Ustedes son la sal del mundo

Mateo 5.13-16 DHHK

Photo_20200202_094606En nuestro pasaje encontramos un doble descripción de lo que el creyente es, de su identidad. Jesús asegura que el creyente es sal y luz, de este mundo. Cuando el Señor define la identidad del creyente, define, simultáneamente, el propósito, la razón de ser del mismo. Observemos que Jesús se refiere a lo que el creyente es y no a lo que este puede llegar a ser. Este es un punto importante pues el reto no es ser sino el enfrentar el riesgo de dejar de ser lo que Dios, por la regeneración que hemos recibido por medio de Cristo, ya ha hecho de nosotros.

Al ocuparnos de la primera declaración de Jesús: Ustedes son la sal del mundo, no podemos descuidar la observación que nuestro Señor hace: Pero si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor? Ya no sirve para nada, así que se la tira a la calle y la gente la pisotea. De entrada, parecería que Jesús hace una declaración absurda pues sabemos que la sal siempre conserva su sabor. Sin embargo, en los tiempos Jesús la sal proveniente del Mar Muerto estaba mezclada con tantos otros elementos e impurezas que, gracias a un proceso higroscópico, terminaba diluyéndose y volviéndose amarga, perdiendo así su sabor. También, existía la práctica de poner una gruesa base de sal sobre las lajas de los hornos caseros. El calor del horno absorbía la humedad de la sal volviéndola inservible. La costumbre era deshacerse de la sal corrompida arrojándola a las calles y caminos.

Como sabemos, al través de los tiempos son dos los usos preponderantes de la sal. El primero, la preservación de los alimentos. El segundo, dar sabor a los mismos. Si nosotros somos la sal del mundo, nuestra tarea consiste en contribuir a la preservación de lo bueno, del orden de Dios, entre las personas y dar sabor, alegrar a quienes, por causa de la descomposición provocada por el pecado, viven vidas oscuras y carentes de gozo y alegría. Ambas tareas requieren, para su total cumplimiento, de tres elementos fundamentales: la consciencia de nuestra identidad, nuestra comunión con Dios y nuestra disposición favorable hacia nuestro prójimo.

Como la sal en tiempos de Jesús, nosotros enfrentamos cotidianamente el riesgo de diluirnos entre los elementos constitutivos del orden actual. Este diluirnos empieza con la pérdida de nuestra identidad, de nuestra condición de diferentes. Por mucho tiempo, diversas expresiones de la iglesia, conscientes de este riesgo, han querido fundamentar su condición de diferentes en cuestiones prioritariamente morales. Y, es cierto que nuestra condición de santos pasa por nuestra pureza moral, pero, no se agota en ella. El mayor reto que enfrentamos está representado por los antivalores constitutivos de la cultura del pecado, mismos que están permeando a los creyentes y a nuestras comunidades de fe.

Contra lo que algunos proponen, el ser diferentes de los creyentes no resulta del que estos vivan vidas distintas a las de los no creyentes. Hay quienes piensan que, si nuestra vida fuera diferente, no tendríamos problemas para ser y vivir como cristianos. Theo Donner cita a San Agustín: No hay diferencia entre cristianos e incrédulos en cuanto a las cosas que les sucedenLa diferencia está en cómo unos y otros reaccionan frente a tales cosas. Y es, precisamente ante este hecho que resulta fundamental el que el creyente abunde en su comunión con Dios, su Señor. Sinónimo de comunión es afinidad. Esta empieza siendo: Coincidencia de gustos, caracteres u opiniones en dos o más personas. Así, quien cultiva su comunión con Dios es quien coincide, en razón de su identidad, con el carácter del Señor, en el cómo de su vida cotidiana.

Ya hemos mencionado a Cruz Kronfly, quien asegura que el pensamiento gobernante de la cultura actual nos reta con el consumismo, el hedonismo y el relativismo. En un enfrentamiento valiente y doloroso con nosotros mismos, los creyentes debemos cuestionarnos qué tanto de tales antivalores estamos apropiándonos y, en consecuencia, rompiendo nuestra comunión con Dios. Me temo que, en no pocos casos, nuestra relación con Dios, y con nosotros mismos, resulta disonante. Resulta en un hacer la vida contranatura puesto que vivimos en contra de Dios y de nuestra propia identidad. La consecuencia es que nos diluimos ante la abundancia de elementos que no nos son propios y que terminan por ahogar lo que somos y lo que está en nosotros. Marcos 4.1-9 DHH

Identidad y comunión dan lugar a la disposición favorable hacia nuestro prójimo. Quien sabe quién es y quien cultiva su comunión con Dios no puede sino pensar y sentir como Dios lo hace. Esto significa que vive, experimenta y comparte el gozo de la salvación recibida. Contra lo que muchos creen, la vida cristiana no es monótona ni carente de gozo. Lo que quita el gozo al creyente es la mezcla de su identidad con aquello que no le es propio. Es resultado de una especie de esquizofrenia espiritual que altera su personalidad, le confunde e incapacita para relacionarse sanamente con Dios, consigo mismo, con sus hermanos en la fe y con los no creyentes. Pero, quien cultiva su identidad y abunda en su comunión con Dios, comprueba que su vida vale la pena y es fuente de gozo para sí mismo y para los demás.

Conviene que los creyentes nos ocupemos de la tarea de considerar, a la luz de la Palabra de Dios y con la iluminación del Espíritu Santo, nuestra condición de sal del mundo. Que consideremos cuáles son los retos personales y comunitarios que amenazan con diluir nuestra identidad en lo cotidiano de nuestra vida. Que nos preguntemos si hemos hecho de los antivalores nuestros valores. Y, si al hacerlo así, es que estamos perdiendo nuestro sabor y con ello nuestra influencia entre quienes necesitan del testimonio fructífero de nuestra vida.

A esta consideración dedicaremos nuestras siguientes reflexiones. Mientras, les animo a que, en oración, lectura de la Palabra y el cultivo de la meditación, pidamos la revelación y la dirección del Espíritu Santo. Les animo a que nos propongamos evitar perder nuestro sabor y así, evitar el ser pisoteados por los poderes de este mundo.

 

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