Familias divididas por peleas

Marcos 3 NTV

photo_20200822_232520Marcos nos muestra a un Jesús que va por los caminos de la vida confrontando el orden establecido. Por lo tanto, despierta pasiones… y duras acusaciones. Los maestros de la ley lo acusaban de estar poseído por Satanás. Sólo así, decían, era posible que Jesús expulsara los demonios de aquellas personas que estaban poseídas. Dado que más adelante podremos ocuparnos de la realidad de la posesión demoníaca y de sus expresiones en la actualidad, hoy nos ocuparemos de un principio que Jesús establece acerca de los riesgos de las peleas que resultan en divisiones. En efecto, el Señor señala: Un reino dividido por una guerra civil, acabará destruido. De la misma manera una familia dividida por peleas se desintegraráNTV

Al hablar de reino y de familia, nuestro Señor se refiere a aquello que goza y requiere de una unidad subyacente. Es decir, de aquello que permanece y une a una variedad de personas, diferentes entre sí, pero unidas por vínculos no voluntarios. No se trata, de entrada, de personas que se han decidido unirse voluntariamente, sino de personas que forman parte de un mismo todo por razón natural. La familia, en particular, goza de este tipo de unidad. Somos familia no por elección, sino como fruto de la unión inicial de dos personas. Si bien es cierto que la unión de los cónyuges es resultado de su voluntad, también lo es el hecho de que al unirse en matrimonio se convierten en una sola carne. Es decir, ya no son más dos, sino que se transforman en una nueva unidad de esencia y de propósito.

El diccionario define unidad como: [la] Propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere. Esto resulta de especial interés porque de acuerdo con Jesús las familias que se dividen por peleas terminan desintegradas. Empiezan por perder cohesión y fortaleza hasta que terminan destruidas por completo. Santiago se pregunta: ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No son de vuestras concupiscencias, las cuales combaten en vuestros miembros? El término concupiscencia que utiliza Santiago es revelador de dos cuestiones de suma importancia. Las guerras empiezan siendo una cuestión personal, individual. La lucha interna que los miembros de la familia enfrentan en sí mismos se traduce en un estado de conflicto con el resto de los suyos. Es decir, antes de convertirse en una guerra familiar, empieza siendo un conflicto personal.

Como sabemos, el término concupiscencia se traduce como deseos desordenados, deseos que son incoherentes con la voluntad de Dios. Cabe aquí considerar el término esquizofrenia. Este proviene de dos raíces, la primera schizein, dividir, escindir, hendir, romper, y, la segunda phrēnentendimiento, razón, mente. Alguien diría que la consideración del término no tiene lugar aquí pues se trata de una enfermedad. Y ello es cierto. Pero, existe una condición previa a la esquizofrenia, se trata de la personalidad esquizoide. Se trata de las personas que están escindidas. Es decir, que tienen una mente dividida, separada. Son personas inestables, de doble ánimo, y, nos advierte Santiago, que la persona de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos. Santiago 1.8

La Biblia nos dice que nosotros tenemos la mente de Cristo. 1 Corintios 2.16 Es decir, tenemos la capacidad se saber y entender lo que es justo, lo que conviene, lo que agrada al Señor en nuestra vida diaria. Sin embargo, existe en nosotros los cristianos un resabio, es decir, malas conductas aprendidas en la vida anterior a Cristo, en términos bíblicos hablamos de nuestra vieja naturaleza. Así, constantemente enfrentamos la lucha interior entre hacer lo que sabemos que es bueno y hacer lo que nuestros deseos desordenados nos piden. Mientras más lugar damos a la consideración de la validez, oportunidad y derecho de actuar conforme a tales deseos, mayor es el conflicto que vivimos.

Someter nuestros pensamientos en obediencia al Señor es la clave de la victoria que se traduce en una vida apacible bajo el poder del Espíritu Santo. Pablo nos invita a que: Destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, [pongamos] todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo; pues quienes disciplinan sus pensamientos y actúan en conformidad con la voluntad del Señor descubren el fruto apacible de la justicia. Tienen paz, siembran paz y viven en paz. 2Corintios 10.5; Hebreos 12.11

Quizá algunos se estén preguntado el por qué me ocupo de este tema en las circunstancias que vivimos. La respuesta es sencilla, la pandemia que vivimos produce daños colaterales tan importantes, dolorosos e irreversibles que poco tienen que ver con la salud física de los enfermos y de los suyos. Las familias estamos enfrentando una serie de situaciones de riesgo que no necesariamente son producto de la pandemia. Se trata de modelos de relación familiar preexistentes, formas en las que nuestras familias conviven, y que, por la crisis que enfrentamos por la pandemia, han salido a la superficie o, de plano, nos han explotado. Es decir, se trata de cosas, llamémoslas, así, que ahí han estado: rencores, amarguras, deseos de venganza, insatisfacciones, etc., que, ante los problemas provocados por el confinamiento hacinado, las presiones económicas, las pérdidas sufridas, aún el aburrimiento y la impotencia ya no podemos seguir ocultando o, de plano, se redimensionan en las circunstancias que enfrentamos.

