Vinculados a Cristo

Publicado 8 abril, 2012 por Pastor Adoniram Gaxiola
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Romanos 6.1-13

Al encontrarnos para celebrar que Cristo ha resucitado, rescatamos una vieja tradición cristiano-evangélica que, desafortunadamente, se está perdiendo. Proclamamos nuestro convencimiento respecto de la resurrección bautizando a hombres y mujeres que, al hacerlo, mueren al pecado y renacen a la vida abundante del resucitado, nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Desde luego, tenemos razón para ello. el Apóstol Pablo nos asegura que, al ser bautizados nos vinculamos, nos unimos a Cristo, tanto en su muerte como en su resurrección. Es decir, mediante el bautismo nos hacemos uno con Cristo, participantes de sus padecimientos y de su gloria. Pudiendo así, por su gracia y su poder, vivir una nueva vida: no sólo libres del poder del pecado sino capacitados para hacer el bien y paras reconciliar a los hombres con Dios.

Resulta evidente que para el Apóstol el bautismo es mucho más que un rito, que un acto protocolario. En el bautismo sucede algo que trasciende el momento presente y afecta la eternidad misma. ¿De qué estamos hablando?

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Estando en la Cruz

Publicado 6 abril, 2012 por Pastor Adoniram Gaxiola
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Juan 19.16-42

Cristo en la cruz es el testimonio más evidente e importante del amor de Dios. Para saber si Dios ama y cómo lo hace, basta mirar la cruz del Calvario. En ella, Dios el Padre se auto limita, se daña así mismo obligándose a sí mismo a permanecer pasivo ante el sufrimiento de su Hijo único, al mismo tiempo que cierra sus oídos para no escuchar el reclamo de amor dolido que este le hace: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y, todo ello, porque sin dejar de amar como a nadie a su Hijo, amó de tal manera a los hombres todos, que estuvo dispuesto a entregarlo para el bien de estos, de nosotros.

Pero, la cruz del Calvario es también testimonio del amor de Jesús, hombre como nosotros, pero también hombre santo, hombre justo y hombre inocente como ningún otro. Sobre todo, un hombre al servicio de los hombres.

Así las cosas, la cruz del Calvario tiene una sola explicación, el amor con sentido, el amor con propósito. Sí, el amor de Dios en Cristo que tiene como última razón la salvación del hombre. La cruz del Calvario hace evidente que para Dios y para Cristo, la salvación de los hombres, el que estos puedan reconciliarse con Dios es tan importante que están dispuestos a llegar a situaciones tan extremas como el Calvario lo evidencia.

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Mantos y Palmas

Publicado 1 abril, 2012 por Pastor Adoniram Gaxiola
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Lucas 19.28-44

Recordar el momento de la entrada de Jesús a Jerusalem, siempre es motivo de regocijo inicial para mí. Sin embargo, mientras avanzo en la lectura de los relatos siguientes entro en cierta crisis. ¿Cómo es que quienes gritaban “¡Dios nos ha mandado un Rey!, ¡Viva el Rey!, hayan sido los mismos que pocos días después gritaban “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!¡Nuestro único rey es el César!”? Juan 19.6; 15

Hay una expresión clave en nuestra lectura de hoy, la que, me parece, da sentido a tan evidente contradicción. Es, al mismo tiempo, la clave para entender nuestra propia ambivalencia e inconstancia en el seguir a Jesucristo.

Lucas dice: “La multitud, enardecida, tendía sus mantos delante de él”.Lucas 19.36 El verbo enardecer significa “incrementar un afecto o un odio”. En griego, el término usado por Lucas es cairo, que, entre otras acepciones tiene la de “regocijo extremoso”. Se trata, en ambos casos, de multitudes guiadas por la emoción.

En nuestro relato, Lucas establece un contraste entre el ánimo de las multitudes y la actitud de Jesús: “Al perfilarse Jerusalén en la distancia, lloró”. La razón de su llanto no era él mismo, como algunos podría suponer. Lloraba por Jerusalén, es decir, por aquellos, entre otros, que lo habían recibido extremadamente alegres.

¿Por qué llorar por los que están contentos? Jesús sabía que detrás de tanto gozo se escondía una ignorancia que terminaría por destruirlos. Eran ignorantes respecto de la obra y la voluntad divinas. Una ignorancia compleja, porque viendo, no veían. Escuchando, no entendían. “Oh, si comprendieras la paz eterna que rechazaste… pero ya es demasiado tarde”. “¡Si en este día tú también entendieras lo que puede darte paz! Pero ahora eso te está escondido y no puedes verlo.” (DHH).

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