Para ponerles pruebas difíciles

Lucas 22.31-34

Si de algo nos llenamos las manos en la vida es de decepciones. Con frecuencia nos encontramos que la confianza depositada en otros no es honrada por ellos y actúan en forma diametralmente opuesta a lo que esperábamos de ellos. En no pocas ocasiones es esta la razón de la pérdida de la esperanza, de la confianza y aún del interés en seguir adelante. Mientras más cercana a nosotros la persona que nos decepciona, mayor el conflicto que experimentamos, la tristeza que sufrimos. Como aquellos hijos que van por la vida sin comprender por qué sus padres no quisieron o no pudieron seguir juntos. Por qué es que los hijos tienen que pagar el precio de la soledad, la vergüenza y la confusión que enfrentan, fruto de la separación o la ausencia de sus padres.

Ahora bien, en tal sucesión de decepciones, siempre vamos atesorando la esperanza de que algunos, hasta llegar a uno, Dios, nunca podrán decepcionarnos. No nos extraña que otros lo hagan, pero creemos que no lo harán los más cercanos a nosotros… hasta que lo hacen. Caemos en una especie de espiral en la que vamos pensando que si este lo hizo, aquel no lo hará y así, hasta que llegamos al momento en el que ya no tenemos en quién más confiar. Cuando tocamos fondo, nuestro refugio es pensar que Dios, nuestro Padre, nunca lo hará, que él nunca nos decepcionará. Así pensaba Pedro, seguramente. Creía que Jesús siempre respondería a su confianza y que nunca haría, ni permitiría, nada que pudiera significarle un conflicto; sobre todo, confiaba que Jesús nunca lo abandonaría en las manos de Satanás.

Pero, un día, sin mayor aviso, según parece, Jesús le dice que Satanás los ha pedido, a Pedro y a sus compañeros discípulos, para sacudirlos como si fueran trigo o, como traduce la Traducción en Lenguaje Actual: Jesús le dijo a Pedro, escucha bien, Satanás ha pedido permiso a Dios para ponerles pruebas difíciles a todos, y Dios se lo ha dado. Estoy seguro de que al impacto de tal anuncio, Pedro reacciona con temor, se cimbra… hasta que piensa esperanzado: pero Jesús no lo va a hacer caso y va a hacer algo en mi favor. No estaba equivocado, pero ese algo en mi favor, no era lo que Pedro esperaba. Él esperaba que Jesús impidiera a Satanás lastimarlo a él y a sus compañeros discípulos. Pero, Jesús tenía otros planes y le dice: yo he rogado por ti, para que no te falte la fe.

Por un momento pongámonos en las sandalias de Pedro. Valiente ayuda, pudo haber pensado, o, de qué me sirve que ore pidiendo que no me falte la fe, si de todos modos voy a sufrir. O, como muchos se están preguntando ante los estragos que la pandemia están causando a ellos o a los suyos: Si Dios puede evitar que suframos ¿por qué no lo hace? O, como se preguntan muchos creyentes que han sido despojados de mucho, de qué me sirve haber sido fiel, haberle creído y haber hecho lo que él me pidió que hiciera, si Dios me ha abandonado a mi suerte. Podemos imaginar las preguntas de Pedro porque, seguramente, son las mismas que nos hemos hecho cuando el Señor no ha estado a la altura de nuestras expectativas. Porque, lo cierto es que ha habido ocasiones en que hemos enfrentado el silencio de Dios, el que Dios se esconda, el que lo que Dios hace no tenga sentido.

En principio, la actitud inesperada de Jesús ante la solicitud de Satanás nos muestra que los cristianos, al igual que nos lo cristianos, hemos de enfrentar ciertos sufrimientos y que habremos de beber la copa del sufrimiento hasta la última gota. Que, en la vida, como alguien dijo: hay veces en las que el dragón gana.

Tratando de comprender la crisis vivida por Pedro, me resulta sumamente enriquecedor que este apóstol decepcionado y resentido sea el mismo que, años más tarde, cuando Jesús ya no estaba a su lado haya hecho una declaración-llamamiento, tan poderosa como esta: Queridos hermanos, no se extrañen de verse sometidos al fuego de la prueba, como si fuera algo extraordinario. 1Pedro 4.12 Me parece que en tal declaración el apóstol nos ofrece una manera alternativa de enfrentar el sufrimiento, misma que consta de tres elementos:

