En el Día del Padre, ¿obediencia y honra?

Efesios 6.1-9

CP Hombría BíblicaGeneralmente, los hijos descubren a sus padres cuando llegan a la adolescencia. En la adolescencia dejan atrás la imagen idealizada propia de los niños y aprenden, a veces dolorosamente, la verdad que hay en sus padres. Es a partir de tal circunstancia que honrar a los padres, respetarlos y tener para ellos un temor reverente (obediencia), se convierte en una difícil elección. Una elección que, por lo demás, deberá hacerse día a día por el resto de la vida y que estará condicionada por el amor, la confianza y la fe que los hijos puedan cultivar en favor de sus padres.

Nuestro pasaje reclama dos elementos fundamentales del trato de los hijos a los padres: obediencia y honra. La primera tiene que ver con la estructura del sistema familiar. Este es un sistema jerárquico, es decir, requiere para su correcto funcionamiento del liderazgo y autoridad de unos así como del seguimiento y sujeción de otros. En un contexto cultural en el que se hace un culto a las relaciones democráticas, es decir, a las relaciones entre iguales, resulta difícil mantener el principio bíblico de la sujeción de los hijos a los padres. Sin embargo, generalmente son los propios padres los que erosionan tal principio de autoridad familiar. Al no asumir su responsabilidad de manera integral: como hombres, como esposos, como padres, etc., renuncian a su autoridad y favorecen un caos familiar que termina por confundir e incapacitar a los hijos. Cuando el padre deja de ser quien se necesita que sea obliga a los hijos a saltarse etapas en el proceso de su madurez personal, los obliga a madurar antes de tiempo. Es el equivalente de privar a los hijos del gateo, y de animarlos y, aún presionarlos, a caminar sin haber desarrollado aún sus habilidades sicomotoras.

Uno de los retos del adolescente es el identificar y asumir sus propias limitaciones. Aceptar que hay cosas que no sabe, otras que no puede y otras más que no le son propias, es un principio de sabiduría que todo adolescente debería cultivar celosamente. A ello debe sumársele el reconocimiento de que sus padres requieren del aporte de su sujeción y obediencia, para poder cumplir adecuada y oportunamente con la tarea fundamental que les ha sido encargada: la formación inicial de su carácter. Los padres están para mucho más que alimentar, proteger, proveer y sustentar. Su tarea fundamental es dar forma a quienes todavía no la tienen. Reconocer sus propias limitaciones y las responsabilidades y capacidades paternas, ayuda a que los hijos conscientes puedan obedecer a sus padres.

El segundo elemento reclamado a los hijos es que honren a sus padres. Honra y veneración van de la mano. Así, Pablo llama a los hijos a que estos veneren a sus padres. Venerar es respetar en sumo grado a alguien por su dignidad. Es decir, se pide un respeto de gran calidad no en razón de lo que la persona hace, tiene o ha logrado, sino por lo que ella es. Los padres son, primero que nada personas dignas, es decir, merecedoras de nuestro aprecio y respeto. Para los hijos, los padres empiezan a chochear mucho antes de hacerse viejos. Muy pronto los hijos descubren que sus padres son poco inteligentes, poco capaces, pobretones, pasados de moda, hasta nacos. Y, cada descubrimiento de tales cualidades conlleva un poco más de menosprecio y, por lo tanto, de menor respeto.

Hay una pregunta que tenemos que hacernos todos: niños, adolescentes, adultos. ¿Por qué respetar a quien cada día es menos digno de honra… o parece serlo? La respuesta pasa por el hecho fundamental de que el respeto a los padres tiene que ver con la calidad humana de los hijos y no tanto con la de los padres. Es decir, el hijo respeta, venera, a sus padres no tanto por lo que estos son sino por lo que el hijo mismo es. Si el hijo sigue siendo una persona completa, equilibrada, íntegra, a pesar de las deficiencias de los padres, podrá respetarlos. Pero, si el hijo permite que lo que sus padres son o hacen, le lleve a él a no ser digno, íntegro, libre del poder de sus emociones, poco respeto podrá tener para ellos.

Así, los hijos honran a sus padres en la medida que son ellos mismos dignos, íntegros y libres del poder de sus emociones. La mejor honra de un hijo a su padre es desarrollar integralmente todo su potencial humano: espiritual, intelectual y físico. El ocuparse con sabiduría y sentido de la oportunidad de su propia vida. Los padres tienen la facultad para hacer, pero no la de deshacer. Lo que resulta de su paternidad debe ser negociado individualmente por cada uno de los hijos. Estos deciden, consciente e inconscientemente, lo que harán con la herencia recibida. Toca a los hijos pagar el precio de ser como un árbol plantado junto a corrientes de agua: que da su fruto a su tiempo y su hoja no cae.

Los excesos y las omisiones de los padres marcan a los hijos, pero no tienen el poder para definirlos. Gracias a la obra redentora de Jesucristo, quienes han sido lastimados, y aún deformados, por sus padres pueden ser regenerados. Cuando en ellos es recuperada la imagen y semejanza de Dios, gracias a la sangre de Cristo, quedan libres para amar, obedecer y venerar a sus padres. Es decir, gracias a Jesucristo los hijos podemos honrar a nuestros padres. Se lo merezcan o no, como diría Anita Mendieta.

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