Salve, Muy Favorecida

Lucas 1.26-38

María es una persona desafortunadamente alejada de los cristianos. Debido al culto indebido que se le da entre las comunidades católicas, los cristianos-evangélicos han tomado distancia de ella, de su testimonio de vida y de su ejemplo para las generaciones contemporáneas de los creyentes en Cristo. Conviene, sin embargo, que rescatemos el aporte de esta mujer, para así estar en condiciones de imitar su ejemplo y servir a la causa del evangelio con la misma entrega y resolución que ella lo hizo.

Lo primero que conviene destacar es el hecho de que Dios está atento a la vida de cada uno de sus hijos, los conoce y los valora. No solo ello, también los incorpora, cuando así resulta necesario, a su quehacer extraordinario. Tal el caso de María, de quien, por cierto, no tenemos mucha información. Sin embargo, su carácter extraordinario queda revelado en el canto que entona cuando visita a su prima Elizabeth. El mismo hace evidente la inteligencia de María, desde luego, pero también el hecho de que se trataba de una mujer preparada, conocedora de las Escrituras y con un especial discernimiento de las mismas. Algunos estudiosos establecen paralelismos entre el canto de María y el de Ana, la madre de Samuel. Pero destacan que María lleva a un plano superior la comprensión de Ana sobre el poder de Dios. María entiende que lo que le está sucediendo y, sobre todo, que aquello en lo que ella está participando es mucho más que un mero milagro de concepción; se trata del inicio de una nueva era, la era mesiánica, en la que Dios llevará a feliz y total cumplimiento las promesas dadas a su pueblo, desde los Patriarcas hasta los Profetas. María discierne también que la llegada del Reino de Dios en el niño que lleva en su vientre, significa el establecimiento de un nuevo orden, tanto en el mundo físico, como en el mundo espiritual. Satanás será destruido, y los ricos irán con las manos vacías, mientras que los pobres serán llenos de bienes.

Una segunda cuestión es que el ángel Gabriel llama a María, muy favorecida; es decir, llena de gracia. De entrada, el ángel establece un principio fundamental: María puede participar del quehacer extraordinario de Dios por un acto de gracia. Es decir, el que Dios la haya escogido como madre de su Hijo, no presupone que en María hubiese méritos que justificaran tal distinción. Dios la escogió a ella, como podía haber escogido a cualquier otra mujer.

Y una tercera cuestión que conviene destacar es el hecho de que la elección y la tarea implícita en la misma, son, en los hechos, una intromisión divina. Es decir, Dios se entremete en la vida de María altera de manera total y definitivamente el todo de la misma. Entremeter, es, meterse donde no lo llaman, inmiscuirse en lo que no le toca. Ponerse en medio o entre otros. Con esto en mente, procuremos entender lo que María nos enseña y aquello que podemos imitar de esta mujer.

Lo primero que María hace evidente es que Dios sigue caminando en medio de los hombres, que Dios sigue haciendo cosas extraordinarias en medio de circunstancias ordinarias y aun desafortunadas. En el contexto de María, el poder de los romanos y la opresión de los judíos no significaban que Dios permaneciera ajeno, ni inamovible. Dios estaba obrando conforme a su propósito y plan divino. Y, por el contenido la vehemencia de su canto, podemos suponer que a María le urgía que Dios actuara; podemos deducir que a esta mujer aldeana, pobre, seguramente, destinada a casarse con un hombre mayor que ella, la injusticia reinante le incomodaba y la llevaba a mantener la esperanza de que, con la venida del Mesías, las cosas serían diferentes. Así, podemos ver que el quehacer de Dios se empata con la inquietud y el deseo de quienes tienen hambre y sed de justicia.

La segunda cosa que María hace evidente, es el cómo podemos descubrir a Dios cuando camina entre los hombres. Félix Tudor cuenta la historia de un investigador reconocido a quien su jefe le encarga que descubra el camino por el que va a venir Dios. En su búsqueda llega hasta un anciano, quien, por toda respuesta, le entrega unos zapatos comunes y corrientes, de un número más chico que el que el investigador calzaba. Le anima a que se los ponga y, entonces, cuenta el relato, algo misterioso sucede. El investigador lo explica así: Tenéis dos pistas fiables: Primera: debéis poneros los zapatos de Dios, calza el mismo número que tus hermanos más pobres y menos queridos. Segunda: las huellas de Dios son las huellas de la humanidad pobre y necesitada. Si seguís estas huellas descubriréis el camino por el que Dios viene a vuestra vida y experimentaréis la alegría de la salvación.

Lo que María nos muestra es que descubrimos la presencia y el quehacer de Dios cuando nos negamos a nosotros mismos y hacemos del otro la razón de ser de nuestra vida. Desde luego, María, mujer inteligente, no se lanza en tal propósito sin una razón sólida para hacerlo. Ante el relato del ángel, respecto de lo que Dios ha hecho a favor de la estéril Elizabeth, y dada la declaración que Gabriel hace en el sentido de que, para Dios, no hay nada imposible; es que María se asume como esclava del Señor.

María, la incómoda ante la situación que su pueblo vive, está dispuesta a participar como actora del quehacer redentor que se inicia en Jesús, su hijo nacido del milagro. Y, está dispuesta a pagar los precios que ello represente. Por eso no desmaya ni aunque se le advierta que lo que pasará con su hijo, será para ella como una espada que atraviese su propia alma.

Hay quienes hacen de la razón de su vida el preparar el vestido de novia. El centro de sus preocupaciones se agota en lo doméstico y en lo cotidiano. María nos muestra que hay un camino mejor, más fructífero y más satisfactorio, amén de más doloroso. Se trata de participar en lo que el Señor está haciendo a favor de quienes viven sin esperanza y sin Dios. María estuvo dispuesta a poner en riesgo todo lo que tenía, que por más poco que fuera, era su todo, para poder incorporarse al quehacer divino.

En este sentido es que María se convierte en un modelo para nosotros y su testimonio hace las veces de un reto, una provocación y un desafío, respecto de la vida que estamos haciendo. La fe que profesamos, lo que creemos de Dios, son suficiente razón para que vivamos de otra manera. Para que nos asumamos como agentes de cambio de la realidad de enfrentamos. Como María, somos colaboradores y corresponsables con Dios de la suerte que vive la humanidad. Somos llamados, no sólo a inconformarnos e incomodarnos con las circunstancias que enfrentamos; también somos llamados a transformarlas desde nuestro aquí y nuestro ahora.

Ante el hecho de que nada es imposible para Dios, no nos queda sino asumirnos sus esclavos para permitir y participar en lo que él quiere hacer en y al través de nosotros, así como para hacer lo que él quiere que hagamos. Quienes buscamos a Dios, quienes nos rebelamos ante el statu quo, e intercedemos para que él intervenga, con toda seguridad quedaremos preñados de su poder, de su Espíritu Santo. Y, entonces, podremos formamos parte del quehacer maravilloso y extraordinario de Dios.

Hay quienes todo lo que aspiran a llegar a ser en la vida, es la esposa de José. No hay nada de extraordinario en sus sueños, en sus metas. Quieren tener una vida cómoda, tranquila y buena. María fue la esposa de José y mucho más, fue la madre del Salvador del mundo. Esclava, sí, pero, también colaboradora de Dios en la tarea más trascendente de toda la Humanidad. Como ella, nosotros también podemos ser muy favorecidos por la gracia de nuestro Dios, si nos animamos a soñar y estamos listos para hacer lo que Dios encarga, aunque nos tome por sorpresa y nos confunda, como lo hizo Gabriel con María.

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