Su Llamamiento Permanece

Romanos 11.29

Todos los creyentes llevamos en nosotros la convicción del llamamiento recibido. Sabemos que, cuando conocimos al Señor, vino a nosotros un deseo, la necesidad, de hacer algo que nunca antes se nos habría ocurrido. Nos vimos a nosotros mismos sirviendo de una manera especial: predicando, misionando, consolando, ayudando, etc., a otros. Era como un fuego interior que nos consumía, queríamos hacer lo que, sabíamos, era el llamado de Dios a participar en su obra. Tales sueños tienen su razón de ser. De acuerdo con la Biblia, quienes hemos nacido de nuevo estamos reconciliados con Dios. RO 5.1 Ello significa que estamos en comunión, en sintonía, con él y por lo tanto el deseo de su corazón y la obra que él realiza se vuelven nuestro deseo y nuestra tarea.

En no pocos casos, la vida dificulta o de plano nos aleja del llamado recibido. Nos aleja en el sentido de que se nos dificulta ocuparnos del mismo, pero no porque deje de ser nuestra convicción, ni nuestro anhelo. Basta con que alguien diga alguna cosa, o que sepamos de algo que pasó, o que vayamos a la Palabra con el corazón dispuesto a oír la voz de Dios, para que, de nueva cuenta, surja en nosotros la convicción de nuestro llamado. Sucede con nuestro llamamiento ministerial, el que sin duda todos recibidos, lo que con la semilla del evangelio. MT 13.1-9 En unos produce fruto al 100%, mientras que en otros: o se trata de que el creyente no se haya arraigado en Cristo, y no se mantiene firme cuando llega la prueba; o se trata del que el creyente permite que los negocios de esta vida le preocupen demasiado o que el amor por las riquezas los engañe. “Todo eso ahoga la semilla y no la deja dar fruto en ellos”, aseguró nuestro Señor Jesús.

Una semilla ahogada, sin embargo, permanece alojada en el corazón de la persona. Por lo tanto, no se la puede ignorar siempre. No se puede, simplemente, ignorar el llamamiento recibido. Quien lleva en sí tal semilla y no permite que esta fructifique, enfrentará una vida de insatisfacción y ansiedad. Nuestro pasaje es uno profundo y trascendente. Explica lo que sucedió con el pueblo de Israel, con su llamamiento y su desobediencia. Revela que ante esta última, Dios lo hace a un lado y abre la oportunidad para que quienes no éramos su pueblo, ahora vengamos a ser el pueblo de Dios. Pablo declara, en tal contexto, una verdad grata y apabullante: “Lo que Dios da, no lo quita, ni retira tampoco su llamamiento”. Lo que el Apóstol revela y asegura es que el llamamiento permanece aún en medio de la debilidad y rebeldía de quien lo ha recibido. Nada hace a un lado al llamamiento. Nada lo invalida. Ni siquiera el pecado de quien lo ha recibido, mucho menos sus afanes, descuidos o debilidades.

Tu llamamiento, mi llamamiento, permanecen. Están vigentes aquí y ahora. Es que no depende de lo que somos o tenemos. Por el contrario, mientras menos nosotros, más Cristo. Dios ha escogido “a los que no son nada” para anunciar y hacer creíble su Evangelio. 1 Co 1.26-31

Nuestra comunión con Cristo, la profundidad de la misma, aviva en nosotros el deseo de Cristo. No hay sentido, entonces, de que insistamos en ignorar el divino llamamiento que permanece vigente en nuestros corazones. Ignorarlo, menospreciarlo, nos lastima, nos destruye. HCH 9.5SS Por lo tanto, es tiempo de volvernos al Señor, de asumir su llamado y de ocuparnos de cumplirlo. Sí, es tiempo de que, como Pablo mismo hizo, preguntemos a nuestro dueño qué es lo que él quiere que hagamos, y estemos dispuestos a ir y hacer lo que él nos encarga. Si lo hacemos así, él será glorificado y nosotros abundaremos en paz y equilibrio.

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