Lo primero es entender que el sufrimiento no nos es extraño. El sufrimiento forma parte de la vida. Como dice Ana Delia, la Biblia no engaña a nadie y Jesús, nuestra paz, nos advirtió: Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas. Juan 16.32 Aunque no resulte fácil ni hacerlo ni decirlo, hay que estar preparados sabiendo que, en cualquier momento, el dolor y el sufrimiento asaltarán nuestra vida. Creo que la mejor manera de prepararnos es no acostumbrarnos a la paz y estar siempre listos para la lucha. Esto se logra cuando entregamos lo que somos y tenemos al cuidado del Señor y pedimos de su ayuda para cuando llegue el día malo. Hay quienes al dolor tienen que sumar la carga de la culpa. Se sienten culpables y tratan de encontrar en su culpa la razón de su sufrimiento. Ciertamente hay sufrimientos que nosotros mismos nos causamos al hacer el mal. Pero, cabe siempre la posibilidad de que hacer el bien también provoque nuestro sufrimiento. 1Pedro 2.20ss Y como el sufrimiento no nos es extraño, debemos y podemos soportarlo con paciencia… porque eso es agradable a Dios.

Lo segundo es que bendición y sufrimiento ni se excluyen, ni se anulan mutuamente. Podemos estar siendo bendecidos y sufriendo simultáneamente. Podemos estar sufriendo y recibiendo bendición al mismo tiempo, como advirtió nuestro Señor en Marcos 10.30. Recibirá cien veces más… aunque también será maltratado. De acuerdo con Jesús, la bendición no nos libra de la aflicción ni esta impide la bendición. El creyente puede, en la medida de comunión con Dios, permanecer en equilibrio en cualquier circunstancia que enfrente en la vida. En la bendición tiene consciencia de su vulnerabilidad. Pero, en el sufrimiento puede estar confiado en que la gracia del Señor sigue obrando en su favor.

Lo tercero es que ningún sufrimiento tiene el poder para destruirnos. Pedro no solo escuchó las malas noticias, también oyó a Jesús decirle: tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. Implícitamente Jesús revela que los suyos siempre volvemos de nuestras tribulaciones. Que Dios sostiene a los que caen y levanta al oprimido. Salmo 145.14 En algún momento posterior a la prueba Pedro descubrió que la decepción inicialmente sentida no tenía razón de ser. Jesús sí actuó en su favor, lo hace siempre. Siempre hace lo que es apropiado. En efecto, Jesús deja que Satanás sacudiera a Pedro y a sus compañeros, porque sabe que Satanás ha sido vencido y, entonces, sus victorias son efímeras, nunca definitivas ni definitorias. Y, sabe también, que Pedro tiene la capacidad para vencer y permanecer unido a Cristo. Por ello, lo que pide es que Dios abunde en la fortaleza y capacidad de Pedro para que resista la prueba.

En y con Cristo, el sufrimiento nunca es definitivo, ni definitorio. No tiene poder para definir quienes somos, para hacernos ser. La historia, nuestra historia, no termina en, ni por el sufrimiento. Hay quienes permiten que el sufrimiento los defina; que el sufrimiento determine no sólo lo que piensan y hacen, sino lo que son. Jesús nos dice, al hablarle a Pedro, que el sufrimiento termina, pero tu victoria permanece. Aquí cabe hacer una reflexión más. Después de que Jesús advierte a Pedro y sus otros discípulos, Pedro, envalentonado, asegura y promete que él seguirá a Jesús por el camino del sufrimiento. ¡Cuánto nos parecemos a este discípulo! Frecuentemente, en medio de las pruebas y dificultades es cuando hacemos las más descabelladas promesas de fidelidad, servicio y compromiso. Jesús comprende y sabe qué es lo que nos anima a hacer tales promesas. Pero, también sabe de qué estamos hechos y está consciente de nuestra debilidad. Sin embargo, lo sigue amando y animando a que lo siga. Lo mismo con nosotros

Finalmente, Pedro se entera de que el sufrimiento no sólo no tiene el poder para destruirlo, sino que él mismo será beneficiado por el sufrimiento. Tú, cuando te hayas vuelto a mí, ayuda a tus hermanos a permanecer firmes. El sufrimiento perfeccionará a Pedro y le permitirá servir mejor a sus hermanos. Las cicatrices en las manos y el costado del Señor, símbolo de su sufrimiento, son también señales de su victoria. Son testimonio del poder de Dios… como las tuyas y las mías. Por pura gracia, de cada lucha que hemos enfrentado, de cada caída de la que el Señor nos ha levantado, de cada pérdida que hemos lamentado, hemos salido más fuertes, más sensibles y más dispuestos a servir y a seguir adelante. Así que, te animo a no olvidar que si bien Jesús no siempre hace lo que esperamos, siempre hace lo que es mejor para nosotros.

A creer esto los animo, a vivir confiados en ello los convoco.

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