tanto equilibrio es el nuestro y cuánta la falta de este, sólo podremos descubrirlo en el ir humildemente al Señor, pidiéndole que nos descubra nuestros pecados ocultos.

Y, una vez descubierta y aceptada nuestra falta, nos volvamos a Dios, nos convirtamos a él. Sí, primero a él, porque toda falta nuestra empieza por ser una ofensa a Dios y después a los demás. No pocas veces hemos descubierto que al recuperar la comunión con Dios, recuperamos, casi de manera sobrenatural, la comunión con nuestro cónyuge.

Si la comunión con Dios es la base, el espacio de equilibrio de la pareja, la paciencia y el perdón mutuos son los principales elementos que contribuyen a permanecer en tal espacio de equilibrio. Quien asume como el bien superior de la pareja y sus integrantes la comunión con Dios estará dispuesto, entonces, a perder (privilegios, derechos, paz, retribución, etc.), con tal de conservar tal comunión con el Señor.

La relación de pareja, como la relación con Dios, pasa por la digna negación de uno mismo. Por, el dejar ir, el renunciar a aquello, que contribuya a nuestra comunión con el Señor. No se trata, desde luego, de la disposición a participar en modelos indignos de relación, pero sí de privilegiar la dignidad de la relación por sobre aquellas cuestiones que, por causa de Cristo, podemos considerar basura. Filipenses 3.8

Quiero terminar con una palabra de esperanza, de ánimo. La relación matrimonial puede resultar satisfactoria, placentera y empoderante de lo mejor de nosotros, si la ofrecemos a Dios y nos proponemos vivir de tal manera que nuestro hogar sea, en cualquier circunstancia, casa de Dios y puerta del cielo. Si lo hacemos así, el Señor tomará el control de nuestra vida y cumplirá su propósito de bendición en nosotros.

A esto los animo, a esto los convoco.

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