Cuando los hijos se alejan de Dios

Mateo 24.12,13 NTV

Uno de los retos de vida más dolorosos para los creyentes es cuando sus hijos se alejan de Dios. Les resulta incomprensible que puedan hacerlo, se convierte en un dolor crónico acompañado de temores, culpas y del cultivo anhelante del deseo de que los que se han ido, se vuelvan a Dios y se reconcilien con él. A todo ello, agregan la frustración de la impotencia al descubrir que lo que dicen y hacen no parece ser suficiente para vencer la rebeldía de los hijos y convencerlos de que necesitan al Señor.

Creo que no hay padre o madre creyentes que no se duelan día a día por el alejamiento de sus hijos respecto de Dios. Como he dicho, viven con temor y este se confirma con las dificultades, los sufrimientos y los errores que los hijos enfrentan. Se cultiva la convicción de que si estuvieran en Cristo, sus vidas serías diferentes, menos difíciles y más felices.

Ciertamente, el abordaje del tema es difícil y complicado. Como padre y como pastor lo comprendo bien. Lo vivo y soy testigo de lo que otros padres, hombres y mujeres, enfrentan cuando sus hijos se alejan de Dios y de su iglesia. Sé, también, que los padres cristianos que amamos a nuestros hijos anhelamos y confiamos su conversión. Nos anima la esperanza de que en nosotros se cumpla la promesa al carcelero de Filipos y así toda nuestra casa será salva.

Si me permites ser un tanto sarcástico, anhelamos que en nosotros se cumpla aquello de que vivieron felices para siempre. El hecho es que la vida no siempre tiene finales felices. Así que el que nuestros hijos se vuelvan a Dios no sólo es nuestro anhelo, también es posible. Pero, no se dará mágicamente ni por sobre la voluntad de nuestros hijos e hijas. La conversión de nuestros hijos no depende de Dios, en primera instancia. Depende de que nuestros hijos e hijas tomen conciencia de su pecado, se arrepientan del mismo y se dispongan a volverse a Dios, reconociéndolo como su Señor y comprometiéndose a vivir para él.

Como padres, somos llamados a colaborar para la conversión de nuestros hijos, desde luego. Pero, propongo a ustedes, que conviene que consideremos algunas cuestiones bíblicas en nuestro acercamiento al asunto de la conversión de nuestros hijos. Ello, porque en cuestiones espirituales, en cuestiones de fe, ni la sinceridad, ni el deseo profundo, ni siquiera las convicciones que resultan de la necesidad y la esperanza, son suficientes. La fe cristiana tiene sus fundamentos, sus cómos y sus requerimientos. No es magia, es una forma de vida que se sustenta en la obediencia y sintonía con lo que Dios nos ha revelado en su Palabra.

Por ello te invito a que nos acerquemos a este asunto con interés, paciencia, mente abierta y en oración sustentada en lo que la Biblia nos enseña. Te animo a que nos acerquemos al tema de manera objetiva, analítica e integral. Considerando los distintos elementos: espirituales, bíblicos, culturales, sociales, familiares y personales, que explican el que haya quienes se alejen de Dios o se nieguen a conocerlo siquiera. Sirva esta reflexión como el punto de partida en la búsqueda de respuestas y alternativas para contribuir a la conversión de los nuestros.

Las estadísticas sobre el abandono de la iglesia por parte de los hijos de cristianos son dolorosas y abrumadoras. Aquí sólo apuntaré que, mientras en el 2011, el 59% de los jóvenes de entre 18 y 22 años dejaron de asistir a la iglesia, en el 2019, lo hizo el 64%. Se calcula que actualmente sólo permanece en la iglesia el 30% de quienes, en su infancia y adolescencia, asistieron a la escuela dominical.

