Romanos 6.1-13
Al encontrarnos para celebrar que Cristo ha resucitado, rescatamos una vieja tradición cristiano-evangélica que, desafortunadamente, se está perdiendo. Proclamamos nuestro convencimiento respecto de la resurrección bautizando a hombres y mujeres que, al hacerlo, mueren al pecado y renacen a la vida abundante del resucitado, nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Desde luego, tenemos razón para ello. el Apóstol Pablo nos asegura que, al ser bautizados nos vinculamos, nos unimos a Cristo, tanto en su muerte como en su resurrección. Es decir, mediante el bautismo nos hacemos uno con Cristo, participantes de sus padecimientos y de su gloria. Pudiendo así, por su gracia y su poder, vivir una nueva vida: no sólo libres del poder del pecado sino capacitados para hacer el bien y paras reconciliar a los hombres con Dios.
Resulta evidente que para el Apóstol el bautismo es mucho más que un rito, que un acto protocolario. En el bautismo sucede algo que trasciende el momento presente y afecta la eternidad misma. ¿De qué estamos hablando?
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