Tengo sed de Dios

Salmos 42 NTV

Dadas las circunstancias que hoy vivimos, con el recrudecimiento de los problemas de salud, familiares, económicos y sociales que enfrentamos, he considerado conveniente hacer un paréntesis en nuestra reflexión sobre el ser Iglesia, sus privilegios y retos, y volver al libro de los Salmos. Ello porque, estoy seguro, necesitamos abundar en nuestra comunión confiada en Dios y en esto nos ayuda la experiencia de hombres y mujeres que, como nosotros, tuvieron que enfrentar las batallas de la vida a la luz de la fe.

Alguien ha dicho que en la Biblia encontramos relatos de conversaciones entre individuos, otros en los que Dios habla a las personas y otros más en los que son las personas las que le hablan a Dios. El libro de los Salmos pertenece a este tercer tipo de conversaciones. Los salmos son expresiones complejas de la complejidad del alma humana. Reflejan sentimientos negativos y espontáneos al momento en que el salmista los expresa. Otros salmos son resultado de una prolongada lucha interior en la que la confusión, el temor, la decepción y la desesperanza los dieron a luz y los han cultivado por mucho tiempo. También encontramos sentimientos profundos de gratitud y esperanza, de convicción y confianza. Surgen intempestivamente ante la manifestación graciosa del amor de Dios y otros son fruto de la reflexión de cómo tal amor les ha acompañado y sostenido a lo largo de la vida.

No pocos de los salmos contienen ambos tipos de sentimientos entre sus líneas, son pesimistas y esperanzadores al mismo tiempo. El salmo 42 es uno de ellos. En él el salmista expresa necesidades, tristezas, desesperanza, etc., profundas, al mismo tiempo que abunda en expresiones de fe, gratitud y esperanza. ¿Cómo explicar tal contradicción en el creyente? Más aún, ¿cómo comprender que quien duda crea y quien cree dude? ¿Es así la fe? Conviene que consideremos algunas cuestiones respecto de los hijos de Coré para tratar de entender mejor el cómo de su fe y la razón de su contradictoria confianza.

Coré fue un levita que desafió el liderazgo de Moisés. Números 16 Su rebelión ofendió tanto a Dios que hizo que la tierra se tragara a Coré y Datán y Abiram, sus conspiradores. Otros 250 levitas fueron destruidos por fuego y un total de 14,700 personas murieron al sumarse a la rebelión contra Moisés y Aarón. Sin embargo, no todos los hijos de Coré no murieron, advierte Números 26.11 Por alguna razón, a los sobrevivientes David los incluyó entre los responsables del culto en el Templo. Aun así, consideremos la herencia de este clan: su fundador fue destruido por traidor, su nombre quedó asociado a la muerte violenta de miles de personas. Sobre todo, Coré, el rebelde, recordaba el lado oscuro de Dios el vengador, el que destruye a sus enemigos. Sí, el mismo Dios al que alababan y al que los descendientes de Coré enseñaban a alabar por sus misericordias, es el Dios que en su ira había destruido a tantos y tantas. Creo que, de alguna manera, los hijos de Coré pudieron resolver ese conflicto que no pocas veces enfrentamos, el de confiar, necesitar y alabar al Dios incomprensible que, en no pocos casos, nos ha castigado, se ha negado a responder nuestras peticiones o se ha mantenido en silencio.

El salmo confiesa la profunda necesidad de Dios que experimenta, sufre, el salmista. Alguien dijo que los ciervos braman llegado el momento en el que, si no sacian su sed, mueren. Así que el salmista asume que su necesidad de Dios es una cuestión vital, que sin Dios no puede vivir. Dios es su única alternativa. No tiene duda de ello, sólo se pregunta el cuándo podrá ir y saciarse de Dios mismo. Pero, su necesidad se complica porque junto con su sed tiene que enfrentar el conflicto producido por la burla de sus enemigos, quienes le cuestionan diciendo: ¿Dónde está ese Dios tuyo? Esa burla le provoca una reflexión amarga, como el mismo salmista dice: le destroza el corazón al recordar cómo solían ser las cosas: yo caminaba entre la multitud de adoradores, encabezada una gran procesión hacia la casa de Dios, cantando de alegría y dando gracias en medio del sonido de una gran celebración. Es decir, el recuerdo de las bendiciones pasadas no hace sino secar más la sed que experimenta, en su aquí y ahora, de la presencia de Dios.

