La muerte del Señor anunciáis, hasta que él venga

Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. 1 Corintios 11.26

Me gusta este pasaje. Me emociona su contendido al mismo tiempo que me asombra su forma. De qué manera tan sencilla y poética, el Apóstol nos ubica respecto de nuestro origen en Cristo y de nuestro destino eterno. De cierto, hay una contradicción en el dicho paulino ¿cómo poder esperar la venida del que murió? Es esta contradicción la que da un sentido especial, sobrenatural y trascendente al hecho de nuestra fe sencilla. Nosotros creemos y vivimos por el que habiendo muerto, viene por nosotros.

Al participar de la sencilla ceremonia del partimiento del pan y del tomar el vino, estamos siendo testigos y testimonio del quehacer de Dios entre los hombres. Damos testimonio de que nuestra salvación es fruto del sacrificio, de la muerte de Jesucristo, el Justo. Damos testimonio, entonces, de que nuestra salvación tiene un alto costo. Para que nosotros seamos salvos, Jesús tuvo que morir en nuestro lugar. Así que, es un gran error el menos-preciar nuestra salvación. De ahí la importancia de valorar y cuidar el don que hemos recibido al haber sido reconciliados con Dios por medio de Jesucristo.

Jesús no murió para que seamos sanados ni para evitar nuestra muerte física. Tampoco murió para que nuestros problemas se arreglen por la mera expresión vocal de su nombre o la invocación de su intervención a nuestro favor. Jesús no murió para que nuestra vida marche sobre ruedas y seamos libres de los conflictos inherentes a la existencia humana. No, Jesús murió para reconciliarnos con Dios, para que tengamos paz con Dios. Esto significa que, con mayor frecuencia que la deseada, tendremos conflictos de vida y sufriremos situaciones de dolor y sufrimiento. También significa que hemos de aprender a privilegiar por sobre todo, aún por sobre nuestra paz, tranquilidad, seguridad, alegría, etc., el hecho de nuestra comunión con Dios.

Es cierto que, al ser salvos, gozamos de muchas expresiones de la bendición y del cuidado divinos. Somos sanados, muchas veces librados de la muerte, somos prosperados y protegidos ante diversos peligros. Pero, todo esto, resulta colateral al hecho primario de nuestra comunión con Dios. No es que tales cuestiones carezcan de importancia, el hecho es que nuestra salvación resulta de mayor importancia que todo lo demás que forma y hace nuestra vida. Tal la convicción paulina cuando declara que ha aprendido a considerar todo loa que forma y hace la vida como basura, por causa de Cristo. Es decir, ante la salvación que Dios le ha dado en Cristo, todo lo demás: su propia paz, su seguridad, su provisión, etc., resultan secundarias en comparación con el hecho de mantener su comunión con Dios.

Podríamos preguntarnos el por qué de esto. ¿A quién se le ocurre pensar así? Bueno, el primero que así lo hizo fue Dios mismo. El consideró la vida de su Hijo único como secundaria con tal de salvar a los hombres y recuperar la comunión con ellos. Dios hizo a un lado su dolor de Padre, menosprecio su propio sufrimiento, con tal de recuperarnos para él. Dios renunció al ejercicio de su poder todopoderoso y se mostró débil al permitir que su Hijo colgara de una cruz. Dios, el Santo, el digno de toda alabanza, estuvo dispuesto a escuchar de los labios sangrantes de su Hijo el reproche de haberlo abandonado.

Sí, es de todo esto que damos testimonio al participar del pan y del vino en el nombre del Señor. Pero, no se trata de una ceremonia dolorosa y fatalista. Lo que hacemos es anunciar que todo esto ha valido la pena porque Jesús fue levantado en victoria y ahora viene de nueva cuenta a nuestro encuentro. Todo lo que perdió, su vida misma, lo ha recuperado. Y, el que se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz, ahora es y será proclamado Señor por la Creación entera.

Además, al anunciar la muerte de Jesús a la luz de su anhelada venida, al participar de esta sencilla ceremonia, damos testimonio de nuestra gratitud y de nuestro propósito de perseverar fielmente para ser hallados dignos del encuentro con nuestro Señor y Salvador. Al comer el pan y beber el vino, signos del cuerpo y la sangre de Jesús, declaramos nuestra disposición y compromiso para hacernos uno con él y perseverar a pesar de sufrimientos, carencias y las pérdidas que nuestro servicio a él ocasione. Al comer el pan y beber el vino, hacemos nuestro el compromiso de ser testigos que anuncian, de palabra y de hecho, la obra redentora de Dios en Jesucristo.

Lo hacemos porque creemos y confiamos que así como Cristo se levantó de entre los muertos, nosotros podremos, con la ayuda de Dios, superar todos los obstáculos, los conflictos y sufrimientos que el ser testigos de Cristo puedan ocasionarnos. Lo hacemos porque creemos y confiamos que, aún si llegáramos a padecer y morir por causa de Cristo, seremos levantados de entre los muertos y llevados con él en gloria.

Amados hermanos, esto es lo que celebramos y a lo que nos proponemos al comer esta pieza de pan y beber este poco del jugo de la vida. Quiera el Señor seguir dándonos la oportunidad de estar en comunión con él, de perdonar nuestros pecados y perfeccionarnos para el día de su venida. Mientras tanto, gocemos de la comunión con él que se hace manifiesta en la comunión que tenemos los unos con los otros. Lo que hoy disfrutamos aquí, en el amor mutuo que nos profesamos, es resultado de lo que Jesús hizo por nosotros en la cruz y es testimonio de nuestra fidelidad a él y de nuestro propósito de perseverar en su camino hasta el último día de nuestras vidas.

A esto los animo, a esto los convoco

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