Los estudiosos del tema nos dicen que las situaciones de riesgo llevan a situaciones de peligro. Especialistas aseguran que los problemas familiares, falta de trabajo, enfermedades mentales o crónicas y hasta mal de amores son algunas de las causas que expertos en la salud han detectado que llevan a las personas a tomar una decisión fatal. APM Al mismo tiempo que destacan que la pandemia ha provocado que los jóvenes y los ancianos sean los sectores en mayor riesgo y peligro ante las enfermedades mentales, incluyendo la propensión al suicidio. La violencia doméstica contra las mujeres también se ha incrementado durante la pandemia. Estudiosos aseguran que se ha incrementado en un 60% el número de mujeres agredidas física, sexual, emocional, espiritual y económicamente. Su riesgo se multiplica cuando tienen que permanecer en confinamiento con sus agresores. Otro tanto puede decirse de la violencia que sufren los niños y adolescentes al interior del hogar.

Creo que parte del problema que enfrentamos es que hemos aprendido a normalizar las situaciones familiares disfuncionales. Normalizar es, según el diccionario, hacer normal una cosa que no lo era o que había dejado de serlo. Normalizar viene de norma: principio que se impone o se adopta para dirigir la conducta o la correcta realización de una acción o el correcto desarrollo de una actividad. Algo que he escuchado de muchas mujeres cristianas que sufren violencia de parte de sus esposos es que saben que deben soportar tal violencia porque ellos son los jefes del hogar. Sirva este ejemplo como explicación del cómo normalizamos la violencia. Aprendemos que a quienes tienen derecho -por su poder, capacidad, sexo o género, etc.- pueden ejercer violencia en contra de los suyos y que estos deben aprender a vivir con ella. Esposos, padres, hijos mayores, hijos ante la ausencia del esposo, hijos que aportar recursos al hogar, etc. Todos ellos, aprendemos, tienen derecho a ejercer violencia en contra de los más débiles.

Generalmente, cuando se trata de las guerras familiares procurarnos atender lo que está pasando en y con los otros. Cómo piensan y sienten y qué es lo que les lleva a actuar de la manera en que lo hacen. Pero, conviene considerar a partir de la enseñanza de Cristo que es necesario empezar por ocuparnos de nuestras propias guerras personales. De nuestro desorden interior. Se trata de lo que pasa con nuestro espíritu, nuestros pensamientos y nuestros deseos y emociones. ¿Qué nos está desintegrando? ¿Qué tenemos que recuperar y de qué tenemos que desprendernos, para recuperar nuestra estabilidad personal?

Para comprender lo que pasa afuera, en el cómo de nuestras relaciones con los demás, debemos conocer lo que sucede adentro de nosotros. Conviene que entendamos qué nos lleva a violentarlos, desde luego. Pero, también es necesario que nos preguntemos qué hay en nosotros que nos lleva a permitir el ser abusados y lastimados por los demás. La Palabra nos invita: Dejen que el Espíritu les renueve los pensamientos y las actitudes. Efesios 4.23 Esto sólo lo alcanzaremos si humildemente nos comprometemos en una búsqueda ansiosa de la presencia y la dirección de nuestro Dios. Para empezar, debemos de dejar de hacer aquello que sabemos –aunque no nos guste reconocerlo-, no es grato a Dios y, por lo tanto, no está dando buenos resultados.

Además, debemos ocuparnos de ir a la Palabra para estudiar con atención dedicada los pasajes que traigan luz a nuestro conflicto. Habiendo confirmado lo bueno y lo malo de nuestros pensamientos y actitudes, debemos abundar en nuestra oración de confesión y de propósitos para que, una vez fortalecidos y dirigidos por el Espíritu Santo, podamos aportar elementos de paz y de recuperación a nuestras familias y a nuestro entorno social.

Esta, desde luego, es una tarea que no podemos realizar ni solos ni a solas. Quien está sufriendo con pensamientos y sentimientos de tristeza, soledad y aún de depresión, debe buscar ayuda. Tiene el derecho de ser ayudado y necesita recibir ayuda. Si no encuentra la ayuda que necesita en el ámbito familiar, debe recurrir a la comunidad de fe y, dado el caso, a la ayuda profesional adecuada. Todos debemos aprender a distinguir las señales que evidencian las carencias, luchas y los gritos silenciosos del dolor de unos y otros. La familia cristiana es y debe ser una comunidad de fe que contribuya a la sanidad integral de sus miembros.

Respecto de la violencia doméstica debemos recuperar un espíritu de alarma e intolerancia ante la misma. Somos llamados a rebelarnos contra ella, en esto consiste la bienaventuranza de los pacificadores, su condición de hijos de Dios no les permite participar de sistemas violentos y violentadores. Debemos orar y ser pacientes y comprensivos, sí. Pero, también debemos denunciar y luchar contra los sistemas familiares violentos. La violencia corroe a todos, a los que la sufren y a los que la ejercen. Corroe también a la familia por generaciones. Nuestra condición de cristianos y nuestra comunión con el Espíritu Santo debe llevarnos a discernir las distintas formas de violencia intrafamiliar y a rebelarnos contra ella. Es mi oración y mi exhortación a ustedes para que, con la ayuda de Dios, nos ocupemos de que nuestras familias sean testimonio de la gracia, la paz y el aprecio mutuo que hemos aprendido de Cristo.

Termino haciendo mía la exhortación paulina:

Sobre todo, vístanse de amor, lo cual nos une a todos en perfecta armonía. Y que la paz que viene de Cristo gobierne en sus corazones. Pues, como miembros de un mismo cuerpo, ustedes son llamados a vivir en paz. Colosenses 3.15 y 15

A esto los animo, a esto los convoco.

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