Bien podemos comprender al salmista. Lo que sabemos de Dios, las bendiciones que hemos recibido de su mano generosa en el pasado no siempre son suficientes para saciar nuestra sed actual de su presencia y de su quehacer. No sólo enfrentamos las preguntas burlonas de otros acerca de ese Dios nuestro que nos recuerdan que no somos confiables, que no merecemos, que más vale que no confiemos porque somos hijos de Coré. Es decir, si no dudan de la existencia de Dios sí dudan acerca de su amor y misericordia. Y dudan de nuestras posibilidades de ser bendecidos. Pero, también desde nuestro interior surgen preguntas, dudas, culpas, etc., que desarrollan argumentos que desaniman nuestra esperanza y estorban nuestra búsqueda.

El verso cinco de nuestro salmo descubre una primera acción que encamina al salmista al encuentro con su Dios. La pregunta: ¿Por qué estoy desanimado?, es una pregunta reflexiva. Es decir, el salmista se obliga a considerar de manera novedosa y detenidamente su condición. Novedosa porque altera la inercia de su desesperación, al darse cuenta de que no hay razón para estar desanimado, recupera el equilibrio para así poder prestar atención a lo que está pasado, a lo que puede hacer y dedicarse a ello con determinación y confianza.

Lo primero, decide poner su confianza en Dios, alabarlo de nuevo y reconocerlo como su Salvador y su Dios. Esta es una acción meramente humana, unilateral, descansa en el propósito y en las fuerzas del salmista meramente. En el poner su confianza en Dios, Dios no interviene, no participa. Es la decisión personal del salmista. Pero, tal decisión tiene el valor y el poder de ponerlo en sintonía con Dios, ubicándolo así en el camino de su redención. Tal decisión, sin embargo, no es una negación de su condición actual. No, el salmista declara estar profundamente desalentado, pero decide que, aun así, se acordará del Señor, desde el monte Hermón y hasta el monte Mizar. Es decir, independiente de la circunstancia o espacio en que se encuentre, tendrá presente no sólo su condición actual sino quién es Dios y qué es lo que ha hecho y puede hacer en su favor.

No deja de considerar aún que sea el mismo Dios el origen de sus dificultades. Lo acusa de enviar las olas y las mareas crecientes que lo arrastran. Pero, también recuerda que cada día es el Señor quien derrama su amor inagotable sobre él. Por ello, es que abunda en su decisión de poner su esperanza en el Señor. Me parece que en esto el salmista es dirigido por el mismo Espíritu que anima al autor de Hebreos a recordarnos que sin fe es imposible agradar a Dios. Todo el que desee acercarse a Dios debe creer que él existe y que él recompensa a los que lo buscan con sinceridadHebreos 11.6

Nosotros, como el salmista, también estamos sedientos de Dios. A veces estamos conscientes de ello, a veces no. De cualquier manera, si no nos llenamos de Dios pereceremos, no tenemos alternativa. Generalmente, esperamos que Dios de el primer paso que habrá de saciar nuestra fe. Nuestro pasaje nos enseña que toca a nosotros asumir nuestra necesidad y tomar la decisión de confiar y buscar al Señor. Es decir, que somos nosotros los que tenemos que hacer o dejar de hacer, agarrar o soltar, hablar o callar, etc., para que, entonces, él vea nuestra fe y la recompense. Decisión la nuestra que debe y puede ser tomada en medio de la confusión, cuando no hay ni tenemos nada seguro. Es en ese espacio de fe en el que nos acercamos a la fuente del agua de vida y descubrimos que el resultado de nuestra confianza es la manifestación plena de su poder y de su amor. No en balde él ha asegurado: Si alguien tiene sed que venga a mí y que beba el que cree en mí. La Escritura dice que de sus entrañas brotarán ríos de agua viva. Juan 7.37, 38

A creer en esto los animo, a esto los convoco.

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