Ahora bien ¿cómo es que nos enfrentamos a tales realidades? ¿Cómo enfrentamos el reto de ser padres creyentes de hijos que se han alejado de Dios y de su iglesia? Más aún ¿cómo explican nuestros hijos su rechazo de Dios y de la fe recibida? La organización BARNA, entre varios otros investigadores, hizo un estudio que indica que son seis las principales razones esgrimidas por quienes abandonan la fe en su juventud. (Otros estudios coinciden sustancialmente con BARNA) Tales razones son:

1. La iglesia es hipócrita y prejuiciosa, no se compromete con la sociedad. 2 La iglesia es aburrida e irrelevante. 3. La iglesia ignora y rechaza el conocimiento científico. 4. La iglesia discrimina a quienes piensan y viven de manera diferente. 5. La iglesia es intolerante ante otras creencias religiosas. 6. La iglesia es hostil con quienes tienen dudas respecto de su fe.

Resulta interesante que estas razones hacen a la iglesia la principal responsable del abandono de la fe por parte de los jóvenes creyentes. Este hecho adquiere una especial relevancia si consideramos lo descubierto por Christian Smith, en su libro Handing Down The Faith. How Parents Pass Their Religion on to the Next Generation. (Entregando la Fe. Cómo los padres transmite su religión a la próxima generación) La propuesta de Smith es que la mayoría de los padres creyentes ven el cuerpo de Cristo, la iglesia, nada más como un centro de recursos para sus hijos. Es decir, el interés paterno en la permanencia de los hijos en la iglesia tiene que ver con que les vaya bien en la vida. Que tengan buenas amistades, buenos matrimonios, buenos trabajos, etc.

De tal suerte, consciente e inconscientemente su considera que si los hijos se van de la iglesia es porque esta les ha fallado. Smith propone que la mayoría de los padres creyentes quieren que la iglesia sea amigable y un buen ambiente… piensa que el trabajo de la iglesia es cuidar de los asuntos religiosos de sus hijos. La mayoría de los padres señala Smith, piensan que lo que es realmente importante acerca de criar a los niños en la fe es que será bueno para ellos en este mundo. Añade: Hay muy poco interés en la salvación o la eternidad de los hijos.

La mayoría de los padres están muy enfocados en este mundo: los hijos será más felices y tomarán mejores decisiones… los padres creyentes tienen una lógica muy inmanentemente orientada (centrada en el yo y en el aquí y ahora), no trascendentemente orientada. Que no se ocupada prioritariamente de las cosas espirituales. Actitud que contrasta notablemente con el llamado de Jesús a no hacer de las cosas de este mundo la prioridad de nuestra vida. Lucas 14.2ss; 1 Juan 2.15-17

Aquí quiero hacer a ustedes mi primera consideración-propuesta. Los padres creyentes de hijos que han desertado de la fe, nos acercamos al reto que ellos suponen desde nuestra doble condición de padres y de miembros del cuerpo de Cristo.

Como padres, en la mayoría de los casos, asumimos -hacemos nuestra- la convicción de que nuestros hijos han dejado la iglesia porque esta les ha fallado. Hasta hacemos el recuento de las fallas de la iglesia: la incomprensión, la insensibilidad, los ataques, las decepciones, las traiciones, etc., que nuestros hijos sufrieron. Sean estas reales o no. Luego, entonces, nos acercamos a la deserción de nuestros hijos considerándoles, principalmente, como víctimas.

De acuerdo con Smith, pudiera ser que, como padres amorosos, nuestra principal preocupación es que, al alejarse de Dios, nuestros hijos pierdan su cuidado y bendición en su aquí y ahora. Así, dado que nuestro deseo es su bienestar, intercedamos pidiendo que se vuelvan a Dios para que les vaya bien. Nada más lógico y propio de nuestra condición de padres. Ver a nuestros hijos como víctimas y ocuparnos de su rescate y bienestar como nuestra tarea y aporte.

Pero, resulta que no solo somos padres, también somos miembros del cuerpo de Cristo, la iglesia. Y, desde la perspectiva de la fe, quienes, como nuestros hijos han profesado la fe y reconocido a Jesús como su Señor y Salvador, son, al igual que nosotros, responsables de su compromiso. Sobre todo aquellos que, además de haberse bautizado, han servido en posiciones de liderazgo en la iglesia.

