Dios Dispone todas las Cosas para el Bien de los que le Aman

Salmos 73; Romanos 8.28ss

Uno de los privilegios de nosotros los pastores es que ustedes, con sus familias, son compañeros frecuentes de nuestros días y habitantes comunes de nuestros pensamientos. Pensamos en ustedes, nos preguntamos por su vida, oramos por los problemas que conocemos pidiendo fortaleza, sabiduría y dirección y, desde luego, consuelo para cada una de nuestras ovejas.

Sin embargo, debo confesar, a veces la fe, mi conocimiento de la Palabra, mi experiencia pastoral, no parecen suficientes en el ánimo de servirles y apoyarles en su caminar diario. Quizá esto no sea sino el reflejo de mi propia confusión, sorpresa y tristeza ante las situaciones, ¿cada vez más extraordinarias?, a las que la vida nos enfrenta.

No se trata sólo de las noticias que los periódicos nos acercan en el día a día. O del incremento de la violencia intrafamiliar, o el número creciente de divorcios –con su consecuente cauda de soledad, pobreza, amargura, etc.-, de la violencia callejera contra las mujeres, el alcoholismo y otras adicciones; en fin, tantas cosas que parecen tan lejanas y, sin embargo, cada día tocan a nuestra puerta o, de plano se meten en nuestras vidas sin siquiera avisar ni, mucho menos, pedir permiso.

Se trata, también, de las tragedias, las tristezas y los retos que enfrentan los que amamos. De la confusión, el enojo y la impotencia que se apoderan de nuestros cercanos cuando la vida parece ensañarse quitándoles aquello que más aman, que más importante les resulta.

En tales situaciones surgen, dolorosas, preguntas tales como: ¿Qué es lo que permanece en la vida? ¿Hay alguna garantía de bien? ¿Hay alguna posibilidad para la paz, para la felicidad?

En estas circunstancias la relación con Dios me resulta incómoda. Dios me resulta incómodo. Los porqués se multiplican y arrastran con ellos confusión, impotencia y rebeldía. Entonces es cuando surge el reto de la fe, el conflicto entre el renegar de Dios o insistir en la búsqueda de su presencia. Como el Salmista (73), quien, de manera poética, describe su caminar en tiempos de confusión. Nos dice: “Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendo…” Dios tiene una forma particular de llevarnos a su presencia, de animarnos a entrar en su santuario. Ahí él se revela y nos muestra que, en medio de toda la confusión, él permanece en control.

“Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, y a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito”. “Todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios”, sería una buena paráfrasis. Él lo ha dicho, se ha comprometido a ello, y el recuerdo de su actuar pasado así lo confirma.

Generalmente, al “salir de su santuario”, por lo general las cosas siguen igual. Y entonces resulta necesario que Dios cumpla la promesa que Pablo registra. Por ello no nos queda sino pedir que, para ustedes y para mí mismo, se cumpla su promesa: “Que todas las cosas que ustedes están pasando, sufriendo, decidiendo, sean para su bien y el de los suyos”. Por ello, en las circunstancias que cada uno de ustedes enfrenta, mi oración es que ustedes sean fortalecidos y permanezcan firmes en el todo de la vida. Pido que el mal que originó sus problemas y tristezas, sea contenido respecto de ustedes y aún en aquellos que los dañaron. Pido que no haya daño sobre daño, sino que el bien de Dios se manifieste en gracia y restauración. Sobre todo, mi oración es que aquello que Dios les tiene preparado se manifieste plenamente.

Desde luego, hay una razón para tal confianza en medio de tanta confusión y debilidad: esta es la certeza del amor de Dios. En su santuario y fuera de él este siempre se manifiesta. Dios nos ama y su amor lo mantiene unido a nosotros. Por eso nada podrá separarnos del amor que Dios ha mostrado en Cristo. La primera consecuencia de tal amor es su adicción a nosotros, su anhelo de nosotros. Sufrimiento, dificultades, persecución (violencia), hambre, falta de ropa, peligro o muerte violenta. Son solo circunstancias, difíciles y dolorosas, pero circunstancias al fin al cabo, es decir: “Aspectos no esenciales que influyen o aparecen en un fenómeno, acontecimiento, etc.”.

Dios, a quien su decisión de respetar al extremo nuestra libertad como seres humanos, le ata frecuentemente las manos frente al cómo y a los riesgos de nuestra vida, nos ama. Cuando él no puede detener aquello que el quehacer humano ha desatado, permanece a nuestro lado amándonos. Sufre con nosotros, se duele con nosotros y aún llora con y por nosotros. Pero, hace más que ello. También nos sostiene, nos consuela, nos restaura y nos rodea de hombres y mujeres que son el testimonio fehaciente de que él no se ha apartado de nuestro lado.

Pero, si bien es cierto que Dios se vale de tales personas como los medios por los que nos hace saber de su amor, también es cierto que Dios manifiesta su amor de manera personal, misteriosa, sí, pero real e íntima. En la intimidad de su presencia, en su santuario, nosotros podemos encontrarnos con él, exponerle nuestras dudas y quejas, llorar en su presencia, etc., para salir restaurados al mundo con el poder y la autoridad suficientes para enfrentar la vida como nos ha tocado vivirla.

Por ello mi invitación a ustedes que, quizá como yo, resultan confundidos, desanimados y lastimados por las circunstancias de la vida, consiste en animarles a que entren en el santuario de Dios. A que sea en su presencia que descubran el qué y el cómo del bien, que ese dolor que ahora experimentan, habrá de tener como consecuencia.

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