Y Entonces Sollozaba

Génesis 37.18-36 NTV

Muchos hombres se encuentran que cuando todavía no han podido resolver las cuestiones existenciales, tienen que ocuparse de formar el carácter de sus propios hijos. Pronto descubren que esta es una tarea cuesta arriba, para la que no siempre tienen los recursos necesarios. Además, pronto descubren, también, que de la mano de las muchas y muy hermosas satisfacciones que la paternidad provoca, van de la mano razones, muchas de ellas inesperadas, que, como en el caso de Jacob, provocan el constante sollozo del corazón paterno. Sollozar, nos dice el diccionario, es ese respirar de manera profunda y entrecortada a causa del llanto.

Son muchas las causas de los sollozos paternos. Algunos de estos son resultado de la maldad de los hijos. Sí, también los hijos actúan mala e injustamente. Como en el caso de los hijos de Jacob. Estos, resentidos con su padre y con su hermano José, deciden deshacerse de este a pesar de saber que así lastimarían el corazón de su padre. Rubén aparece como un conciliador, cierto, pero no impide que su padre sea lastimado, sólo busca que su dolor sea menor. También Rubén tenía cuentas qué cobrarle a su papá, como muchos hijos las tienen y tarde o temprano pasan la factura.

En esto encontramos otra de las causas de los sollozos paternos, la propia incapacidad del padre para hacer lo bueno, lo que conveniente y lo oportuno. La paternidad se ejerce bajo el método de prueba y error. A base de probar, y de equivocarse, es como el padre adquiere el conocimiento respecto del cómo formar a cada uno de sus hijos. En el ejercicio cotidiano de su paternidad, el padre va descubriéndose a sí mismo, descubriendo a su hijo y descubriendo lo que conviene y lo que no conviene hacer. En no pocas ocasiones, lo que el padre descubre en el hijo y que él mismo ha provocado, es causa de los sollozos paternos. Descubre en el hijo la consecuencia de sus errores e incapacidades, pero, también, las heridas que su propia maldad han provocado a sus hijos. Y, entonces, el padre también solloza.

De entre otras muchas, mencionemos aquí una tercera causa de los sollozos de los padres, se trata del menosprecio de la esposa. No tengo mayor duda de que el menosprecio de la esposa de Job resultó de que, en alguna manera, esta culpara a su marido de la muerte de sus hijos. Sucede con frecuencia que mujeres que no han resuelto sus propios vacíos existenciales, desplacen a sus maridos de su afecto y privilegien a sus hijos antes que a su esposo. Difícilmente lo aceptarán, pero, en la práctica, se vuelven en enemigas, en severos jueces del quehacer y, aún, de las intenciones y motivaciones de sus esposos. Hacen de la desconfianza y del menosprecio el principio de su acercamiento al ejercicio de la paternidad del marido. Cuestionan, prejuzgan, demeritan su forma de ser padre, el cómo de su relación con los hijos. Los sollozos que el menosprecio de la esposa provoca son llanto atorado que, generalmente se expresa pendularmente, ya en el extremo de la violencia, ya en el extremo de la condescendencia como los principios de relación conyugal elegidos por el esposo.

Como en tantas otras situaciones, los padres son simultáneamente víctimas y victimarios de su paternidad. Como Jacob lo hizo ante la pérdida de José, fruto de la maldad de sus hermanos, los padres tienen que aprender a vivir de la mano del dolor paterno. Para empezar, tienen que asumirlo, para ello deben aprender a reconocerlo. Cualquiera de las causas antes enumeradas tiene el poder de generar daños colaterales, porque el dolor paterno siempre afecta la integralidad del padre: afecta su espíritu –el cómo de su relación con Dios; afecta su alma –el cómo de sus pensamientos, emociones y relaciones; así como también afecta a su cuerpo –su salud y fortaleza físicas.

¿Qué puede hacer un hombre comprometido con su paternidad ante tales circunstancias? ¿Qué hacer ante las limitantes, las taras propias y las actitudes y conductas de otros? En mi opinión, lo primero que el hombre que es padre tiene que hacer es tener consciencia de su propia identidad. Si esta es el conjunto de rasgos propios de un individuo… lo caracterizan frente a los demás, el padre debe procurar conocerse a sí mismo. Tener consciencia de sus fortalezas y de sus debilidades, desde luego. Pero, también, tener consciencia de que su paternidad no lo hace ser. Que él es más de lo que su paternidad es. Que es otro de lo que su esposa e hijos consideran. Porque, su origen y su destino no dependen de su esposa o de sus hijos, sino de Dios mismo.

El punto de referencia de todo padre comprometido con su paternidad es Dios, su propio Padre. Del cómo de su relación con él resulta la clase de persona que es. Por ello es que la paternidad obliga al padre al cultivo de la relación con Dios. En la paternidad divina el hombre encuentra la sanidad y la compensación de las necesidades resultantes de su relación con su propio padre natural. Además, encuentra la dirección necesaria para relacionarse con y formar a sus hijos. Este descubrimiento se da de manera espontánea, simplemente resulta del cómo es que Dios, su padre, se relaciona con él. De lo que Dios hace, de lo que Dios pide, permite y reclama. Como canta Danny Berrios, podemos ser con nuestros hijos como Dios es con nosotros.

La paternidad requiere del cultivo cuidadoso de la oración y del conocimiento de la Palabra de Dios. En primera instancia, la oración purifica al padre. Le libera de las cargas provocadas por su historia de vida, pero también de las que son fruto de sus errores y culpa. Sobre todo, le libera de la carga resultante de la incomprensión y el juicio de los suyos. Quien ora se muestra tal cual es a Dios, se desnuda en su presencia. Puede hablar de lo que hay en su corazón, es más, puede convertir su llanto atorado en un torrente liberador porque sabe que en la presencia del Señor está seguro. Quien ora puede ser él mismo y, por lo tanto, ser cubierto con el don de la gracia divina. Esta limpia, cura y complementa lo que el padre requiere para ser él y para el ejercicio de su paternidad.

El padre sabio es el que hace de la palabra de Dios su guía. Escudriña las escrituras para conocer mejor el corazón de Dios, su carácter, su propósito y su manera de actuar y de relacionarse con los suyos. El padre que se propone ser hacedor de lo que la Biblia dice, se convierte en un hombre pleno, suficiente en sí mismo, para cumplir con su tarea en la vida, incluyendo la de su paternidad.

De la vida de Jacob aprendemos que la paternidad es mucho más que tiempos de sollozos. Que hay esperanza. Jacob volvió a encontrarse con el hijo al que lloró muchos años como si hubiera muerto. Por ello es que quiero convocar a los padres que están en conflicto con su paternidad para que se vuelvan a Dios. Para que hagan de la suya con el Señor, su relación prioritaria. Primero, a que se acerquen a Dios reconociéndose sus hijos, redimidos y reinstalados en la casa del Padre por Jesucristo, nuestro hermano. Les animo para que en esta condición, corran el riesgo de abrir sus corazones para dejar salir lo que no les ayuda y para llenarse de lo que tanto necesitan. Así, estoy seguro, al ser cada vez más hijos, podrán ser, cada vez mejores padres. Porque, como hemos dicho, el éxito de nuestra paternidad resulta de que repliquemos en nuestros hijos el amor y el quehacer de nuestro Padre celestial.

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