Nuestro pasaje contiene una declaración de Jesús que es, al mismo, un reconocimiento al ambiente eclesial en el que todos servimos a Dios, y un llamado para que permanezcamos firmes en nuestro propósito de servicio. Sí, aún en la iglesia el pecado abunda y ello trae como posible consecuencia que el amor se enfríe. El amor al prójimo, a la iglesia y aún a Dios.

Yo, que llegué a vivir a la casa pastoral de la congregación que mi padre pastoreaba a los cinco días de nacido, siempre he dicho que si necesitara un pretexto para renegar de Dios y de la iglesia, no tendría que buscarlo entre los incrédulos. En la iglesia encontraría pretextos de sobra. Y, con toda seguridad, yo mismo sería un buen pretexto para que otros renegaran de Dios y de su iglesia, me temo.

Con todo, el Señor nos advierte y llama diciendo: pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo. Esto implica el reconocimiento de que, al igual que nosotros que perseveramos y de muchos otros que también lo hacen a pesar del abundar del pecado, nuestros hijos también son llamados a perseverar hasta el fin sirviendo al Señor y sirviendo a la iglesia, para lo cual han sido ricamente capacitados.

Dejar de ver a nuestros hijos como meras víctimas del pecado e incapacidades de quienes formamos el cuerpo de Cristo y reconocer que, por la gracia manifestada en ellos, son capaces de responder al llamamiento recibido y honrar el compromiso contraído, nos permite un acercamiento adecuado al reto que su alejamiento de Dios representa. La sobreprotección, al igual que los pensamientos mágicos disfrazados de fe, impiden que contribuyamos a que nuestros hijos tomen conciencia de quienes son en Cristo, de los dones recibidos y, sobre todo, del hecho de que llamamiento permanece a pesar de y en toda circunstancia de la vida.

Ello implica, desde luego, que nosotros, padres cristianos, asumamos que nuestro primer compromiso y nuestra principal responsabilidad está con Dios y con su iglesia. Y, sólo después, con nuestros hijos y demás familiares. A veces, nuestro amor por nuestros hijos no nos permite honrar a Dios pues solapamos y hasta participamos de las actitudes, conductas y juicios que, se pretende, justifican la deserción de ellos. La apostasía de los que amamos pone a prueba nuestra fidelidad y lealtad a nuestro Señor.

Ante el abandono de Dios y de su iglesia por parte de nuestros hijos, el mejor aporte que podemos hacer para su conversión es el testimonio de nuestra propia fidelidad a Dios y a su iglesia. Su deserción nos obliga a examinar el hecho de nuestra fe y comprobar si permanecemos fieles al Señor. Nos representa una oportunidad de conversión y de reordenamiento de nuestra vida para honrar a Dios. Nuestra fidelidad se convierte en una convocatoria fuerte y firme que les confronta y anima para valorar la importancia y los beneficios inherentes a la fidelidad y el servicio a Dios.

Me temo que no pocos de quienes respondieron a mi invitación a tratar este tema puedan sentirse defraudados por mi abordaje del mismo. Pero, lo siento, no hay soluciones mágicas ni milagrosas al respecto. Les pido que sigamos reflexionando sobre el tema. Que oremos y pidamos la dirección divina. Espero sus comentarios, desde luego. Confío que iremos caminando juntos y podemos enfrentar en confianza y con sabiduría este reto. Con la ayuda de Dios consideraremos otros aspectos de este tema en siguientes oportunidades.

Como padres debemos enfrentar el reto de vida que nos ocupa reconsiderando nuestro acercamiento al mismo y, sea que nuestros hijos se vuelvan a Dios o no llegaren a hacerlo, reafirmando nuestra fe y propósito de permanecer fieles, honrando al Señor primer que todo y en el todo de la vida.

A esto los animo, a esto los convoco.

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