La brevedad de la vida

Salmo 90.12

Al llegar el viernes pasado a nuestro Culto de Navidad me pregunté para quiénes de los que participaríamos del mismo sería el último Culto de Navidad en sus vidas. De inmediato pensé que, en realidad, para todos nosotros habrá un Culto que será el último al que asistamos. Así que, pensé, conviene que participemos, celebremos y agradezcamos en y por cada Culto al que el Señor nos permita asistir. Porque, los Cultos, como los días, pueden ser contados y acabarse en algún momento de la vida.

El día de ayer, una de las Madres Buscadoras de Sonora, publica un Tweet, mostrando un par de sillas vacías. Escribe: Mis sillas vacías anuncia la última vez que tuve una Feliz Navidad, la última vez que mis hijos Alex y Marco Antonio estaban conmigo. La última Navidad juntos. Porque siempre hay una última vez. Tan dolorosa declaración nos invita a considerar que nuestros días felices no son igualmente felices para todos. Sobre todo, nos anima a agradecer y vivir con sabiduría cada día que se nos concede porque, conviene recordarlo, los días se acaban.

Si podemos contar los días es porque estos son pocos y limitados, se acaban. Por ello es por lo que los días, y sobre todo los días de los que amamos, nunca sobran, siempre son pocos. Mi padre murió antes de que mis ojos se llenaran de él, dijo un hombre joven. Cada uno de quienes extrañamos al llegar el fin de año bien pudo, debió, vivir muchos días más. Aunque, pensándolo bien, me temo que todos los que vivieran no habrían sido, ni siquiera nos habrían parecido, suficientes. Por eso, propongo a ustedes que quienes se han ido y nos recuerdan nuestra propia partida, nos dan la oportunidad de reflexionar en voz alta sobre lo que implica el que los días sean pocos y tengan un límite.

Los días de la vida se suceden en ciclos, en etapas en las que, en general, se repiten los mismos patrones en hombres y mujeres de aquí y de allá. Niñez, adolescencia, juventud, edad adulta, vejez. Todo tan diferente, tan individual, y, sin embargo, tan parecido. Así que, en términos generales, empezamos y terminamos aquello que es natural y que se da de manera repetitiva e independiente de nuestra voluntad y de nuestro control. Pero, hay algo en la vida que no resulta cíclico, que no se da, necesariamente, de manera independiente a nuestra voluntad y a nuestra capacidad. Se trata de nuestras relaciones, las que nosotros elegimos y de las que nosotros conducimos por los caminos de la vida.

Creo que la solicitud del salmista tiene que ver con el vínculo que une los días y las relaciones. Porque, si se trata de obtener sabiduría para contar los días, indudablemente que estamos ante un reto que supera lo meramente aritmético. No se trata de aprender el 1, 2, 3 y siguientes. NTV traduce: Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que crezcamos en sabiduría. Propongo a ustedes que la importancia de la brevedad tiene que ver con la relevancia, con la excelencia y la preeminencia de lo que nos hace humanamente trascendentes: las relaciones afectivas y consanguíneas que elegimos y conducimos por los caminos de la vida.

El tiempo es relativo, lo mucho o lo poco del mismo no está determinado por lo que este dura. El tiempo es, siempre, un espacio de oportunidad para el cultivo de las relaciones que nos explican, que nos hacen ser. Las relaciones trascienden al tiempo que estas duran. En cierta manera, enfrentamos el reto de compactarlas a los tiempos que la vida nos ofrece. Los espacios de oportunidad para el cultivo de nuestras relaciones no dependen ni de nuestra voluntad ni de nuestras capacidades. Dependen de algo que camina y se acaba de manera independiente a nuestra voluntad y propósito: la vida. Y la brevedad de la vida nunca es la misma para todos. Por eso, el entender que todos estamos sujetos a una brevedad variable es lo que lleva al salmista a pedir sabiduría para contar los pocos días que la vida le presta.

Me he referido a las relaciones afectivas y a las relaciones consanguíneas. Generalmente, en la práctica, damos mayor importancia a las segundas. Nos ocupan y preocupan mucho más aquellos que llevan nuestra propia sangre. Después de todo, son y somos de una misma esencia. Y son, desde luego, de suma importancia respecto de nuestra trascendencia, de nuestra herencia. De nuestro permanecer presentes cuando nuestros días se han acabado.

También están las relaciones afectivas, sobre todo las de pareja. A estas, en la práctica, les damos menor atención, nos parecen menos importantes, sobre todo en relación con la relación con los hijos o con los padres. Al grado de que, presumimos, podemos darlas por terminadas. Lo cierto es que no hay relación que termine, que se acabe. Las relaciones sólo se modifican, cambian su manera, su modo, o alguna de sus características, pero su alterar sus cualidades o características esenciales. Las relaciones afectivas resultan de importancia toral porque tienen el poder de afectar nuestro aquí y nuestro ahora esencialmente. Al hacerlo, condicionan, ya empoderando, ya deformando, nuestra herencia, nuestra trascendencia.

Entender tan importantes relaciones en el breve tiempo de que disponemos requiere de mucha sabiduría. Nunca sabemos si la misma cantidad de tiempo que tuvimos para descuidar, destruir o lastimar nuestras relaciones lo tendremos para retomarlas, reconstruirlas o sanarlas. De ahí la conveniencia de cuidar, construir y mantener sanas las relaciones de las que participamos. Nos comprometemos en ello porque sabemos que la vida es breve, que los tiempos disponibles no resultan ni de nuestra voluntad ni de nuestras capacidades. Que es mucho lo que depende de tan poco tiempo.

Tal sabiduría resulta de nuestra relación con Dios. Esta es la que establece el equilibrio entre el breve tiempo y la trascendencia de nuestras relaciones afectivas y consanguíneas. Sabio es aquel que vive su día a día honrando a Dios. Quien se relaciona con el otro honrando a Dios. Quien vive así su día a día trasciende a la dimensión de lo eterno. Comprueba que lo que hace no está limitado ni condicionado por la brevedad de la vida, sino que trasciende e impacta la eternidad. Es más, comprueba que al vivir su día a día en el temor de Dios hace del Señor el ecualizador del todo de su vida, da a Dios la oportunidad de ser quien ajusta sus aciertos y sus errores vitales.

Hasta aquí la reflexión provocada por los que se han ido y anuncian nuestra propia partida. De ellos podemos decir que, sin importar cuántos fueron, sus días fueron pocos, cierto. Pero, también podemos decir que su vida es mucho más que sus pocos días. Su vida abundó de tal manera que marcó a aquellos con los que convivieron, dejó huella en nosotros. Literalmente, estamos marcados por ellos. Así, la verdadera cuenta de su vida no tiene que ver con los días que vivieron sino con las bendiciones, incontables, que, aún en su ausencia, nos enriquecen. Han dejado, al pasar por nuestra vida, un grato aroma de amor, servicio y generosidad. Aún con sus defectos, omisiones o excesos, nos enriquecieron para que así podamos enfrentar nuestra propia vida.

Nuestros días siempre serán pocos y sin importar cuán intensos sean, habrán de acabarse. Pero, saber esto nos anima a vivirlos intensamente, a gozarnos en su gozo y a luchar en sus retos. Sobre todo, a vivir dejando huella y sabiendo que Dios toma cuenta de todo. Que él sustenta, él anima, él recompensa. Vivamos con gozo y esperanza los pocos días que la vida nos depara.

A esto los animo, a esto los convoco.

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